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Violencia doméstica: la otra pandemia

Daniela Ancira Ruiz

Conocí a Lisa hace unos años mientras ella estaba privada de su libertad en el penal de Ecatepec. Como parte de los programas de capacitación laboral y empleo que impartimos en La Cana, tuvimos la oportunidad de convivir con ella en muchas ocasiones y conocerla a fondo el tiempo que estuvo en prisión. En La Cana trabajamos con más de 180 mujeres en 4 cárceles del país, y en ocasiones es difícil recordar las historias de todas aquellas que trabajan con nosotras, o quizás de sus nombres, pero el de Lisa todas lo recordamos. Era quien te recibía siempre con una sonrisa, participaba en todos los talleres, se llevaba bien con todas, internas y custodias. Cuando entraba una mujer nueva, ella se le acercaba para acompañarla en sus primeros días y hacerla sentir más tranquila, si llevábamos un taller nuevo, era la primera en inscribirse. Todos los días nos contaba chistes y hacía bromas. Lisa consumía crack y tenía una fuerte adicción desde antes de estar privada de la libertad, pero estando en prisión se juró a sí misma no volver a consumir y cambiar su estilo de vida. Y con ayuda de distintos programas de adicciones y reinserción social, bien se notaba el cambio de la mujer que entró a prisión, y aquella que algún día saldría de ahí.

Antes de entrar a prisión, Lisa se desempeñaba como trabajadora sexual. Un trabajo que, según nos contaba, hizo que conociera a todo tipo de gente y supiera los secretos de muchos; desde policías estatales, hasta narcotraficantes, pandilleros, y miembros de la delincuencia organizada. Ese mismo trabajo la llevó a verse envuelta en un conflicto entre pandillas, y al no querer “soltar la sopa” sobre el otro bando, terminó acusada por secuestro y enfrentándose a una condena de más de 6 décadas en prisión.

Estando dentro, Lisa conoció a su pareja, un hombre que la visitaba todas las semanas, le llevaba comida, ropa, y dinero; le prometía protección y cuidado. Su familia la había dejado ya de visitar, por lo que este hombre era lo único que tenía en su vida. Por ello, en el mismo día que Lisa obtuvo una sentencia absolutoria y recuperó su libertad, no dudó ni un segundo en irse a vivir con él. Ya sea por amor, o porque era la única opción que tenía para pasar la noche, Lisa cayó en esa casa que se convirtió en una condena peor que la que acababa de cumplir.

En el Estado de México no existen programas de atención post-penitenciarios, a las mujeres las sacan a media noche de prisión, y así sin más, las abandonan a su suerte. Supimos de Lisa al día siguiente que salió de prisión, le ofrecimos un trabajo en La Cana, ayudándonos a realizar inventario de los productos que elaboraban sus compañeras en el taller de tejido, y con demás tareas administrativas. Al principio la veíamos en la oficina muy feliz, bromeaba y platicaba como siempre. Con el tiempo, se comenzó a apagar, empezó a inventar excusas para no venir a la oficina, algo extraño en ella. Nuestro equipo del Área de Salud Mental, comenzó a ver las señales e intentaron hablar con ella, para que nos contara qué estaba pasando. De pronto llegó la pandemia, esa que nos tiene en casa desde hace meses, y para desgracia de Lisa, como muchas mujeres más, la obligó a encerrarse en casa con su agresor.

Lisa ya no contestaba el teléfono, sus amigas no sabían nada de ella, hablamos con su Mamá, y tampoco escuchaba de ella hacía semanas. La impotencia y angustia de no poder hacer nada para encontrarla nos comía. Pasaron más de 8 semanas cuando de pronto sonó el teléfono de una de las colaboradoras de La Cana, y era Lisa. Había tocado fondo. Había vuelto a consumir ante el dolor
de llevar meses siendo víctima de violencia doméstica, y se encontraba en muy mal estado. Sin dudarlo, dos integrantes de nuestro equipo fueron por ella y la llevaron a una clínica de adicciones aliada de nuestra organización. Le dieron amor, ropa limpia, comida, y se quedaron con ella hasta asegurarse que estaba tranquila y lista para quedarse. Lisa seguirá su tratamiento durante algunos meses en dicha clínica, y mientras escribo estas líneas, me consta que ella está bien, progresando, y en paz.

En La Cana haremos todo lo posible para que esta historia tenga un final feliz, y estaremos para acompañar a Lisa paso a paso, hasta que logre rehacer su vida y salga adelante. Pero no puedo dejar de pensar en cuántas mujeres están siendo víctimas de violencia doméstica en estos momentos, encerradas con sus agresores, y que no tienen un contacto, una posibilidad de ser rescatadas y acompañadas a un lugar mejor. Mujeres que se enfrentan a un gobierno sordo ante sus súplicas, y que cree que “contar hasta 10” es una buena estrategia para combatir y prevenir la violencia doméstica, mientras a diario las víctimas en nuestro país se cuentan por decenas.

Hoy más que nunca debemos exigir políticas públicas que permitan realmente hacer frente a esta otra pandemia, que es aún más grave, más frecuente, y más mortal: aquella de la violencia contra las mujeres.

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