El crimen no sólo está matando mexicanos: en muchas regiones ya está gobernando sus vidas. Nos encontramos frente a regiones donde existen dos gobiernos, el formal y el criminal. El primero tiene oficinas, sellos y discursos; el segundo decide quién pasa, quién vende, quién trabaja, quién calla y, en el peor de los casos, quién desaparece.
De esto platiqué con Carlos Azeem, abogado, activista y acompañante de familias buscadoras, en mi podcast: En Blanco y Negro. Pueden ver el episodio completo en: youtu.be/GgHA4YfdRQw?si=OmJYw4bPlRkGAl_o.
La conversación fue difícil, como tiene que ser cuando se habla de una herida profunda y abierta. En México, según las cifras oficiales mencionadas en la plática, hay alrededor de 130 mil personas desaparecidas, pero no son carpetas, no son números para una gráfica. Son 130 mil familias que esperan una llamada, una pista, un cuerpo, una verdad o un milagro.
Carlos lo dijo con toda claridad: la cifra real puede ser mucho mayor. En otros delitos se calcula que sólo una décima parte se denuncia y las desapariciones parecen ser excepción; también hay miedo, amenazas, desconfianza y abandono. Muchas familias ni siquiera se atreven a denunciar porque denunciar puede ser otra forma de ponerse en riesgo. Y ahí empieza una segunda tragedia: además de perder a alguien, las familias tienen que convertirse en investigadoras, abogadas, peritos, rastreadoras y hasta asesoras de otras víctimas. En un país normal, una madre debería estar cuidando a sus hijos; en México, muchas madres tienen que buscar huesos en el monte. Carlos contó que algunas madres buscadoras han visto más crematorios clandestinos que los propios peritos.
La desaparición tiene además una crueldad particular. Cuando alguien es asesinado y aparece su cuerpo, la familia vive un dolor inmenso, pero sabe algo. En la desaparición, la pregunta nunca termina: ¿está vivo?, ¿lo reclutaron?, ¿lo tienen encerrado? Esa incertidumbre es una tortura diaria. Y también, como explicó Carlos, es una ventaja para el criminal: si no hay cuerpo, primero se busca a la víctima; después, quizá, se busca al responsable; en este sentido, la desaparición se convirtió en un crimen “conveniente” para quien quiere impunidad.
También puede volverse conveniente para gobiernos que quieren presumir menos homicidios. Por eso no podemos dejarnos engañar por estadísticas partidas en pedacitos. Si bajan los homicidios, pero suben los desaparecidos, no estamos necesariamente mejor; sino que estamos contando mal.
Carlos mencionó un ejemplo inquietante en Tamaulipas: reportes oficiales con “cero muertos” mientras medios y registros locales hablaban de asesinatos. Ahí nace otra cifra negra: no sólo la de quienes no denuncian, sino la de autoridades que no reportan o no registran bien y precisamente por eso quizá nunca sabremos el tamaño exacto de esta tragedia.
El punto más delicado es que el crimen ya no sólo controla drogas. En algunas zonas controla mercados, tienditas, ganado, agricultura, transporte, extorsión, policías, presidencias municipales y hasta gobernadores. Controla la vida diaria; decide si una persona trabaja, si cruza una carretera, si abre un negocio o si se queda callada. Cuando eso pasa, el Estado no sólo está fallando: está siendo sustituido.
Esto genera otra realidad muy grave: el reclutamiento forzado. Carlos lo describió como una nueva leva criminal: jóvenes engañados con ofertas de trabajo o arrancados de sus comunidades para servir a grupos criminales. A veces les prometen identidad, poder, propósito y pertenencia. Pero no les venden futuro, les venden un espejismo. Entrar al crimen no sólo puede destruirles la vida a ellos, también puede condenar a sus familias al miedo, la búsqueda, y el duelo. Porque cuando un joven cae en esa trampa, no cae solo: arrastra a su madre, a sus hermanos, a sus hijos; en otras palabras, a todo su mundo.
Aquí está una de las batallas más importantes: el crimen está ofreciendo pertenencia. Eso no se combate sólo con patrullas, se combate con comunidad, escuela, empleo, deporte, cultura, empresas que abran puertas y adultos que no abandonen a los jóvenes. Tal vez la sociedad no siempre pueda competir con el dinero rápido del crimen, pero sí puede competir con algo más profundo: identidad, propósito y futuro.
México necesita recuperar al Estado, pero también recuperar el sentido de comunidad. Porque mientras el crimen nos arrebata a nuestros jóvenes, desaparece personas y gobierna territorios, nosotros no podemos conformarnos con solamente cambiar de canal de televisión. El silencio puede parecer prudencia, pero también puede convertirse en un arma para quienes desean controlar nuestro país y destruir nuestras familias. Este país, merece volver a ser un lugar donde los jóvenes sueñen con vivir y las familias disfruten plenamente su vida, precisamente por eso, es momento de decir: ¡Basta!

