El país depende de un meme

Esteban Illades

Para nadie es secreto que la madre de todas las batallas de estos seis años es la electricidad. Así se presentó hace unos meses en la conferencia matutina, así se machaca todos los días –fines de semana incluidos– en la publicidad oficial.

Quienes le entienden al asunto argumentan en columnas, en ensayos, hasta en libros. Muestran datos, gráficas. Evidencia. Porque cuando uno lee la propuesta de lo que viene, no hay manera de evitar los escalofríos. De cumplirse los sueños febriles de quienes viven en el pasado, las consecuencias son catastróficas. Apagones, pérdida de inversión extranjera, mayor contaminación y daño al medio ambiente. Otra vez, lo dicen los datos.

La cantaleta, sin embargo, sube de volumen cada que se presenta evidencia. A base de consignas, de falacias ad hominem –aquellas que descalifican a la persona y no al argumento–, se busca callar a los expertos –a quienes, ya sabemos, se les odia por tener conocimiento, saber–.

Del otro lado lo que hay, en cambio, son memes. En particular una gráfica mal cortada, distorsionada, que hace las rondas por redes sociales una y otra vez. La gráfica no dice la verdad, y quien la comparte en el mejor de los casos no lo sabe, piensa que por venir de donde viene –falacia de autoridad– no puede estar mal. En el peor de los caso, lo hace con el objetivo de ofuscar. La ignorancia llega a su máxima expresión cuando alguien que se pregunta por qué las tiendas de conveniencia no tienen turbinas en el techo es visto como perspicaz.

Por eso el título de esta columna: se puede argumentar, se pueden mostrar los datos, se puede explicar lo que viene de la manera más sencilla. Pero la verdad viaja más lento y encuentra más obstáculos que la mentira. No en balde un estudio del Massachusetts Institute of Technology –una de las cunas de la ciencia actual, y por lo tanto descalificada a priori por quienes viven de memes– ha mostrado que las mentiras viajan seis veces más rápido que la verdad en redes sociales. Y cuando la verdad comienza a acercarse, no tiene ni de cerca el poder para detener el aluvión.

Porque siempre será más fácil ser flojo, esconderse detrás de la consigna, o repetir lo que se escucha sin analizar.
Y sin duda, una imagen siempre valdrá más que mil palabras: curiosamente no porque muestre la verdad, sino porque consigue convencer de manera más sencilla.

Lamentablemente de eso depende nuestro De feligreses, de charlatanes, de profesionales de la mentira. Que no están por encima de mentir con tal de conseguir su objetivo, que ya no cavilan un instante porque resulta contraproducente. ¿Es correcto lo que estoy haciendo? ¿No hay algo más allá de eso que estoy replicando ad nauseam? Parece que no, porque en nuestros tiempos pensar está mal visto.
Memes y contramemes, eso es lo que hay. Mientras tanto, el futuro del país en entredicho. Porque dar clic en el botón de compartir siempre será menos laborioso que detenerse a pensar.

Las opiniones vertidas en este texto son responsabilidad de su autor y no necesariamente representan el punto de vista de su empleador.

 


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