Por alguna razón, mi algoritmo en redes sociales empezó a llenarme la pantalla de mujeres haciendo queso casero desde las cinco de la mañana, en cocinas impecables, mostrando la rutina de cómo despertaban y vestían a sus seis hijos perfectamente combinados, y les servían un desayuno orgánico hecho en casa desde cero. Confieso que al principio empecé a seguir esas cuentas; me da cierta paz ver esos videos donde todo está ordenado y perfecto, porque mi vida, desde luego, no es así.

Después mi algoritmo entendió que me detenía a ver esos perfiles, y empezó a mostrarme más videos de esas mismas influencers impecables, ahora promoviendo ideas conservadoras: que el lugar de la mujer es en el hogar y nada más, que la independencia económica nos hizo infelices y que la feminidad se mide en la entrega total al esposo y no en logros personales, entre otras. Me metí a los comentarios pensando que me iba a topar con otras mujeres burlándose —porque, como yo, pensarían que era sarcasmo— o al menos en contra de estas ideas, por el contrario, me encontré con algo preocupante: miles de mujeres, sobre todo jóvenes, comentando, fascinadas, que envidiaban esa vida y que la preferían a tener que trabajar. Así fue como me adentré en el fenómeno que en redes sociales se conoce como tradwives (de traditional wife, o esposa tradicional).

Fue justo por esa misma curiosidad que decidí leer Yesteryear, la novela viral de Caro Claire Burke, que sigue a Natalie Heller Mills, una influencer con millones de seguidores que encarna todos los "valores tradicionales" de la mujer cristiana ejemplar: vive en un rancho espectacular con su esposo y sus seis hijos, hornea su propio pan de masa madre, todo a su alrededor es orgánico, impecable, perfecto. Es -en apariencia- la esposa fiel, agradable, que siempre tiene la casa lista y la cena servida —la tradwife hecha personaje—. Hasta que un día despierta en lo que parece ser 1855, la época exacta que llevaba meses idealizando frente a las cámaras. Sin tecnología ni comodidades, se enfrenta a la realidad de no tener ni voz ni voto en su propia casa ni en su vida por el simple hecho de ser mujer. Está atrapada, sin saber cómo llegó ahí ni cómo lograr escapar.

Sin mayores spoilers para quienes no lo han leído, el libro me pareció una genialidad por los múltiples temas que toca: la farsa de las redes sociales, la crítica a los roles de género, la romantización de la maternidad, la crianza "perfecta", la obsesión por lo orgánico, y hasta la pérdida de identidad en las mujeres que cuidan. Pero sobre todo porque en forma de sátira muy entretenida y difícil de soltar, te muestra lo que hay detrás de cámaras en la vida de una influencer tradwife: básicamente, una gran mentira. Y aunque es una novela de ficción que nació con la intención de convertirse en una película, la realidad es que el movimiento tradwife, lejos de ser una corriente inofensiva, es una peligrosa mentira que se vende muy bien y que cada día atrae a más jóvenes, porque pareciera ofrecernos justo lo que tanto anhelamos como mujeres: tiempo, libertad y estabilidad financiera. Pero en realidad, es todo lo contrario.

Durante la última década, nos han pintado como modelo ideal de ser mujer moderna, a la girlboss: la mujer que puede con todo —trabajo, hijos, gimnasio, pareja, casa impecable— sin bajar el ritmo nunca. Sin embargo, ya muchas nos dimos cuenta de que esa también es una trampa: es una doble jornada disfrazada de empoderamiento. Y es agotador. Y como alternativa perfecta a esta realización, nos pintan a la tradwife: la promesa de no tener que preocuparte por nada, de tener tiempo para hornear pan de masa madre desde cero, de ser una mamá presente en cada instante, de ir a pilates a las 9 AM, y tomarte un latte con calma. Visto así, claro que ser tradwife parece la mejor opción. Basta abrir TikTok cinco minutos para encontrar a miles de mujeres jóvenes creyéndose esta versión. Pero todo este movimiento está construido a base de diversas mentiras.

La primera mentira de las tradwives más famosas es que no son mujeres sin responsabilidades: son empresarias, y muy exitosas. Igual que el personaje de Yesteryear, trabajan, y mucho. Tienen equipos, calendarios de contenido, contratos con marcas, empleados. Muchas facturan cientos de miles de dólares al año. El pan que "hornearon desde cero" seguramente lo hizo un equipo completo mientras ellas solo posan para la cámara. Y la paradoja es enorme, porque mientras ellas rechazan abiertamente el feminismo, es precisamente gracias a éste que ellas tienen el derecho a firmar un contrato, a tener cuenta bancaria propia, a ser dueñas de su marca, de su imagen y en general, lo que les permite generar ingresos y elegir esa vida y no otra.

La segunda mentira es más peligrosa, porque no está en lo que muestran sino en lo que prometen: que ser tradwife es sinónimo de descanso y libertad. La verdadera trampa dno es que te mientan sobre quién hornea el pan detrás de cámaras: sino lo que implica para la mujer común el querer replicarlo: ceder tu autonomía. Es depender económicamente de alguien más, no poder tomar decisiones por tu cuenta, no poder irte si la relación se rompe o se vuelve violenta. Nos quieren hacer creer que no querer vivir exhaustas es lo mismo que no querer trabajar, y no es así. Ser tradwife no es tiempo ni tranquilidad; es sumisión. Y lo que queremos, creo yo, no es ser tradwives: es libertad financiera, estabilidad y tiempo para vivir sin que la existencia se sienta como un maratón cuesta arriba.

Si eso es lo que queremos, entonces la pregunta correcta es otra: ¿por qué tenemos que elegir entre dos extremos tan opuestos y no podemos normalizar un punto medio? ser la empresaria, independiente, pero que también tiene tiempo para ir a pilates, cocinar con sus hijos o disfrutar de su hogar. El problema es que el sistema insiste en encasillarnos en roles absolutos para evitar la discusión de fondo: la falta de condiciones - tanto culturales, sociales, como de políticas públicas- que ofrezcan a las mujeres una verdadera libertad.

La verdadera libertad no está en elegir cuál de las trampas que nos ofrecen nos acomoda mejor. No es ceder la autonomía económica a cambio de descanso, ni colapsar bajo la doble jornada para demostrar que podemos con todo. Es tener tiempo y estabilidad financiera sin tener que someternos a la voluntad de nadie. Libertad no es no tener responsabilidades: es poder elegir cuáles queremos, y bajo qué condiciones. Y mientras la narrativa nos siga encasillando en un rol de género en lugar de dejarnos ser quienes queramos ser, seguiremos cediendo terreno a estas corrientes conservadoras que prometen libertad disfrazada de sumisión y amenazan con siglos enteros de retrocesos en la lucha por los derechos de las mujeres.

Comentarios