En julio de 2026 comenzará la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), un proceso que, aunque está contemplado dentro del propio acuerdo, genera una gran expectativa e incertidumbre debido a las posibles implicaciones que podría tener para el comercio, la inversión y el crecimiento económico de la región. Más que una simple evaluación del tratado, esta revisión se perfila como el acontecimiento económico más importante para México en los próximos años, ya que de su resultado dependerá en gran medida el éxito de fenómenos como el nearshoring, la expansión manufacturera y la atracción de nuevas inversiones.

Durante los últimos años, México se ha beneficiado de la relocalización de empresas que buscan acercar sus operaciones al mercado estadounidense. Sin embargo, gran parte de estas decisiones de inversión se sustentan en la certeza jurídica y comercial que ofrece el T-MEC. Ante cualquier duda sobre el futuro de las reglas del acuerdo, muchas empresas podrían optar por retrasar proyectos, reevaluar inversiones o buscar alternativas en otros mercados.

La postura de Estados Unidos será fundamental. Es probable que el gobierno estadounidense impulse medidas orientadas a fortalecer la producción regional, aumentar los requisitos de contenido norteamericano en diversos sectores y reforzar las disposiciones laborales y ambientales. Asimismo, podría buscar limitar la dependencia de cadenas de suministro vinculadas con China y otros competidores estratégicos. Estas acciones responderían a una lógica de seguridad económica y fortalecimiento industrial, pero también podrían generar nuevas presiones para las empresas establecidas en México.

Para nuestro país, este escenario representa riesgos y oportunidades. Por un lado, mayores exigencias regulatorias podrían incrementar costos y reducir la flexibilidad operativa de algunos sectores productivos. Por otro lado, si Estados Unidos busca concentrar sus cadenas de suministro dentro de América del Norte, México podría consolidarse como el principal destino de inversión manufacturera de la región gracias a su ubicación geográfica, experiencia industrial y cercanía con el mercado más grande del mundo.

Ante este panorama, México debe asumir una postura firme, estratégica y basada en argumentos técnicos. Más que defender únicamente las condiciones actuales del tratado, el país debe demostrar que una región integrada beneficia a los tres socios comerciales. También será indispensable fortalecer la certeza jurídica, mejorar la infraestructura logística y energética, e impulsar condiciones que mantengan la competitividad nacional frente a otros destinos de inversión.

La importancia de esta revisión trasciende el ámbito comercial. Su resultado influirá directamente en la confianza de los inversionistas, la generación de empleos y las perspectivas de crecimiento económico para la próxima década.

Si el proceso concluye fortaleciendo la integración regional, México podría convertirse en uno de los mayores beneficiarios de la reconfiguración de las cadenas globales de suministro. Si, por el contrario, prevalecen las tensiones y la incertidumbre, el país podría enfrentar un freno en las inversiones y una reducción en su potencial de crecimiento.

Por ello, la revisión del T-MEC no es un tema más dentro de la agenda económica. Es el proceso que probablemente definirá el rumbo de la economía mexicana durante los próximos años y cuya evolución deberá seguirse con especial atención, ya que de sus resultados dependerá gran parte del futuro económico de México y de toda América del Norte.

*Académico de la Universidad del Valle de México Campus Zapopan

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