El presidente y su circunstancia

Esteban Illades

El otro día un corresponsal extranjero preguntaba a quien esto escribe cómo explicar al público exterior la toma de decisiones en Palacio Nacional frente a la pandemia presente y frente a la crisis económica próxima. Vaya que llegar a una respuesta fue difícil.

En México se podría resumir con una tautología: AMLO es AMLO. Como dijera el personaje de Joe Pesci en El irlandés, “es lo que es”, un hombre con convicciones talladas en piedra, con oídos sordos ante ideas distintas, con voz única que dice representar ese tan abstracto concepto que él define como “pueblo”.

Explicarlo al exterior resulta más difícil por la preconcepción que se tiene de América Latina. Complicado lograr transmitir un mensaje que en la prensa extranjera no se resuma en “república bananera” o en “caudillismo latinoamericano”. Si bien es cierto que hay componentes de ambos en lo que hoy vemos, la realidad es mucho más compleja. Quizás lo mejor es hacer uso de un concepto harto repetido pero no por ello inútil: la tesis de Ortega y Gasset sobre el hombre y su circunstancia. El presidente es quien es por el país en el que creció y la educación que recibió. Y sus decisiones obedecen a por lo menos tres pilares ideológicos construidos a lo largo de su vida. Pilares que, huelga decir, son inamovibles.

El primero parece caudillismo pero no lo es. Es, más bien, el culto a la figura presidencial priista de antaño: el líder incuestionable, aplaudido por los sectores sindicales sin recato, abrazado y vitoreado en la plaza pública, rodeado de quienes temen decirle no a sus órdenes. Lo que dice se hace sin chistar. Por eso las expresiones de cada mañana tras el podio de Palacio Nacional; por eso la falta de autocrítica y el exceso de descalificación: en su México el presidente, la voz del “pueblo”, es incuestionable e infalible.

El segundo es la fe ciega en el petróleo. El presidente creció en tiempos del entronizamiento del Tata Cárdenas, cuando el 18 de marzo se volvió la fecha de máxima importancia para el país, tan sólo eclipsada por el 16 de septiembre, nada más ni menos que la Independencia. La educación de la época y los presidentes de entonces veían en el petróleo la fuente de la riqueza nacional. Por eso es impensable que se abra al mercado, y por eso es impensable que deje de ser el eje económico nacional. Durante décadas el petróleo lo fue todo: en la economía, en la ideología. El mundo cambia, las energías evolucionan –en esos famosos “ventiladores” que tanto detesta– pero los dogmas se mantienen.

El tercero, vinculado en parte con el segundo, es la desconfianza total hacia lo privado. La máxima vocación de una persona, que lleva un sacrificio enorme, es el servicio público. Por eso tantos recortes a sueldos y prestaciones: no hay nada más loable que sacrificarse por el país. Quien quiera ayudar debe sufrir y mostrar de qué está hecho. No así en la industria privada, a la cual le tiene una enorme antipatía. Ahí no hay esfuerzo, ni sacrificio, mucho menos vocación; hay riqueza fácil e inmoral, siempre creada a expensas de alguien. Deberle algo a ellos –endeudarse– es impensable. Ayudarlos también. El ejemplo más claro es el Fobaproa, que coincide con la aparición del presidente en el escenario nacional: para él no ha habido mayor mal en la historia nacional que ése. Bueno, sí, la Conquista, por la cual, según él, todavía queda una disculpa pendiente.

Quizás esos tres pilares sirvan para explicar su circunstancia y por qué la situación actual lo vence: en su afán por llegar a la presidencia nunca reparó en que el país que quería gobernar cambió por completo durante las últimas décadas, y el mundo también. Él se mantuvo con un ancla en sus creencias, y hoy el precio lo pagamos todos.

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