Llevo semanas sin poder dejar de pensar en Lindsay Clancy. Y sé que no soy la única: mi feed, mis chats de amigas, los comentarios de otras mamás, todas hablan de lo mismo. Su juicio —que sigue en curso en Massachusetts mientras escribo esto— se ha convertido en una especie de obsesión colectiva entre mujeres, y creo que es porque este caso se siente tan cercano, que da miedo.
Para quien no lo conozca: Lindsay Clancy era enfermera de parto, madre de tres hijos pequeños —Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de apenas 8 meses—. En enero de 2023 los mató mientras su entonces esposo, Patrick, había salido a hacer unos mandados: pasar a la farmacia por un medicamento para uno de los niños y comprar la cena. Después se lanzó por la ventana del segundo piso y quedó paralizada de la cintura para abajo. Hoy está siendo juzgada por asesinato en primer grado. Su defensa argumenta que no debería ser considerada penalmente responsable porque actuó en medio de un episodio de psicosis posparto, agravado —dicen— por una sobremedicación y un diagnóstico equivocado. La fiscalía sostiene lo contrario: que actuó de forma "intencional, racional y rápida", y que el hecho de haber enviado a su esposo a hacer esos encargos justo antes, demuestra que era consciente de sus actos. El juicio sigue abierto y no hay sentencia todavía, así que no pretendo aquí resolver algo que ni un jurado ha resuelto. Lo que sí quiero es hablar de por qué este caso nos remueve tan profundo a tantas de nosotras.
Empecemos por algo que, al menos para mí, fue nuevo: la psicosis posparto. Yo ya conocía —y viví— la depresión posparto. Pero nunca había escuchado hablar de la psicosis posparto hasta este juicio. No es simplemente estar triste o abrumada; es una desconexión aterradora de la realidad, con alucinaciones y pensamientos intrusivos violentos que la mente de la madre no puede controlar. Es aterrador darte cuenta de que existe una condición tan severa, tan poco nombrada, que puede llevar a una madre a un lugar tan oscuro. Y es ahí donde para mí empieza lo incómodo de este caso, porque no puedo evitar preguntarme, ¿y si me hubiera pasado a mí? ¿qué tanto de lo que a ella le pasó fue enfermedad, y qué tanto pudo pasarle a cualquiera de nosotras que simplemente tuvimos más suerte, más red de apoyo, más privilegio? ¿qué tan cerca estuve yo de ese hoyo negro?
Yo escribí, hace un tiempo, un texto sobre mi propio posparto. Ahí conté que esa etapa me cambió la vida en todos los sentidos. Sobre todo al principio fue de los momentos más difíciles que he vivido, me sentía en un hoyo negro del que no veía salida. El posparto tuvo implicaciones en mi vida personal, en mi trabajo, en mi relación de pareja y en mis amistades. Hice nuevas, con mujeres que entendían exactamente lo que estaba viviendo sin que tuviera que explicarlo. Y perdí otras, amigas que esperaban ver a la versión de mí de antes, con quienes nunca volví a reconectar porque la versión de mí que nos unía nunca volvió a existir de la misma forma. Reconstruirme implicó hacer un duelo por mí misma, por las amistades que perdí, por la relación de pareja que tenía antes y que inevitablemente se transformó, por mi rutina, mi tiempo, mi libertad. Nadie te prepara para ese duelo tampoco.
Cuando publiqué ese texto recibí literalmente miles de mensajes de mujeres que me escribían para agradecerme, para decirme que se sintieron identificadas, que por fin alguien ponía en palabras algo que ellas cargaban en silencio. Y creo que es exactamente lo mismo que está pasando ahora con el caso de Lindsay: no es que todas nos imaginemos capaces de lo que ella hizo. Es que casi todas quienes hemos pasado por ahí, reconocemos ese hoyo negro. Reconocemos el hundimiento, la desconexión de una misma, el miedo a los propios pensamientos oscuros en la madrugada cuando ya no puedes más.
Y hay datos de este juicio que me parece que no podemos pasar por alto. Uno: ella pidió ayuda. Repetidamente. Según lo que se ha reportado en las audiencias, vio a varios especialistas, llamó a una línea de crisis, fue a emergencias, buscó —sin éxito— un lugar en un programa hospitalario para mujeres con problemas de salud mental posparto, y en algún punto se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico. Le dijo a una enfermera especializada que tenía "pensamientos intrusivos que nunca antes había tenido". La respondieron que eso era "bastante común" en mujeres con depresión y ansiedad posparto. La dieron de alta después de cinco días, cuando dijo que ya no tenía esos pensamientos, y le recetaron un antidepresivo. Semanas después mató a sus tres hijos. Pidió ayuda, y el sistema —una y otra vez— no logró contenerla. Eso, sin necesidad de entrar a debatir su responsabilidad penal, ya es una falla que deberíamos mirar de frente: ¿cuántas veces tiene que pedir ayuda una mujer para que alguien realmente la escuche?
Dos: el tema del esposo, lo confieso, me genera una rabia que no puedo evitar. No porque crea (hasta ahora) que Patrick Clancy hizo algo malo ese día —él salió a comprar un medicamento y la cena, algo absolutamente normal—, sino porque su testimonio, sin querer, retrata algo que muchas conocemos de memoria: la asimetría del posparto. Él podía salir de la casa sin pensarlo dos veces. Ella, mientras tanto, cargaba sola con un bebé de ocho meses y dos niños más, con el cuerpo roto, la mente rota, sin ese mismo margen de libertad. No estoy diciendo que eso explique lo que pasó. Estoy diciendo que ese contraste —él con tiempo y libertad, ella sin él— es una herida que muchas reconocemos en nuestras propias relaciones, aunque nuestras historias nunca lleguen ni remotamente a una tragedia así.
Creo que, en el fondo, seguimos minimizando el posparto. Lo tratamos como una etapa "difícil pero normal", y al mismo tiempo esperamos que la mujer esté radiante, agradecida, funcional, y de vuelta en el trabajo. No dimensionamos lo que implica un cuerpo que cambió, una identidad que se reordena entera, un cerebro inundado de hormonas, todo eso mientras se supone que debes cuidar a otro ser humano las 24 horas. Y cuando una mujer dice que tiene pensamientos intrusivos, que no se siente bien, que algo está mal, le urge una respuesta seria, no un "eso es normal" y una receta.
Es aterrador y desgarrador pensar en una madre que mata a sus hijos. No hay forma de suavizar eso, ni quiero hacerlo. Pero también creo que este caso, más allá de su desenlace legal, nos está obligando a mirar algo que llevamos años esquivando: que la salud mental materna merece atención urgente, real, sostenida. Que los síntomas de las mujeres se tienen que tomar en serio la primera vez que se mencionan, no la quinta. Que pedir ayuda no puede seguir siendo insuficiente. Si no escuchamos a las mujeres cuando dicen que se están ahogando, el sistema se convierte en cómplice de la tragedia. Ese, creo, es el aprendizaje que nos deja este juicio, más allá de cómo termine.

