El 2-0 contra Sudáfrica no borró los problemas del país, pero sí abrió una válvula emocional que hacía falta: por unas horas, millones de mexicanos pudimos festejar algo al mismo tiempo. Y eso también vale.
La victoria dividió opiniones, pero unió emociones. Hubo quien festejó el 2-0 como si ya viniera el quinto partido envuelto para regalo y hubo quien de inmediato, aún con la alegría de ganar, puso el freno: “sí ganamos, pero no jugamos tan bien”.
La inauguración también mostró esa división. Mientras que a unos les emocionó ver a México otra vez como anfitrión mundialista, con estadio lleno, banderas verdes y orgullo nacional; otros la criticaron por austera, fría o poco mexicana.
México es un país golpeado por malas noticias, pleitos, violencia, enojo y cansancio. Por eso una alegría compartida importa, porque si bien no resuelve lo grave, sí le recuerda al país que todavía puede reunirse a disfrutar.
El Ángel se volvió la imagen de ese México contradictorio: unos festejando y a unos metros, madres buscadoras sosteniendo fichas de personas desaparecidas. El estadio también vivió la contradicción, las tensiones y enfrentamientos, pero una gran celebración, cantos y alegrías. Hubo una fiesta funcional con tensión visible. En otras palabras, México no ofreció una postal perfecta, ofreció una postal verdadera.
Todo este contexto me hizo recordar mi reciente conversación En Blanco y Negro con Juan Manuel Herrero, director general de la Comisión de Árbitros de la Federación Mexicana de Fútbol (pueden ver la conversación completa en youtube.com/watch?v=yfSfPjY5ILs) En esta charla, Juan Manuel me platicó cómo un buen árbitro debe saber “dejar fluir el juego”; no se trata de robarse el espectáculo, sino de ordenarlo para que ocurra.
Después de todo lo que vivimos ayer, esta reflexión se vuelve aún más valiosa ya que nos hace pensar que un buen gobierno debería hacer lo mismo: arbitrar para todos, no para unos cuantos. Pensar en los que festejan, en los que protestan, en los que se mueven por la ciudad, en los vecinos afectados, en los turistas, en los trabajadores y en quienes tienen razones legítimas para reclamar.
Juan Manuel también señaló que “el fútbol es el único juego que puedes jugar sin conocer las reglas”. Tiene razón. Todos opinamos del penal, del VAR, del fuera de lugar aunque no siempre sepamos las 17 reglas del fútbol. Y aun con VAR, cámaras y repeticiones, siempre habrá interpretación; la tecnología ayuda, pero no elimina la polémica. Esta reflexión igualmente cobra una mayor relevancia en el contexto del triunfo ya que, como en el fútbol, en la vida y en la política puedes tener todos los datos enfrente y aun así cada quien ve el partido desde su tribuna.
Por eso el triunfo fue tan importante; porque el impacto del fútbol trasciende a la cancha. Sin ese 2-0, la conversación de la tarde habría sido mucho más dura. Ganar no arregló todo, pero bajó la temperatura; le dio oxígeno emocional al país. Nos regaló unas horas para gritar juntos antes de volver a discutir.
México no necesita fingir que todo está bien para tener derecho a celebrar. Podemos reconocer las protestas, señalar errores, exigir mejor organización y aun así cantar un gol. Porque también somos eso: un país que, cuando encuentra una alegría compartida, la abraza con todo. Y es que sí, los mexicanos también nos merecemos una fiesta.

