Claudia Tacoronte tenía 21 años. Era una estudiante española de la Universidad de Granada. Había llegado a Morelos a mediados de agosto de 2026 para realizar un intercambio académico en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Claudia estudiaba educación infantil. Había viajado desde Cuernavaca a Cuautla para participar en la Feria Nacional de la Planta Medicinal en la Casa de la Cultura. De acuerdo con varios medios, el 12 de septiembre salió del lugar a fumar un cigarro y fue atacada por un hombre que quería quitarle el teléfono celular. Para protegerse, intentó volver al recinto, pero fue apuñalada varias veces por el agresor. Claudia murió antes de que llegaran los paramédicos.
La muerte de Claudia ha causado una enorme indignación social, tanto en México como en España. Quizás por la cobertura internacional, solo unos días después del asesinato, su supuesto agresor fue detenido y acusado. El caso de Claudia, sin embargo, no es aislado, sino el último eslabón en una cadena que la comunidad universitaria de Morelos lleva tiempo denunciando. Desde 2025, han sido asesinadas o desaparecidas otras cuatro estudiantes de la misma universidad (Aylin Rodríguez, Kimberly Joselín Ramos, Karol Toledo y Michelle Itzayana Fuentes). En dos de estos casos, se detuvo y acusó a una persona; los otros siguen sin avances. Pero a pesar de cada tragedia, las muertes siguen ocurriendo. A nivel municipal y estatal, el panorama es peor. Durante los primeros siete meses del 2026, el Estado de Morelos reportó 21 feminicidios. Y, con menos de 200.000 habitantes, Cuautla es el segundo municipio de Morelos con más casos de desapariciones reportados (221 personas desaparecidas para mayo del 2026).
Algunas personas se preguntan por qué la Universidad de Granada no había suspendido los intercambios a Morelos, a pesar de las elevadas cifras de homicidios de mujeres en el estado y en la Universidad. Esto ha llevado a que varias universidades españolas revisen si deben continuar con los programas de intercambios en México. Algunas ya han decidido suspender los intercambios o han adoptado protocolos más estrictos para limitar los viajes solo a las zonas consideradas de bajo riesgo. Otras preguntamos cómo puede haber cinco estudiantes muertas y por qué tuvo que ser asesinada una extranjera antes de que las autoridades pusieran atención. Más aún, ¿qué va a cambiar en Cuautla, en Morelos o en México para que mujeres y hombres dejen de ser asesinados por un teléfono, por su cartera, por ser jóvenes o mujeres?
Cada desaparición y cada feminicidio parece producir un ciclo similar: la indignación, promesas de justicia por parte de las autoridades y, a las pocas semanas o meses, el ciclo se repite. No es casualidad que la canción de Vivir Quintana se haya convertido en un himno para las marchas del 8 de marzo en México.
“A cada minuto, de cada semana, Nos roban amigas, nos matan hermanas, Destrozan sus cuerpos, los desaparecen. No olvide sus nombres, por favor, señor presidente … Soy Claudia, soy Esther y soy Teresa, Soy Ingrid, Soy Fabiola y soy Valeria, Soy la niña que subiste por la fuerza, Soy la madre que ahora llora por sus muertas, Y soy esta que te hará pagar las cuentas ¡Justicia, justicia, justicia!”
Nombramos a las víctimas para que dejen de ser una cifra más, para que cada vida valga más que un celular, y deje de ser un eslabón más en la historia que se repite sin tregua y, en muchos casos, en silencio.
Doctora en derecho. @cataperezcorrea
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