Por Iván Carrillo
Bastaron unas líneas en el Diario Oficial de la Federación para convertir un santuario en una escala de cruceros. El papel no hace ruido, pero lo que podría venir después, sí.
El pasado 10 de abril de 2026, un decreto presidencial reclasificó a Loreto de puerto de cabotaje a "Puerto de Altura y Cabotaje". Pocas palabras de burocracia oficial. Consecuencias incalculables. Durante décadas, la Bahía de Loreto ha sido el refugio de la ballena azul —el animal más grande que ha habitado este planeta—. Una especie que regresa cada temporada como si supiera que allí nadie la molesta. Hasta ahora.
Cuando leí la noticia, algo se me instaló; sentí decepción al reconocer el viejo patrón: el progreso, disfrazado de oportunidad, que llegaba a un lugar que ya tenía lo que más vale. Convertir un Parque Nacional y Patrimonio de la Humanidad en escala de megacruceros me pareció, desde el primer momento, una sentencia de muerte disfrazada de decreto. Necesitaba entender la magnitud real. Busqué a alguien que pudiera hablar sin eufemismos.
El Dr. Jorge del Ángel Rodríguez, investigador en el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (CIBNOR) y presidente del Colectivo de Académicos Sudcalifornianos, no defrauda en ese sentido.
"Podrías pensar que es solamente un cambio administrativo", me dijo Jorge al inicio de nuestra conversación, "pero en realidad tiene implicaciones tanto fiscales como aduanales". Convertirse en puerto de altura exige una infraestructura colosal: ampliación de carreteras, instalación de aduanas y, lo más silencioso y devastador, operaciones de dragado. Silencioso porque ocurre bajo el agua, donde la opinión pública rara vez mira.
Al dragar, explicó el investigador, se levanta sedimento que ha acumulado durante años hidrocarburos poliaromáticos y metales pesados altamente tóxicos. Esos compuestos no desaparecen: se reintroducen en la cadena trófica, desde el plancton hasta los grandes consumidores. Hasta la ballena azul.
La magnitud de lo que implica la posible llegada de los megacruceros tomó forma en una imagen que Del Ángel ofreció sin adornos: "Son ciudades flotantes". Y las ciudades necesitan agua, generan basura y emiten gases. En un estado que ya sufre escasez hídrica, abastecer embarcaciones con miles de pasajeros a bordo implica instalar plantas desaladoras que vierten salmueras tóxicas al mar. Los residuos sólidos, por su parte, amenazan con provocar el colapso de rellenos sanitarios que ya operan al límite.
Además, estudios realizados en puertos mexicanos —como el de La Paz— documentan que la presencia de cruceros incrementa drásticamente las concentraciones de dióxido de nitrógeno y de dióxido de azufre. A escala global, los buques atracados elevan los niveles de partículas, deteriorando la calidad del aire en las comunidades portuarias y multiplicando los casos de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Loreto tiene cerca de 20,000 habitantes. No tiene hospitales de tercer nivel.
Luego vino la parte de las ballenas. Jorge describió algo que uno preferiría no imaginar: cuando las ballenas azules se alimentan, la concentración que exige ese proceso las vuelve ciegas al entorno. No detectan las grandes embarcaciones. Y los cruceros, por su propio tamaño, carecen de capacidad de maniobra. "Un crucero es una ciudad", repitió el investigador. "Perfectamente, matas a una ballena con un golpe".
No es una hipérbole. Los datos sobre colisiones —los llamados "ship strikes"— muestran que ya superan los niveles de mortalidad sostenibles para las poblaciones de ballena azul y de aleta. Estos cetáceos pasan gran parte de la noche cerca de la superficie, lo que duplica su exposición al casco de un buque. Y aunque no haya golpe, el ruido crónico de los motores degrada el ambiente acústico del que dependen para comunicarse.
La respuesta a todo esto es la promesa de una derrama económica. El argumento de siempre, el que cierra debates antes de que empiecen. Pero los números no mienten. Según Del Ángel un turista de crucero, que no pernocta en la localidad, gasta en promedio 72 dólares. El turista que se queda gasta alrededor de 500. El turismo masivo llega, acapara los recursos, contamina a escala industrial y deja migajas. Desplaza a pescadores. Deja sin trabajo a los guías locales que durante décadas construyeron una oferta ecoturística que era, precisamente, lo que hacía único a Loreto.
Al terminar la entrevista con el Dr. Jorge del Ángel, me quedó claro que esto no es un conflicto regional más, ni uno de esos que se resuelven con una mesa de diálogo y un comunicado conjunto. Es una pregunta sobre el tipo de país que estamos dispuestos a ser. ¿Aceptaremos una “disneylandización” de nuestros puertos que beneficie a capital concentrado en pocas manos? ¿O defenderemos un santuario que pertenece a la humanidad y, sobre todo, a las ballenas que, año tras año, regresan para confiar en la tranquilidad de nuestras aguas?

