Al rescate de la base social del crimen

Carlos Seoane

En México el crimen sí paga y todos los indicadores y las estadísticas demuestran que cada vez tenemos más gente dedicada a actividades de carácter ilegal, sin importar cuales sean. La respuesta de los diferentes gobiernos suele traducirse en leyes que imponen mayores castigos de carácter penal, la contratación de más policías y la adquisición de vehículos para rondar las calles. No recuerdo una sola entrega de nuevas patrullas que no haya sido exhibida en los medios como un gran logro del gobernante en turno.

La siguiente analogía, por rústica que parezca, podría explicar el origen de los programas de prevención social para combatir el crimen, motivo por el cual no necesitaríamos más policías sino menos criminales en las calles.

Imaginémonos en una comida con varios amigos en casa y de pronto aparecen moscas. La reacción normal sería tomar un matamoscas (o su equivalente) y hacer lo propio para librarse de ellas. Pero si aparecieran más y más insectos, ¿dotaríamos de matamoscas a todos los invitados? ¿No sería mejor revisar si las ventanas están abiertas, si se dejó comida expuesta o si hay alguna suciedad oculta que las atraiga? La respuesta puede ser obvia, pero a veces las acciones notablemente visibles apelan más al sentido de acción exigido por el momento y desestiman aquellas que exigen esfuerzo, estudio, recursos y tiempo para mostrar sus resultados.

El Presidente López Obrador ha apostado gran parte de su capital político y del presupuesto de egresos del gobierno federal a programas muy específicos de desarrollo social, como Jóvenes construyendo el futuro y Sembrando vida, los cuales consideran objetivos loables como mantener a los estudiantes en la escuela y que no se unan a pandillas, o que aprendan un oficio para conseguir trabajo y no ser reclutados por las mafias locales.
 
Nadie en su sano juicio puede ir en contra de cualquiera de estas metas. El gran problema de estos programas radica en que, por motivos políticos, nunca sabemos con certeza si la meta fue alcanzada. Siempre se pregona que fueron un éxito y muchos años después conocemos si esto fue cierto o no. Pero de forma paralela, las organizaciones criminales compiten contra estos programas buscando formar sus famosas “bases de apoyo social”. Recientemente, producto de la pandemia, observamos videos de diferentes grupos criminales regalando descaradamente despensas a nombre de sus respectivos líderes.

El poder acumulado por estos grupos, al igual que su pervivencia, simplemente no se puede explicar sin el apoyo voluntario (o coaccionado) de las comunidades que desafortunadamente conviven con ellos por motivos que se encuentran fuera de sus manos.

El año pasado pudimos observar en varias ocasiones operativos con el objetivo de capturar a José Antonio Yépez “El Marro”, líder del cártel de Santa Rosa de Lima, en donde los pobladores salieron a las calles a bloquear el acceso de las fuerzas del orden. Apenas en junio, se difundió un video en el que se le observó al borde de las lágrimas, agradeciendo “el apoyo a su gente”. Festejo que hoy este criminal se encuentra detenido y asumo que nunca más lo veremos caminando por las calles de Guanajuato.
 
Especialistas en la materia explican que un programa exitoso de prevención social para combatir la violencia puede dar los resultados esperados hasta una década después de su arranque, inclusive hasta una generación entera puede tomar. En tanto, para las organizaciones criminales es muy fácil medir los resultados de sus acciones sobre la población de forma casi inmediata.

Lo que hoy siembra López Obrador debería ser cosechado por otra administración dentro de varios años, pero como las metas no se cumplen al cabo de unos cuantos meses, sus programas corren el enorme riesgo de caer en el olvido sin aprovechar siquiera las lecciones que arrojaron los errores. Sería muy triste que en la memoria histórica queden grabados el ya célebre "culiacanazo", la casa de las albercas del Marro y el despliegue paramilitar del CJNG, por encima del beneficio que deberían resultar de los miles de millones de pesos invertidos en programas de prevención social contra el delito.

Especialista en seguridad corporativa
Twitter: @CarlosSeoaneN

 

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