México no se está hundiendo de golpe; se está acostumbrando a hundirse poco a poco, y eso puede ser todavía más peligroso. El verdadero problema no es que la economía crezca poco en un año, el verdadero problema es que ya caímos en una trampa donde no crecer se ha normalizado, donde avanzar menos que antes se vende como estabilidad y donde el estancamiento empieza a parecer política pública.

De esto platiqué con Gabriela Siller en mi podcast En Blanco y Negro, [] y la conclusión fue incómoda, pero clarísima: México sí tiene con qué crecer, pero se está saboteando solo. Tenemos ubicación geográfica privilegiada, tratado comercial con la región más poderosa del planeta, una base industrial importante y una oportunidad histórica debido a la relocalización de empresas. El motor ahí está. El problema es que traemos unas trabas deplorables: menos inversión, menos confianza y más incertidumbre.

Una cosa hay que decirla sin rodeos: la economía mexicana ya no sólo avanza despacio, avanza por debajo de lo que crece la población. En otras palabras, la rebanada del pastel por persona se está haciendo más chica. Por eso importa tanto el PIB per cápita; no es una obsesión tecnócrata ni una manía de economistas con calculadora, es la forma más sencilla de preguntarle a una familia si hoy le alcanza más o menos que antes. Y si al cierre de 2025 seguimos 0.44% por debajo de 2018 en PIB per cápita, entonces la respuesta es brutal: después de tantos discursos, el mexicano promedio todavía no recupera su pedazo del pastel.

A eso hay que sumar la inflación que es experta en arruinar discursos triunfalistas, porque de nada sirve presumir que alguien gana un poco más si la cuenta del supermercado sube todavía más rápido. Aunque Banco de México tiene como objetivo 3%, la inflación general repuntó a 4.59% y la subyacente lleva meses por encima de 4%. Cabe destacar además que cuando las frutas y verduras rondan una inflación del 10%, esta deja de ser estadística y se vuelve coraje social; ahí es donde la gente siente que su salario no rinde aunque en el papel le digan que todo va razonablemente bien.

Ahora bien, tampoco ayuda que la confianza del consumidor haya caído, lo que importa muchísimo ya que el consumo representa cerca de 70% del PIB. Si las familias sienten que viene un mal año, no se emocionan con la baja de tasas, ni salen corriendo a comprar casa o coche, sino que guardan la cartera, posponen compras y se preparan para el golpe.

Por otra parte, la inversión fija bruta cayó 6.5% el año pasado. Ese dato debería escandalizarnos más de lo que imaginamos ya que cuando un país deja de invertir en maquinaria, equipo, plantas, mantenimiento e infraestructura, no destruye el próximo mes, destruye el próximo año. Esto, hoy, no se ve tan dramático, pero mañana se traduce en menos productividad, menos empleos y menos capacidad para crecer. Es como tener un coche de carreras con el tanque medio lleno, gran motor y pista despejada, pero con las llantas ponchadas; claro que avanza, pero tarde o temprano se va a estancar.

Aquí entra otra idea clave: México no está atorado por falta de potencial, sino por falta de condiciones para usarlo. Tenemos mercado, geografía y oportunidades, pero sin certeza jurídica, sin reglas claras y sin energía suficiente, ese potencial se queda en promesa. La inversión extranjera directa se presume en máximos históricos, sí, pero gran parte es reinversión de utilidades. El dato se oye hermoso hasta que preguntas cuánto de eso sí se convirtió en una nueva planta, en nueva maquinaria o en nuevos empleos. La inversión fresca, la que realmente apuesta por el futuro, sigue siendo baja: fue 16% el año pasado, mejor que el 5% previo, sí, pero lejísimos del 45% de 2022. En este sentido es clave que recordemos que no todo lo que suena a reinversión se traduce en crecimiento real.

Lo más peligroso de todo esto es que México está en una crisis silenciosa, situación que la hace notablemente más riesgosa; las crisis lentas se cocinan a fuego bajo, desgastan poquito a poquito, adormecen a la sociedad y vuelven normal lo inaceptable.

Por eso, si seguimos debilitando instituciones, frenando la inversión y sembrando incertidumbre, puede pasar que México se resigne para siempre a ser menos de lo que puede ser, y eso es algo que simplemente no nos merecemos ni nos podemos permitir.

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