Cada 10 de mayo, México celebra a las madres. El resto del año, el reconocimiento rara vez se traduce en condiciones reales. Más de la mitad de las madres que desean trabajar y no pueden señalan como razón principal no tener quién cuide a sus hijos e hijas (): una barrera invisible que cierra puertas todos los días. Son trayectorias interrumpidas, ingresos no percibidos y oportunidades que no regresan. Ese es el costo real, y rara vez ocupa el lugar que merece en la conversación pública.

En el país existen 30.3 millones de hogares donde al menos una persona requiere cuidados, lo que equivale al 78.1 % del total (). En la mayoría de los casos, estas tareas están vinculadas a la crianza de niñas y niños y a la organización diaria del hogar. Se trata de una actividad constante que estructura la vida familiar y sostiene el desarrollo presente y futuro de la sociedad. Las proyecciones indican que esta demanda seguirá creciendo en los próximos años (ONU Mujeres).

A pesar de su centralidad, el cuidado continúa distribuido de manera desigual. Aunque se observan avances incipientes, las mujeres representan cerca del 75 % de las personas cuidadoras en el país (). Esta diferencia se expresa con claridad en el uso del tiempo: mientras .

Detrás de estas cifras hay actividades concretas: preparar alimentos, acompañar tareas escolares, organizar rutinas, atender enfermedades, gestionar el hogar. Son tareas indispensables que permiten que otras personas puedan estudiar, trabajar y desarrollarse. Sin embargo, siguen siendo invisibles y recaen mayoritariamente en las mujeres. El impacto de esta desigualdad es profundo. La sobrecarga de cuidado limita la participación de las mujeres en el mercado laboral, reduce sus ingresos y condiciona sus trayectorias profesionales. Cerca del 88% de las personas que dejan su trabajo por razones de cuidado son mujeres ().

El Día de las Madres ofrece una oportunidad para ampliar la conversación. Reconocer el cuidado implica dejar de asociarlo exclusivamente con la maternidad y empezar a entenderlo como una responsabilidad social compartida. Eso tiene consecuencias prácticas: licencias de paternidad reales y no transferibles, infraestructura pública de cuidado accesible para quienes más lo necesitan, y políticas fiscales que reconozcan y redistribuyan esta carga en lugar de ignorarla.

La forma en que una sociedad organiza el cuidado define sus oportunidades de crecimiento. Mientras estas tareas sigan recayendo de manera desproporcionada en las mujeres, las brechas persistirán y el desarrollo será limitado.

Colocar el cuidado en el centro de la agenda no es una aspiración simbólica. Es una condición necesaria para construir economías más productivas, sociedades más justas y futuros más sostenibles.

Esta conversación será clave en el , que se realizará en Perú organizado por , donde líderes de distintos sectores analizarán cómo la inversión con enfoque de género puede impulsar economías más inclusivas, incorporando al cuidado como un componente esencial del desarrollo.

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