La victoria de la Selección Mexicana volvió a provocar una de esas escenas que pocas veces ocurren en el país: calles llenas, plazas abarrotadas y miles de personas celebrando un mismo triunfo. Durante noventa minutos desaparecieron las diferencias políticas, económicas y sociales. El futbol volvió a demostrar su capacidad para unir a México. Sin embargo, esa misma celebración deja al descubierto una paradoja: mientras el triunfo pertenece a todas y todos, el Mundial que hoy emociona al país no es igualmente accesible para quienes lo celebran.

Durante las últimas semanas, México, Estados Unidos y Canadá han compartido una agenda común más allá del T-MEC: la Copa Mundial de la FIFA 2026. Se trata de uno de los eventos deportivos más importantes del planeta y de una vitrina internacional para la región. Se estima que el torneo atraerá a millones de visitantes y generará una importante derrama económica para las ciudades sede. No obstante, detrás del entusiasmo y de las proyecciones optimistas emerge una realidad menos visible: los beneficios del evento no se distribuirán de manera uniforme y los costos tampoco.

La primera desigualdad es la del acceso al espectáculo. Para el partido inaugural entre México y Sudáfrica, los boletos oficiales van desde 370 hasta 1,825 dólares. Considerando las cuatro categorías disponibles, el costo promedio de un boleto supera los 1,050 dólares. Es decir, alrededor de 20 mil pesos. Esta cifra representa cerca del 77% del ingreso corriente promedio mensual de un hogar mexicano, estimado por la ENIGH en poco más de 26 mil pesos, sin considerar gastos de transporte, hospedaje o alimentación. Para millones de familias, asistir a un solo partido implica destinar recursos equivalentes al presupuesto de un mes completo. Paradójicamente, el país anfitrión será también un país donde buena parte de su población no podrá acceder al principal espectáculo deportivo del mundo.

La segunda desigualdad se vive en las ciudades. Los preparativos para recibir a millones de visitantes han implicado modificaciones en la movilidad, restricciones temporales al uso de espacios públicos, cierres de vialidades y cambios en la operación cotidiana de diversos servicios, particularmente en la Ciudad de México. De acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), casi la mitad de las personas ocupadas en la capital utiliza diariamente el transporte público, por lo que las inversiones asociadas al Mundial deberían responder a una estrategia permanente de movilidad y no únicamente a las necesidades logísticas del torneo. La infraestructura que hoy se acelera por un evento internacional debió haberse desarrollado hace años para mejorar la calidad de vida de quienes habitan estas ciudades todos los días.

La tercera desigualdad tiene que ver con la distribución de los beneficios económicos. Si bien el Mundial dará un impulso temporal al turismo, el comercio y los servicios —sector que, de acuerdo con los últimos resultados del Indicador Oportuno terciario de la Actividad Económica (IOAE), mantiene el mayor dinamismo de la economía mexicana—, sus efectos difícilmente trascenderán el corto plazo. Las actividades terciarias generan alrededor de dos terceras partes del Producto Interno Bruto nacional y concentran millones de empleos; sin embargo, las estrictas restricciones impuestas por la FIFA para la transmisión pública de los partidos y el uso comercial de su marca limitan la participación de miles de restaurantes, bares, comercios y pequeñas empresas.

En contraste, buena parte de las ganancias se concentra desde el diseño mismo del torneo en patrocinadores oficiales, cadenas hoteleras, aerolíneas y empresas con derechos exclusivos de comercialización. Sin una estrategia de largo plazo para fortalecer el turismo, impulsar a las micro y pequeñas empresas y aprovechar el posicionamiento internacional del país, la derrama económica desaparecerá junto con el silbatazo final.

Más allá de los resultados deportivos, el Mundial vuelve a poner bajo los reflectores las desigualdades estructurales que persisten en México. El acceso al espectáculo, el aprovechamiento de la actividad económica y el disfrute de las ciudades siguen dependiendo del ingreso, de la infraestructura disponible y del diseño de las políticas públicas.

El verdadero legado del Mundial no debería medirse únicamente por el número de visitantes, la ocupación hotelera o las fotografías de estadios llenos, sino por su capacidad para generar beneficios duraderos para la población. De lo contrario, el triunfo de la Selección seguirá siendo una alegría compartida, pero el Mundial habrá terminado siendo una fiesta organizada en casa a la que, económicamente, millones de mexicanas y mexicanos nunca fueron invitados.

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