"Ven ilumina la árida senda

por donde vaga loca ilusión,

dame tan solo una esperanza

que fortifique mi corazón".

- Don Pedro Vargas -

El Tenor Continental

La negra noche, como el titulo de la pieza musical que engalana el epígrafe de esta entrega, nos cubrió curiosamente durante 12 horas exactamente desde las 9:00 PM hasta las 9:00 AM, en el Parador de Ayamonte.

Como les comentamos en la columna previa, veníamos de Sevilla, conducidos por las eficientes manos de mi idolatrada GEMY.

Previo a arribar a nuestro destino realizamos un recorrido que incluyó una breve parada - a sugerencia de mi querido suegro Don Valeriano Martínez - a la Isla Cristina, de gratos recuerdos en su longevidad memoriosa, lugar donde estuvo hace más de medio siglo con su amada esposa y su madre política, ahí para el recuerdo, nos hicimos la primera fotografía.

Decíamos en la colaboración de la semana anterior que existen destinos que hacen Paradores y Paradores que hacen destinos, como en estos dos casos.

El municipio andaluz de Ayamonte en la provincia de Huelva obtiene su fama por ser una ciudad fronteriza, desde donde se aprecia el incomparable Portugal, tierra de ensueño del Nobel José Saramago (del libro de Crónicas de Viajes y Romances) que rinde tributo - como pocos - a su entrañable patria y convulsionada religión, sin ironía.

Arribamos a el Parador con la luz del día - como cantaba el inmortal José Alfredo Jiménez - a punto de fenecer, llamando poderosamente nuestra atención, el nutrido evento político que se apretujaba en su salón principal, algo inusual en este tipo de instalaciones, por lo que la impresión en medio de las primeras estampas del caudaloso río y el luminoso puente resultaron fascinantes.

Efectivamente, el hotel ubicado en la cima de la colina tiene unas vistas fosforescentes de los alrededores, prácticamente desde cualquier ángulo, especialmente del amplio comedor donde celebramos una inolvidable cena con un paisaje sin igual, destacando enfáticamente que la enorme terraza de la habitación ofrecía igualmente interminables imágenes de vistosos colores, tanto del agua como de sus estructuras cristalinas.

Al día siguiente partimos a primera hora a el Parador de Mazagón, a escasos supuestamente 55 km, con visita obligada a la playa del Rompido que con una travesura del GPS; nos robó literalmente media hora para un beneficio inesperado que nos mostró sus monumentales sembradíos de fresas, para los orgullosos lugareños, las mejores del mundo, lo que comprobamos felizmente con el desayuno.

Los Paradores frente al mar (ya les hemos compartido de varios) son realmente espectaculares y este en particular, no fue la excepción, por el contrario, nos atreveríamos a incluirlo entre los mejores, por infinidad de razones.

En primer lugar la exclusividad de la ubicación, junto a un acantilado de ensueño, con unas surrealistas, cuales bellas escalinatas de madera preciosa que te depositan directamente frente a las olas de quizás, las playas más hermosas de la Península Ibérica.

De todas las habitaciones se aprecia la profundidad del entorno marítimo y sin embargo, las densidades de los espacios permiten mantener una intimidad constantemente, ya que está diseñado evidentemente para disfrutar en pareja, donde el amor se siente y se desplaza en cada rincón.

Para terminar esta serie de entregas los abrazamos con la ilusionada esperanza de reencontrarnos muy pronto, para compartirles con el mayor de los cariños las próximas giras a los Paradores que recorreremos por la gracia de MI DIOS PADRE, durante los acogedores meses del incandescente verano español.

Les solicitamos respetuosamente su amable atención la próxima semana con nuevos y sugerentes temas, por lo pronto nos despedimos infinitamente agradecidos; queridas amigas, distinguidas lectoras, apreciables amigos e insignes lectores.

Hasta siempre, buen fin.

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