Sabemos qué hacer, pero seguimos actuando como si no lo supiéramos. Ésa es, quizá, la verdad más incómoda de nuestro tiempo: el problema ambiental ya no es la falta de evidencia, sino nuestra incapacidad para convertir lo que sabemos en hábitos, leyes, presupuesto y prioridades que duren más que un gobierno, una elección o una moda.

Aquí encontramos una lección que va más allá del medio ambiente: las sociedades entienden en principio lo que les conviene, pero los incentivos de los gobiernos muchas veces van por otro lado. En algunos casos, el objetivo parece ser sólo mantenerse en el poder, en otros, hacer obras o políticas cuyos resultados se vean rápido, dentro de tres, cuatro o seis años; sin embargo, lo que da frutos en el largo plazo suele quedarse esperando.

De eso platiqué con el doctor Gerardo Ceballos en mi podcast En Blanco y Negro, el cual pueden ver en:

Esta conversación fija la atención en un gran problema: sabemos más que nunca sobre cambio climático, pérdida de especies, agua, bosques y contaminación, pero ese conocimiento no se ha convertido en una reacción colectiva a la altura del problema. Esto no se trata de un dato menor, sino que es en realidad, el retrato de una sociedad que acumula diagnósticos, pero batalla para pasar a la acción.

Como explicó Ceballos, hoy tenemos una cantidad de información científica que otras generaciones ni soñaban. Sin embargo, tener información no basta; saber lo que es mejor no siempre mueve a la acción. Ahí están los casos de enfermos que mantienen hábitos de alimentación, sedentarismo o consumo de sustancias poco saludables a pesar de ser conscientes del daño a su salud. Con el medio ambiente pasa algo parecido: el conocimiento ayuda, sí, pero el hábito, la emoción, el entorno y la presión social pesan muchísimo más.

En este contexto el reto no consiste sólo en traducir la ciencia a palabras sencillas, sino que se trata de convertirla en algo que atrape la atención de distintos grupos de la sociedad, que les hable en su idioma, que les toque una fibra, que los saque de la indiferencia. Una verdad científica que no logra conmover, organizar o mover conductas puede terminar siendo una verdad correcta, pero políticamente muda.

Ceballos realiza una autocrítica valiosa: durante mucho tiempo, muchos científicos se quedaron en la famosa “torre de marfil”, publicando para especialistas y hablando entre especialistas. Y sí, la ciencia necesita rigor, pero también necesita puentes. Más puentes entre científicos, empresas, sociedad y gobiernos. Porque si cada quien se encierra en su mundo, no vamos a resolver nuestros problemas más grandes. La extinción de especies no se arregla sólo en un laboratorio. La contaminación no se corrige sólo desde una oficina pública. Y la defensa del agua no puede recaer sólo en activistas. O empujamos juntos, o perdemos juntos.

Lo más absurdo es que durante años se vendió la idea de que cuidar bosques, selvas y agua era un freno para el desarrollo. Como si proteger la naturaleza fuera un lujo de ingenuos y no una inversión en salud, bienestar y futuro; tener agua limpia, aire respirable, suelos sanos y ecosistemas vivos es la base de una buena calidad de vida. Sin eso, no hay prosperidad que aguante. Desarrollarse no es arrasar y crecer no es destruir; el verdadero atraso consiste en dinamitar lo que sostiene la vida y luego fingir sorpresa cuando llegan la escasez, la enfermedad y la crisis.

Aquí aparece otro punto clave de la charla: si no hay dinero detrás de una prioridad, muchas veces lo que queda es demagogia. “Put your money where your mouth is”, dirían en inglés. O, en español más claro: si de verdad te importa, se tiene que notar en el presupuesto, en el personal, en la vigilancia, en las políticas y en la continuidad. El caso del aire en la Ciudad de México lo demuestra. Hubo un tiempo en que respirar aquí era casi una condena diaria; sin embargo, esto mejoró cuando hubo ciencia aplicada, métricas claras, políticas públicas y constancia. En este ejemplo es imprescindible recordar a Mario Molina como ejemplo de un científico que no se quedó encerrado en la teoría: usó su prestigio para comunicar, empujar soluciones e impactar de manera positiva en la vida de millones.

Por otra parte, la conversación con Ceballos también deja una advertencia que no deberíamos tomar a la ligera. Si seguimos por el mismo camino, no estamos hablando de una crisis pasajera, sino de un posible colapso. Y no sólo por los límites ecológicos, sino también por los políticos. Cuando el poder desprecia la evidencia, contagia a empresas, desordena la conversación pública y vuelve sospechoso hasta lo más obvio. Por eso no basta esperar a que el gobierno resuelva todo, la sociedad también tiene que exigir mejor educación, mejor trato a mujeres y niños, mejor aire, mejor agua y un ambiente sano como parte del bienestar más básico.

Ahora bien, la plática no termina en el pesimismo, al contrario. Hay una ventana de esperanza poderosa: si el cambio climático y la pérdida de especies son consecuencia de decisiones humanas, entonces también pueden corregirse con decisiones humanas mejor pensadas y mejor ejecutadas. México podría estar mucho mejor si tratara al medio ambiente como una estrategia de país y no como un adorno de discurso. No es un sueño ingenuo; es una ruta posible.

Al final, la pregunta no es si sabemos qué hacer. La pregunta es si vamos a atrevernos a hacerlo. Porque cuidar la naturaleza no es salvar arbolitos para una postal bonita: es defender el agua que tomamos, el aire que respiran nuestros hijos y el país que queremos dejarles. Todavía estamos a tiempo, justo por eso ya no tenemos derecho a seguir mirando hacia otro lado.

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