El machismo facilita al narco reclutar a nuestros adolescentes. Cuando un país le enseña a sus niños que sentir es debilidad y pedir ayuda es vergüenza, luego no debe sorprenderse de ver a demasiados adolescentes cambiando la tristeza por enojo, la soledad por una banda y el miedo por una pistola.
La conversación sobre el machismo no debe reducirse a un conflicto o repartición de culpas, sino que debe entenderse como algo elemental para salvar relaciones, familias y, en muchos casos, vidas.
De esto platiqué con Pablo, mi hijo, en el podcast En Blanco y Negro, que pueden ver completo en youtube.com/watch?v=TyPrPhQUHXA. Él acaba de terminar su maestría en Psicología en Educación, y no aborda el tema desde la crítica, sino desde una pregunta poderosa: ¿qué pasa con un niño cuando le enseñan a llorar, pedir ayuda, ser tierno, bailar o decir “tengo miedo”?
El machismo no nace cuando un hombre golpea, controla o amenaza; empieza mucho antes, cuando un niño aprende que para ser “hombre” debe esconder media humanidad. Se le permite el enojo, pero no la tristeza; se le festeja la valentía, pero no la vulnerabilidad; se le aplaude aguantar, aunque por dentro esté destrozado. El niño que no puede decir “tengo miedo” aprende a decirlo con enojo.
Pablo lo dice con una gran frase: cuando reprimes una emoción, no se va, se transforma. Puede salir como enojo, celos, silencio, riesgo, violencia o facilita caer en alguna adicción. El machismo deja sin herramientas para relacionarse sanamente. Esto, entre muchas otras formas, se manifiesta de manera común en las parejas de la siguiente manera: Ellas se sienten solas y ellos sienten que “no paran de pedirles cosas”; en otras palabras, ellas piden presencia y ellos escuchan ataque.
Parte de este problema es que si a un hombre nunca le enseñaron a reconocer sus emociones, tampoco puede reconocer las emociones de su pareja.
Las mujeres han cargado con las peores consecuencias del machismo: miedo, violencia, feminicidios, control sobre su cuerpo y su libertad. Sin embargo, para lograr resolver el problema, igualmente es importante aceptar que el machismo también afecta a los hombres.
En México, al cierre de 2024, el INEGI registró que 94.1% de las personas privadas de la libertad eran hombres. Y, entre los suicidios registrados ese mismo año, 80.6% correspondió a hombres. Algo se está rompiendo ahí, y no se arregla con la idea de que “los hombres no lloran”.
Esa afectación está fomentando cada vez más violencia en el país. México no puede combatir la violencia sólo con policías, soldados y patrullas nuevas, como si el crimen organizado fuera una gotera que se resuelve con más cubetas. Claro que se necesita seguridad, pero si no atendemos la infancia del machismo, llegaremos tarde cuando el niño solo, enojado y necesitado de identidad y sentimiento de pertenencia ya haya encontrado un grupo que le ofrece apodo, dinero, armas, jerarquía, una falsa familia que valida su violencia.
La organización Reinserta ha documentado que la edad promedio de reclutamiento de menores por la delincuencia organizada va de los 12 a los 15 años. A esa edad muchos no buscan una carrera criminal, buscan identidad, respeto y alguien que les diga “tú eres de los nuestros”. El narco entiende eso mejor que muchas políticas públicas. El Estado llega con folletos; el crimen llega con pertenencia y dinero rápido, es una de sus fortalezas.
Por eso hablar de machismo también es hablar de seguridad. Si en casa, en la escuela y en la calle se enseña que ser hombre es dominar, controlar y no sentir, no nos sorprendamos de que el crimen use esos botones. El narco no inventó todos los vacíos, aprendió a explotarlos.
La salida no es victimizarnos como hombres, sino hacernos responsables del cambio que nos conviene como sociedad; tampoco es promover que todos exhiban sus heridas a la menor provocación, pero sí empieza por promover que a nuestros seres más queridos y cercanos seamos capaces de decirles “esto me dolió”, “tengo miedo” o “no sé cómo hacerlo” y que nadie se sienta mal por reconocerlo, sino que entendamos que eso es muy humano y nos pasa a todos.
La solución está en tener educación socioemocional desde temprano, padres que puedan abrazar a sus hijos sin sentir que pierden autoridad y comunidades donde un niño pueda decir “tengo miedo” sin que le respondan “aguántese, mijo; sea hombrecito”. Todos y todas ganamos de tener una sociedad sana, con igualdad, libertad, paz y sin machismo.
Combatir el machismo es dotar de humanidad y herramientas; es valorar y priorizar la empatía, la palabra, la escucha, el cuidado, la posibilidad de pedir ayuda y sentirse acompañado. Es proteger a todas y todos, y es, también, ver por aquellos adolescentes que hoy están decidiendo si pertenecen a una comunidad o a un cártel. Que nos quede claro: un país donde los niños puedan llorar, hablar y sentirse acompañados será menos cómodo para el machismo, menos rentable para el narco y mucho más sano para todas y todos.

