Pasé una parte de mi infancia en Londres, y en 1994 viví el viejo estadio del West Ham: el Boleyn Ground. Un estadio mítico que alguna vez Joseph Blatter nombró el segundo mejor estadio del mundo para sentir la intensidad del futbol. Para los estándares modernos, el Boleyn sería una porquería, una plasta de cemento, vertical y vertiginosa. Dicho de otra forma: un estadio auténtico del viejo futbol inglés. Afuera, la gente hacía filas para comer el platillo más asqueroso que he probado en mi vida; anguila gelatinada, un residuo de la época industrial en la que el este de Londres, marginado, empobrecido y contaminado, vivía de la comida que daban los riachuelos de la zona y que nadie con tantito dinero aceptaría comer.

Los partidos en Inglaterra son distintos, más allá del frío, lluvia y lodo que caracterizaban la época, el aficionado inglés vive el futbol desde una óptica callejera. Las películas de Hollywood nos han querido mostrar a Inglaterra como un sitio de alta refinación, caballeros sofisticados y elegancia perpetua. El futbol no es así. El futbol viene de las calles, de los barrios populares y la llamada “working class inglesa”. Son los valores de esta clase trabajadora las que impregnan al futbol de ese país. En países como Argentina, Italia y España se han desarrollado escuelas filosóficas en torno a las prácticas del futbol. En Austria el futbol se desarrolló en las cafeterías a la orilla del Danubio. En Inglaterra fueron las ciudades industriales Newcastle, Manchester, Birmingham y en las zonas populares de Londres donde se desarrolló el deporte.

Su cultura futbolística fue siempre un reflejo de esa Inglaterra industrial. Un futbol duro, un tanto burdo y bastante directo. El inglés no tiene paciencia para lujos y refinamientos. Todavía en los estadios de hoy, los aficionados ingleses celebran las barridas duras como goles, y gritan incesantemente “shooooooot” tan pronto un jugador tiene el balón en cancha rival sin importar la distancia del marco. Hoy, efectivamente su futbol ha evolucionado, pero la esencia inglesa es la misma. Los comentaristas ingleses no buscan entender el juego, lo táctico les parece burdo y no pasan de su eterno “pockets of space” (bolsillos de espacio) para describir cualquier situación futbolistica que requiera el mínimo de sofisticación. En el Estadio Azteca no tendremos a 11 caballeros ingleses jugando al futbol, agobiados por el ruido y la picardía de la afición mexicana. Lo que tendrá el Azteca será el duelo entre dos formas de futbol de barrio. El inglés sabe meter la pierna, sabe jugar duro, y México no lo asusta.

El tema psicológico va a ser importante en el juego, para los dos lados. La presión de la afición, el Azteca y la altura puede hacer estragos en los ingleses. Los primeros minutos serán claves; empezar con intensidad y hacerlos correr. Dejarlos sin aliento para que sientan los 2,240 metros de altitud. Pero la psicología también juega al revés. A México, Inglaterra se le complica. Hay un elemento emocional en todo esto, a España, Portugal o Italia, México le puede ganar, pero hay algo en la manera en como observamos a Inglaterra que históricamente lo ha vuelto un rival mucho más difícil. México necesita ahogar a Inglaterra, pero también necesita olvidar que Inglaterra es la selección que está en frente.

Yo aprendí a amar el futbol en Londres. Aprendí a jugar bajo la lluvia y el lodo, en la multiculturalidad de la capital inglesa, y la convicción de que una barrida es tan bella como un pase de gol. Londres, y la cultura futbolistica del West Ham sembraron una semilla en mí a la que nunca renuncié. Muchos años después de lo que es considerado normal, jugué profesionalmente en la primera división de Panamá. Ahí compartí vestidor con cuatro de los seleccionados que enfrentaron a Inglaterra hace unos días. José Fajardo, el delantero que le metió el gol anulado a Inglaterra en la fase de grupos, fue mi capitán cuando ganamos la Liga Panameña en 2020. Soy columnista político de EL UNIVERSAL pero fui compañero de un jugador que le metió gol a Inglaterra en este mundial.

Más que cualquier otro deporte, el futbol da eso, sueños increíbles, hazañas improbables, ilusiones absurdas. El domingo, un adolescente de 17 años, un niño que nació en Nariño y otro de Salamanca saldrán a la cancha a representar a México en el partido más importante de su historia. Frente a ellos, estará una Inglaterra igual de improbable, el niño al que el Chelsea rechazó y que el West Ham construyó comandará la mediacancha. Declan Rice no será jugador del West Ham actualmente, pero sabe que la única vez que Inglaterra ganó un mundial fue gracias al equipo del este de Londres. Enfrente, tendrá a la selección mexicana más aguerrida de la historia reciente. Dos equipos de barrio, uno en el que ya todos son estrellas globales, y otro en el que todos están considerando volverse eso mismo este domingo. ¿Y si sí?

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