Por Nelly Segura

Conozco a una mujer que puso en pausa su carrera durante cinco años.

Nunca dejó de trabajar del todo. Hacía home office, seguía aportando dinero a su casa y, al mismo tiempo, cuidaba a su hijo. Pero para los demás ella simplemente “estaba en casa”.

Su trabajo profesional valía menos porque ocurría frente a una computadora en la sala. Su trabajo de cuidados ni siquiera tenía nombre.

Su esposo pagaba comida y gastos básicos. Pero ella, aun trabajando y aportando, no tenía dinero propio para sus cosas.

Eso también pasa.

Una mujer puede trabajar, producir, cuidar, administrar una casa y seguir siendo económicamente dependiente.

Puede sostenerlo todo y no tener ni para sí misma.

Su carrera volvió a respirar cuando su hijo cumplió cinco años.

Cinco años.

En una trayectoria profesional, cinco años son ascensos, contactos, experiencia, mejores sueldos, nuevas oportunidades.

Pero cuando una mujer los entrega a los cuidados, solemos llamarlo amor.

Y sí, lo es.

Pero también tiene un costo.

Las cifras del INEGI son incómodas precisamente porque muestran cuánto cuesta aquello que durante años decidimos no llamar trabajo.

En México, la participación económica de las mujeres ronda 46%; la de los hombres supera 75%.

Casi 30 puntos de diferencia.

Y no, no significa que las mujeres trabajen menos.

Significa que una enorme cantidad de su trabajo ocurre fuera del mercado laboral y, por lo tanto, fuera del reconocimiento.

Durante 2024, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado tuvo un valor superior a 8 billones de pesos, cerca de una cuarta parte del PIB nacional.

Las mujeres generaron más de 70% de ese valor.

Ocho billones.

Y aun así seguimos hablando de las mujeres que “no trabajan”.

Ahí está el problema.

Las casas no se sostienen solas. Los niños no se crían solos. Los enfermos no se cuidan solos. La comida no aparece por generación espontánea.

Hay alguien haciendo todo eso.

Casi siempre una mujer.

Y mientras lo hace, deja algo suyo en el camino.

Tiempo.

Carrera.

Ingresos.

Descanso.

Independencia.

El INEGI calcula que cada mujer aporta en promedio más de 82 mil pesos al año en trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.

Los hombres, alrededor de 35 mil.

La diferencia no es menor.

Y tampoco lo es la brecha de ingresos.

Los hombres reciben, en promedio, más de 4 mil pesos mensuales por encima de las mujeres.

Son casi 50 mil pesos al año.

Medio millón en una década.

Dinero que se convierte en patrimonio, ahorro, vivienda, pensión o libertad.

Por eso cuando una mujer no tiene autonomía económica, no estamos hablando únicamente de dinero.

Estamos hablando de poder.

El poder de decidir.

El poder de irse.

El poder de no pedir permiso.

El poder de no explicar por qué necesita comprarse algo para ella.

Y luego está el reconocimiento.

O, mejor dicho, la falta de él.

Hay mujeres que llevan décadas moviendo empresas, familias, comunidades, instituciones y proyectos enteros sin que nadie se detenga a nombrarlas.

Mueven mares.

Pero su esfuerzo termina convertido en paisaje.

Nos acostumbramos a que resuelvan.

A que aguanten.

A que encuentren la forma.

A que lleguen.

Y como siempre lo hacen, dejamos de verlo.

Por eso los Premios Marea 51 tienen sentido.

No porque una estatuilla cambie la vida de una mujer.

Sino porque nombrar también es una forma de justicia.

Reconocer es decir: vi lo que hiciste.

Vi lo que costó.

Vi las renuncias que nadie puso en el currículum.

Vi que no llegaste hasta aquí porque tuviste suerte.

Llegaste porque empujaste.

Porque resististe.

Porque abriste espacio donde no lo había.

Durante siglos supimos perfectamente los nombres de los hombres que conquistaron territorios, dirigieron empresas, gobernaron países o encabezaron guerras.

Las mujeres quedaron muchas veces como “esposa de”, “madre de” o “hija de”.

O sin nombre.

Quizá por eso hoy reconocerlas incomoda a algunos.

Porque reconocer también obliga a revisar quién hizo realmente el trabajo.

Marea 51 habla de mujeres que están transformando su entorno.

Pero yo pienso también en todas las que nunca subirán a un escenario.

La que trabaja y cuida.

La que sostiene un negocio familiar y no aparece en los papeles.

La que resuelve todo en casa y no tiene un peso propio.

La que dejó su carrera cinco años y después tuvo que empezar casi desde cero.

Ellas también mueven mares.

Y quizá la deuda no sea premiarlas a todas.

Quizá la deuda sea algo todavía más básico.

Dejar de actuar como si todo lo que hacen fuera normal.

Porque las mujeres no necesitan que un premio las vuelva extraordinarias.

Lo extraordinario es todo lo que han hecho durante años mientras el mundo miraba hacia otro lado.

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