La tecnología nos puso el mundo en la mano, pero a veces nos está quitando las ganas de abrazarlo. Ahí está una de las grandes batallas de nuestro tiempo. La tecnología es maravillosa: nos acerca información, trabajo, amigos, respuestas y hasta a nuestra familia que vive lejos. Pero también nos está dejando una pregunta incómoda: ¿estamos usando la pantalla para vivir mejor o la pantalla nos está enseñando a mirar menos la vida real?

De esto platiqué con José Antonio Lozano, presidente de la Universidad Panamericana y del IPADE, en el podcast En Blanco y Negro. La conversación completa se puede ver en . Hablamos de inteligencia artificial, miedo al futuro, felicidad, propósito, identidad y esperanza. Pero, sobre todo, hablamos de algo que nos toca a todos: cómo vivir con sentido en una época que cambia tan rápido que uno apenas está entendiendo el lunes y ya le cayó encima el viernes.

Coincidimos en que no vivimos solo una época de cambios, sino un cambio de época. Incluso, Lozano explicó que los valores y la manera de ver la realidad han cambiado más en los últimos 35 años que en los 500 anteriores. No es poca cosa. No estamos hablando sólo de que ahora el refri avisa cuando falta leche o de que el teléfono ya sabe más de uno que varios familiares. Estamos hablando de que cambió nuestra forma de ver el tiempo, el espacio, las relaciones, el trabajo y hasta la idea de quiénes somos.

Uno de los datos más impresionantes de la plática fue este: una persona en una ciudad puede recibir entre 3,500 y 5,000 estímulos al día. Lozano decía que eso se parece a lo que una persona del siglo XIX recibía casi en un año. Nuestro cerebro, pobre, no trae manual para vivir como central camionera de notificaciones. Entre likes, pantallas, ruido, mensajes, videos y prisas, se satura. Y cuando se satura, pierde atención. Ya no registra todo. Ya no digiere todo. Como dijo Lozano, es como si el cerebro bajara cables para no quemarse.

Por eso sentimos que el tiempo vuela. No es que el reloj se haya vuelto atleta olímpico; es que la saturación nos roba presencia. Pasa la Navidad, pasa la Semana Santa, pasa medio año, y muchos sentimos que apenas nos está cayendo el veinte. Vivimos muchas cosas, pero registramos pocas. Estamos en todos lados y en ninguno. Tenemos agenda llena, pero alma distraída.

Ahí aparece una palabra dura: anedonia. Es la incapacidad para disfrutar. No es que falten eventos, música, comida, amigos, partidos, vacaciones o motivos para sonreír. Es que a veces hemos perdido capacidad de sentirlos con alegría.

Y ese cansancio no es solo físico. Es un cansancio de época. Nunca habíamos tenido tantas formas de conectarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil sentirnos solos. Hay familias en restaurantes donde papás e hijos están viendo cada quien su pantalla, como si hubieran salido a cenar con su teléfono. Hay niños que ya no corren detrás de una pelota porque están atrapados en un video. Hay jóvenes comparándose con influencers, subiendo estados de ánimo inexistentes y fotos arregladas para pertenecer. La pantalla nos da estímulos, pero no siempre atención; nos da likes, pero no necesariamente amigos; nos da dopamina, pero no siempre alegría.

El problema de fondo, decía Lozano, es una crisis de identidad. “Nunca como ahora habíamos sabido tan poco de quiénes somos”, explicó. Y quien no sabe quién es, menos sabe cuál es su misión de vida. Esa frase debería estar pegada en muchas escuelas, oficinas, partidos políticos y casas. Porque una persona sin identidad se vuelve presa fácil de la moda, del miedo, del enojo o del primer iluminado que prometa arreglar el mundo en tres pasos con soluciones falsas.

Eso también ayuda a entender parte del enojo político que vemos en tantos países. Cuando la gente vive con incertidumbre, cuando no encuentra respuestas, cuando siente que el futuro se le escurre de las manos, puede votar desde el coraje. Y desde el coraje muchas veces no se busca la mejor respuesta, sino la primera voz que diga: “yo sí te entiendo”, aunque después la receta salga más cara que la enfermedad.

La respuesta no puede ser apagar todo y regresar a las cavernas, porque tampoco se trata de pelearse con la tecnología. La tecnología sirve, ayuda y puede abrir caminos extraordinarios. El punto es recuperar el mando. Que el celular sea herramienta, no dueño. Que la inteligencia artificial nos ayude a pensar, no a dejar de pensar.

Lozano insistió en algo esencial: la felicidad no es lo que nos pasa, sino cómo interpretamos lo que nos pasa. Por eso hacen falta propósito, identidad y carácter. También paciencia, una palabra casi rebelde en tiempos de recompensa inmediata: comida por aplicación, respuestas por ChatGPT, likes en segundos. Pero lo más importante de la vida no es instantáneo. El amor necesita tiempo. El trabajo necesita esfuerzo. La confianza necesita constancia. La vida buena no se descarga: se construye.

Al final, la salida no es el miedo ni sentarse a esperar que el futuro mejore; es traer un mejor futuro al presente con decisiones diarias, trabajar con optimismo, no olvidar ver el lado bueno de la vida. Preguntarnos quiénes somos antes de que un algoritmo nos lo conteste. Porque si esta nueva época nos llenó de estímulos, nuestra tarea es volver a llenarnos de sentido. Y si hay gente en el mundo a la que le conviene que estemos distraídos, cansados y solos, la verdadera rebeldía será recuperar el asombro, el propósito y la fe.

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