¿Dónde está el sistema de salud nivel Dinamarca que prometieron? México necesita médicos bien tratados, medicinas completas, equipos que funcionen, citas a tiempo y presupuesto donde más duele. Porque la salud pública no se arregla con discursos ni promesas, se arregla con prevención, dinero bien gastado y pacientes atendidos antes de que sea demasiado tarde.

De esto platiqué con el Dr. Éctor Jaime en el podcast En Blanco y Negro, que pueden ver completo en . Éctor remató con una frase no muy alentadora pero que deberíamos escuchar: La solución esperada en salud ahorita no es salvar al mundo ni salvar a México; es salvarse usted y salvar a su familia. Dicho así suena duro, casi resignado, pero no lo es. Es una llamada de emergencia. Porque mientras el gobierno presume derechos en el papel, entrega de credenciales por todos lados, muchas familias descubren en la ventanilla que el papel no atiende, no diagnostica y no opera.

El problema no es que México no sepa qué hacer en salud. El problema es que promete cobertura universal sin poner lo necesario para cumplirla. Si se quiere atender a todos, se necesita dinero, médicos, enfermeras, camas, laboratorios, normas claras y equipos funcionando. Lo demás es como echarle más agua al caldo y presumir que ya alcanzó para todos, aunque al enfermo le toque puro vapor.

Los datos ayudan a ubicarnos. En 2026, el presupuesto en salud por persona para quienes no tienen seguridad social será 18% menor que en 2018. Es decir, el grupo que más necesita al Estado tendrá menos dinero real por cabeza. También hay recortes de alrededor del 20% en áreas que deberían preocuparnos a todos: salud mental, Cardiología y Cancerología. Justo cuando más hablamos de depresión, ansiedad, infartos y cáncer, el presupuesto camina en sentido contrario. Qué curiosa forma de cuidar a la gente: abrazos en el discurso y tijeretazos en la enfermedad.

También preocupa Cofepris, que tendría su menor presupuesto desde 2013 para control de riesgos sanitarios. Y esto ocurre cuando México necesita más vigilancia, no menos: medicamentos seguros, control contra productos falsos o piratas y autoridad capaz de revisar lo que entra al mercado. En salud, ahorrar donde se vigila puede salir carísimo. Una medicina falsa no es un “detalle administrativo”; puede ser la diferencia entre vivir y morir.

Como explicó Éctor Jaime, México tiene además instituciones de salud cansadas, están saturadas. Institutos nacionales, cada uno con reglas, presupuestos y capacidades distintas. En la escuela pública nadie le pregunta al niño dónde trabaja su papá para dejarlo entrar; en salud, muchas veces sí importa dónde trabajas, si cotizas, si tienes seguro, si vives cerca, si te toca una clínica saturada o si puedes pagar algo privado. Eso no es un sistema universal. Es una tómbola con bata blanca.

Y cuando el sistema público no responde, la gente se va a donde puede. Según se dijo en la conversación, 58% de la población del Seguro Social termina atendiéndose en lo privado cuando tiene posibilidad. No porque le encante pagar doble: primero con sus cuotas e impuestos y luego con la tarjeta. Lo hace porque con la salud de la familia no se juega. Ahí queda atrapado el ciudadano: de un lado, un sistema público saturado; del otro, hospitales privados, seguros médicos y medicinas cada vez más caros. En medio, la familia haciendo cuentas con miedo.

Por eso pesa más que nunca la prevención. La salud no empieza cuando uno llega al hospital. Empieza en la casa, en la escuela, en la cartilla de vacunación, en cuidar el peso, la presión, el azúcar, el consumo de substancias nocivas, en caminar un poco más y comer un poco mejor. Héctor Jaime dio dos datos que deberían asustarnos: después de los 60 años, una de cada dos mujeres tiene diabetes; y entre los niños, al entrar a primaria sólo uno de cada diez tendría sobrepeso u obesidad, pero al salir de sexto casi seis de cada diez.

También hay que entender algo: salud no es sólo atención médica. Salud es que una persona mayor no se caiga en su casa por una alfombra mal puesta; que un niño tenga vacunas completas; que un hombre se revise la próstata; que una mujer llegue a tiempo a una mastografía; que alguien con presión alta no espere al infarto para enterarse. El doctor importa, claro. Pero muchos pleitos contra la enfermedad se ganan antes de llegar al consultorio, especialmente cuando el gobierno demuestra graves carencias.

Hay que exigirle al gobierno que cumpla: presupuesto suficiente, médicos mejor pagados, medicinas, normas mínimas de atención, hospitales funcionales y medición de resultados. No basta decir “la atendimos” si a una mujer con cáncer de mama la diagnosticaron tarde, le hicieron mal la biopsia o nunca recibió radioterapia a tiempo. En salud, la mentira no se paga sólo con enojo: se paga con dolor.

Pero mientras el Estado se decide a hacer su trabajo, cada familia tiene que hacer mejor el suyo, como aconsejó Éctor Jaime. Más vale prevenir. No deje para mañana ese dolor raro, esa bolita, esa fatiga, esa glucosa alta. No se trata de vivir con miedo; se trata de vivir con responsabilidad. Porque una credencial puede servir para un trámite, pero no sustituye la prevención. Y en un país donde el hospital también está enfermo, cuidarse a tiempo puede ser el acto más inteligente, más amoroso y más mexicano de todos.

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