El fetiche de Pemex

Esteban Illades

Si hay algo en lo que están de acuerdo bancos, consultoras, expertos y fondos, es en dos cosas: la primera, que la recesión mundial es inevitable. La segunda, que el impacto de la recesión en cada país dependerá de las medidas que tome cada gobierno para enfrentar la crisis.

En Dinamarca se apostó por gastar una cantidad importante del PIB para sostener a las empresas nacionales, sin importar su tamaño; el gobierno incluso pagará sueldos en la industria privada para evitar despidos. En Alemania se planea gastar más de 750 mil millones de euros en préstamos, en seguros de desempleo, e incluso en adquisición estatal de acciones de empresas privadas que necesiten ayuda para librar la crisis.

No así en México: aquí ya se anunció que las grandes compañías se tendrán que rascar con sus propias uñas. Tan sólo ayer se dio a conocer que Aeroméxico, la línea aérea insignia del país, ha visto caer sus bonos casi 70% en el último mes. Y la proyección para el futuro pinta aún peor.

Pero la ayuda no vendrá.

La única empresa que recibirá dinero, y vaya que será mucho, es aquella que pasa por el interés sentimental del presidente: Pemex. Hombre que creció en un sistema educativo cuya gran efeméride era el 18 de marzo, y que consolidó su carrera política en tiempos de la llamada administración de la abundancia, el presidente ha echado todas las fichas del gobierno, y del país, adentro de un barril cuyo crudo escapa por diversos agujeros.

No por nada a principios de semana Rocío Nahle llevó la negociación entre los países OPEP+ hasta sus últimas consecuencias, y no por nada el gobierno mexicano estuvo dispuesto a dejar su futuro en manos de Donald Trump: es tan pero tan importante el petróleo en la ideología y en la estrategia gubernamental, que hay disposición de ponerse en manos del impredecible, irascible e irracional presidente de Estados Unidos con tal de salvar el crudo. La idea, queda claro, es mantener viva a la paraestatal a como dé lugar.

Pero Pemex hace agua por todos lados. Las calificadoras reducen, ya casi como costumbre, la valuación de sus bonos. En la industria la pregunta no es si Pemex pasará a estado “junk” o basura, sino cuándo ocurrirá. Y cuando eso suceda, la crisis nacional sólo se agravará porque el gobierno deberá garantizar la solvencia de la paraestatal ante los acreedores. Cosa que al día de hoy es un misterio cómo se hará, dado que la única apuesta de este gobierno es el propio Pemex.

No es sólo en el aspecto financiero donde Pemex se hunde. En su hospital de Villahermosa, Tabasco, estado natal del presidente, han muerto nueve pacientes por recibir un tratamiento con heparina contaminada. En la plataforma Abkatún-A, ubicada en la costa de Campeche, fuentes de la industria hablan de un potencial contagio masivo de coronavirus.

Y en el sitio de Dos Bocas, la joya del plan presidencial, cientos de trabajadores no han recibido pago alguno o las prestaciones de ley desde que empezaron a trabajar, devela la página estadunidense Quartz.

En ningún momento, cabe resaltar, hemos escuchado palabra del director de la compañía, Octavio Romero. Ni en la desangelada celebración tras el acuerdo con Estados Unidos, ni en el supuesto contagio en Abkatún-A, ni respecto a los nueve muertos –hasta ahora– en Villahermosa.

Ni se diga sobre a la respuesta árabe al show mexicano en la OPEP+: a las horas, Saudi Aramco, su Pemex, dio a conocer precios de barril para mayo. Si uno se fija, notará que hay descuentos de cuatro dólares por barril para los clientes de México. Pero México le quiso vender chiles a La Costeña.

El plan gubernamental es mantener a Pemex con vida a expensas de lo que sea. De su soberanía, de su posición en el mundo, de los derechos de sus trabajadores, de la salud de sus afiliados e incluso, por absurdo que suene, del propio país.

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