Mientras la economía mexicana atraviesa un periodo de desaceleración cada vez más evidente, la Ciudad de México parece seguir una lógica distinta. Al cierre de 2025, la capital registró un crecimiento económico de 5.1 por ciento respecto al año anterior, impulsado tanto por las actividades secundarias como, sobre todo, por el dinamismo del sector servicios. En apariencia, la ciudad continúa moviéndose a un ritmo ajeno al resto del país.

Sin embargo, la verdadera pregunta no es si la Ciudad de México sigue creciendo, sino qué tan sostenible resulta ese crecimiento y si ese dinamismo podrá mantenerse durante 2026. Los primeros indicios apuntan a que no necesariamente será así. Los últimos datos sobre el Producto Interno Bruto, el indicador que mide el pulso de la actividad económica, muestran que la economía nacional cayó 0.6 por ciento durante el primer trimestre de 2026 respecto al trimestre previo.

Aunque el dato fue ligeramente mejor a lo esperado, confirma que el país atraviesa una etapa de debilitamiento económico marcada, principalmente, por la debilidad industrial, la incertidumbre internacional y un menor dinamismo del consumo privado.

Pero en una ciudad como la capital del país, cuya economía depende crecientemente de actividades terciarias como el comercio, los servicios y las actividades profesionales, las desaceleraciones no necesariamente se manifiestan de forma rápida y visible. Lo hacen, más bien, de maneras silenciosas: menor consumo, empresas que retrasan inversiones, caída en la contratación de servicios especializados y una creciente sensación de fragilidad económica entre las clases medias urbanas.

A nivel nacional, los datos muestran que las actividades con mayor deterioro fueron las secundarias, particularmente la manufactura, afectada por factores como la incertidumbre arancelaria, la revisión del T-MEC y la menor demanda externa. Aunque el sector terciario ha mostrado una mayor resiliencia frente a este contexto, también es importante recordar que suele reaccionar de manera más rezagada ante los periodos de desaceleración económica. Por ello, es probable que parte de sus efectos comiencen a manifestarse gradualmente en los próximos meses, especialmente en actividades vinculadas al consumo, los servicios y la inversión privada.

La paradoja es evidente. La capital continúa proyectando dinamismo: restaurantes llenos, nuevos desarrollos inmobiliarios, turismo internacional, corredores comerciales activos y una intensa vida cultural. Sin embargo, buena parte de este crecimiento parece sostenerse más en factores coyunturales y en la propia inercia urbana que en una expansión estructural capaz de garantizar estabilidad económica de largo plazo.

Si bien, eventos como el Mundial de 2026 podrían representar un impulso temporal para sectores vinculados al turismo, el comercio y los servicios, difícilmente pueden sustituir una estrategia de crecimiento sostenida. La incertidumbre jurídica, la volatilidad internacional y la falta de claridad sobre el rumbo de la inversión continúan afectando la confianza empresarial. El llamado “Plan México”, que parecía una oportunidad para incentivar nuevas inversiones, hasta ahora no ha logrado consolidarse como un verdadero motor económico.

Ante este escenario, el verdadero desafío pareciera ser que incluso en las regiones que todavía muestran crecimiento, como la Ciudad de México, ese dinamismo comienza a sentirse insuficiente para garantizar estabilidad económica, por no hablar del bienestar cotidiano. Aunque la capital continúa proyectando una imagen de crecimiento y dinamismo, cada vez resulta más evidente que dicho crecimiento enfrenta límites estructurales en un contexto de desaceleración nacional y ausencia de una estrategia clara de desarrollo sostenido.

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