Sucedió algo difícil de prever en un mundo y un país cada vez más polarizado, el futbol cumplió con la consigna de su máximo cliché. El futbol nos unió. Durante un par de meses, los mexicanos dejamos atrás nuestras divisiones sociales, políticas, económicas e ideológicas, dejamos atrás incluso nuestros trabajos y deberes y nos volvimos una fiesta futbolera. Llevábamos mucho tiempo hablando del Mundial como una abstracción de la cual éramos muy escépticos y de pronto cuando sucedió nos encontramos inmersos en él, como un acontecimiento de vinculación social más que cualquier otra cosa.

El fenómeno social del Mundial fue interesante, la sociedad mexicana se unió en torno a una playera de futbol. Los espacios públicos se llenaron de una forma que no se había visto en mucho tiempo. Si bien el estadio fue habitado exclusivamente por aquellos que podían pagar los precios exorbitantes, el Ángel, el Zócalo y muchos otros espacios públicos fueron tomados por mexicanos de todas las clases sociales e ideologías; parecía una fiesta nacional en el sentido colectivo de la palabra. Las clases altas no salen a dar el grito de independencia a las plazas públicas, ni van a los cementerios a recordar a sus muertos en noviembre, pero en el Mundial, todos salieron, todos convivieron, en un festín de espuma, banderas, vuelos y cantos.

Era algo que a esta sociedad le urgía, un momento de frenesí colectivo, de construcción de identidad compartida, de ver y escuchar al otro fuera del campo de la política. Pero también fue una lección política interesante, que si se toma con seriedad puede ser un parteaguas para el gobierno de México. En la antesala del Mundial las querellas abundaban, el gobierno y la Federación Mexicana de Futbol hablaban poco, con la FIFA y Televisa, lo indispensable. La construcción política del Mundial fue sectaria, incluso a niveles incomprensibles. Como si fueran enemigos. Cuando el gobierno y la FIFA planteaban el cambio de horario del partido de Inglaterra, nadie pensó en avisarle a la Selección Mexicana y a su entrenador. Mientras que en las calles la gente salía a celebrar junta, los políticos parecían seguir en la absurda dicotomía de los dos bandos.

Pero incluso en el mundo político algo cambió. El acercamiento entre los directivos de clubes, la federación y la presidencia aligeró las cosas. Hubo un cambio de aproximación, ya no el nosotros contra ellos, sino que de pronto, se empezó entender que quizás los bandos no son tan rígidos ni necesarios como se creía. Esa tendría que ser la lección de este Mundial. Los dos bandos no existen y no le funcionan al país. Al expresidente López Obrador le funcionó bien la polarización como estrategia, pero al país no le conviene y al gobierno de la presidenta Sheinbaum tampoco.

Hay puentes que se pueden construir, puertas que se pueden abrir, sin demasiado costo político y con un gran beneficio para el gobierno y para la viabilidad del país. Es momento de eliminar esa rigidez sobre quién sí es un interlocutor válido y quién no, que ha dominado la comunicación política de los últimos 8 años. Hoy, el único espectro político que se beneficia de esa rigidez y polarización es la ultraderecha. Que la ultraderecha no prospere en México debería ser una causa en común de este gobierno y muchos en la oposición.

Políticamente la polarización no tiene sentido para el gobierno actual. La presidenta Sheinbaum no es López Obrador, y eso, en este caso, es algo positivo. Su gobierno es más eficiente y pragmático, su estilo gusta mucho más a los empresarios y a los sectores más lejanos políticamente de la 4T. Si la presidencia de México tuviera algunos gestos de reconciliación, lograría capturar a sectores de la población que su antecesor nunca pudo, sin tener que sacrificar nada. A su gobierno le conviene tender puentes, sobre todo donde las querellas son realmente innecesarias, con periodistas, algunos medios, líderes de opinión y empresarios. El apoyo de estos sectores puede ser importante en caso de que la presión de Estados Unidos se intensifique. Tanto entre los defensores, como en los críticos de la 4T abundan perfiles que no plantean su posición de forma maniquea, que entienden de matices y que están, bajo las circunstancias adecuadas, dispuestos al diálogo. El mundial es una oportunidad inmejorable para canalizar esa energía positiva al espectro político.

La estrategia de polarizar con figuras de la oposición solo ayuda a inflarlas. El caso de Salinas Pliego es relevante en ese sentido, su amenaza hoy es contenida, pero cada vez que el gobierno decide elevarlo al plano de un rival, lo fortalece. Una de las virtudes de la Presidenta es que al ser mucho más metódica, fundamentada y precisa en su visión de país, puede atraer a sectores que antes eran imposibles para la 4T. Durante el Mundial, la población mexicana se unió en torno al futbol, si la presidenta Sheinbaum es capaz de convertir ese momento en un momentum, puede ser su éxito político más grande. A ella le daría mucho campo de acción, y a este país le convendría mucho. Ya vimos que es posible coincidir más allá de la política, ahora la política tiene que ver si logra capitalizar eso para construir un país más fuerte. Que este momento, se vuelva un momentum.

Analista político

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