Ing. Francisco Javier Moreno Fierros Miembro del Comité de Infraestructura del Transporte Colegio de Ingenieros Civiles de México, A.C.

En México, la infraestructura del transporte constituye uno de los pilares estratégicos para la integración territorial, el desarrollo económico y la competitividad del país. La red carretera, junto con los sistemas ferroviario, portuario y aeroportuario, permite la movilidad de personas y mercancías y sostiene buena parte de la actividad económica nacional. Su relevancia es comparable a la observada en otras economías de la OCDE, donde la infraestructura influye directamente en la eficiencia logística, los costos de producción y la integración a las cadenas globales de valor.

Por ello, resulta importante reflexionar sobre los casos en que, tras el paso de huracanes u otros fenómenos hidrometeorológicos extremos, algunas carreteras presentan interrupciones derivadas de deslizamientos de ladera, derrumbes en cortes, fallo de terraplenes o daños en la infraestructura. Si bien muchos de estos eventos son consecuencia de condiciones extraordinarias, el conocimiento técnico disponible actualmente permite identificar y mitigar una parte importante de estos riesgos desde las etapas de planeación, diseño y conservación. En consecuencia, la pérdida prolongada de conectividad en corredores carreteros estratégicos debería ser cada vez menos frecuente.

De esta necesidad surge el concepto de resiliencia, definido por la Administración Federal de Carreteras de Estados Unidos (FHWA) como “la capacidad de un sistema para prepararse ante condiciones cambiantes, resistir impactos, responder eficazmente y recuperarse con rapidez ante interrupciones”, es decir, no se trata únicamente de resistir los impactos, sino de responder y recuperarse eficazmente cuando éstos ocurren.

Organizaciones internacionales como la Asociación Mundial de la Carretera (PIARC) han documentado que la infraestructura vial enfrenta tres grandes presiones de manera simultánea: la influencia del cambio climático, el incremento sostenido en las cargas de tránsito y la ocurrencia cada vez más frecuente de eventos extremos, tanto naturales como inducidos. La convergencia de estos tres factores incrementa la exposición al riesgo y acelera los procesos de deterioro de las carreteras. En este contexto, la resiliencia deja de ser un planteamiento conceptual para convertirse en una condición indispensable en la planeación, el diseño y la gestión de la infraestructura carretera.

La resiliencia implica un cambio de enfoque en la ingeniería civil. No se trata de evitar el daño a toda costa —lo cual sería técnicamente imposible y económicamente inviable—, sino de reducir la pérdida de funcionalidad y acortar el tiempo de recuperación. Este enfoque introduce un objetivo clave: que la infraestructura mantenga su funcionalidad básica o recupere el servicio óptimo en el menor tiempo posible. En términos funcionales, una vía que sufre daños parciales pero recupera su operación en cuestión de horas puede resultar más resiliente que una estructura aparentemente más robusta cuya rehabilitación requiere semanas o incluso meses.

Bajo esta lógica, el cambio climático obliga a replantear los criterios tradicionales de diseño. Las tendencias actuales muestran incrementos en temperatura, precipitaciones más intensas y concentradas, periodos de sequía prolongados y variaciones más agresivas en los ciclos de humedad. Diseñar únicamente con base en datos históricos resulta cada vez menos representativo; por ello, es necesario incorporar la incertidumbre como parte de los procesos de diseño.

Esto tiene implicaciones directas en la forma de diseñar y priorizar la infraestructura, particularmente en los corredores de transporte que soportan servicios esenciales y ejes estratégicos de conectividad. Por ejemplo, prever obras de drenaje y estructuras hidráulicas de mayor capacidad para contar con márgenes de seguridad más amplios; diseñar soluciones de estabilización de taludes para condiciones extremas, así como la incorporación de obras para el control de flujos de detritos, o bien, diseñar y construir pavimentos que utilicen materiales que resistan variaciones de temperatura y humedad más exigentes. El objetivo no es sobredimensionar las estructuras, sino actualizar los parámetros de diseño para responder a una realidad que ya cambió.

Una carretera, además de ser un activo físico, constituye un componente fundamental y crítico de sistemas logísticos, productivos y sociales. Por ello, la resiliencia no se agota en el diseño físico. La PIARC enfatiza que se trata de un enfoque integral que debe considerar dimensiones técnicas, económicas, sociales y operativas.

La resiliencia también requiere que la red disponga de alternativas de operación cuando alguno de sus componentes falla. Esto implica prever rutas alternas y mecanismos que permitan mantener la conectividad y la movilidad aun en condiciones adversas.

Al mismo tiempo, la gestión de la información se vuelve un elemento clave, ya que, sin datos oportunos y confiables, la capacidad de respuesta ante una emergencia se ve necesariamente limitada. En este punto surge otro elemento fundamental: la comunicación. La experiencia internacional muestra que, en escenarios de crisis, la capacidad de informar adecuadamente a los usuarios y coordinar acciones entre las diferentes instancias y actores operativos puede ser tan determinante como la propia infraestructura. En este sentido, la resiliencia también es organizacional.

Otro aspecto crítico que a veces suele pasarse por alto es el momento en que se incorpora la gestión del riesgo. Si se introduce únicamente en la etapa operativa, sus efectos son limitados. Cuando se integra desde la planeacion misma y la concepción del proyecto, permite anticipar amenazas, ajustar el diseño y reducir significativamente la probabilidad de fallas severas. En términos simples, prevenir es más eficiente que corregir.

Esto se vincula directamente con la discusión sobre los costos. Existe la percepción de que planear y diseñar infraestructura resiliente es más costoso. Sin embargo, cuando se analiza el costo del ciclo de vida completo —incluyendo costos de operación y mantenimiento, rehabilitación, reconstrucción, así como las pérdidas económicas por interrupciones—, la inversión inicial adicional se justifica ampliamente. El costo de no anticipar es, sistemáticamente, mayor.

Además, la resiliencia exige incorporar innovación de manera decidida. El uso de materiales modificados, diseños más robustos, soluciones constructivas adaptadas, soluciones basadas en la naturaleza y nuevas tecnologías permite mejorar el desempeño de la infraestructura frente a condiciones cada vez más exigentes. No obstante, su adopción aún es limitada y, en muchos casos, responde menos a criterios técnicos que a restricciones operativas y financieras, en un entorno donde los recursos son escasos y las infraestructuras operan cerca de sus límites. Bajo estas condiciones, los esquemas de presupuestación tienden a privilegiar el menor costo inicial, aun cuando ello comprometa el desempeño y la durabilidad en el largo plazo. A ello se suma una realidad que enfrentan prácticamente todos los administradores de infraestructura: atender una demanda creciente con recursos limitados y con niveles de servicio cada vez más exigentes.

Finalmente, la experiencia internacional subraya la importancia del intercambio de conocimiento. Los eventos extremos no son exclusivos de una región, y las soluciones tampoco deberían serlo. La colaboración entre países, instituciones y especialistas permite acelerar la adopción de mejores prácticas y aprovechar de manera más efectiva la experiencia acumulada en distintos entornos.

México se encuentra ante una decisión clara, seguir operando bajo un modelo reactivo, que actúa después de que el daño ya ocurrió, o avanzar hacia un modelo preventivo, donde la resiliencia forme parte integral de la planeación, el diseño y la operación de la infraestructura. La diferencia entre ambos enfoques tiene implicaciones profundas en la seguridad, la continuidad de los servicios y el desarrollo económico de las regiones. En el primer caso, el sistema reacciona y corre detrás de los problemas; en el segundo, se anticipa y está mejor preparado para enfrentarlos.

En un entorno donde la creciente incertidumbre será la constante, la infraestructura que prevalecerá no será la más rígida ni la más económica en el corto plazo, sino aquella capaz de adaptarse, mantener su funcionamiento básico y recuperarse con rapidez. Ese es, en esencia, el futuro resiliente de nuestra infraestructura.

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