“Julio querido, qué es lo que amas en la vida?
Las palabras Carlos, sin ellas no existimos “
— JSG —
¿Con qué autoridad — o, mejor dicho, con qué ausencia de ella — se arrogan hoy el derecho de hablar de libertad de expresión quienes han olvidado lo que esa libertad significó? ¿Quiénes, en ese triste plural, pueden invocar un legado que parecen incapaces de comprender?
La libertad de expresión nunca ha sido una concesión del poder. Es una conquista de la sociedad y una obligación moral del periodismo. Precisamente por ello, resulta preocupante que, en momentos en que el país debate regulaciones federales que diversos sectores consideran capaces de ampliar el margen de control sobre la comunicación, haya quienes respondan con silencio, complacencia o resignación. La libertad rara vez desaparece de un golpe; suele erosionarse poco a poco, mediante normas, precedentes e indiferencias.
Sobre Don Julio Scherer García podrían escribirse miles de artículos, millones de palabras, y aun así serían insuficientes para describir la dimensión de un hombre excepcional. Fue un monumento en vida, un mirlo blanco para quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y, sobre todo, de entenderlo.
Quienes lo tratamos, especialmente cuando ya no tenía nada que demostrar ni a quién impresionar, sabemos que su grandeza no residía únicamente en
su inteligencia, sino en su congruencia. Nosotros ya estábamos impresionados.
Julio entendía que el periodismo no existe para agradar al poder, sino para incomodarlo cuando es necesario. Sabía que la libertad de expresión no se defiende únicamente cuando la censura es evidente, sino también cuando se presenta disfrazada de regulación, de buena intención o de interés público. Renunciar a esa vigilancia es renunciar a la esencia misma del oficio.
Por eso resulta tan desolador lo ocurrido primero con Excélsior y, más recientemente, con Proceso. No es solo una disputa editorial; es una fractura con la historia. Es olvidar que ese proyecto nació precisamente para demostrar que la independencia editorial tenía un precio, pero también una dignidad irrenunciable.
Qué pequeños resultan algunos herederos frente al tamaño del legado que recibieron. Qué lejos están de la estatura de quien les precedió. Porque esa herencia nunca fue exclusivamente familiar: pertenece también a quienes la vivimos, la tocamos y la sentimos.
El legado de Julio Scherer sigue siendo una llama incandescente. Aún hoy ilumina a quienes creen en el periodismo como un acto de libertad, de dignidad y de servicio público. Hoy, más que nunca, ese ejemplo debería recordarnos que ningún gobierno, ninguna mayoría y ninguna coyuntura justifican debilitar el derecho de los ciudadanos a informarse, cuestionar y disentir.
Lástima por quienes no lo entienden. Y más aún por quienes jamás lo entenderán. Hay una ignorancia que nace del desconocimiento, pero existe otra, mucho más grave, que proviene de la indiferencia. Y la indiferencia frente a cualquier intento de limitar la libertad termina siendo una forma de complicidad.
Debieron aprender algo de esa historia. Debieron enriquecerla y transmitirla a las nuevas generaciones, no empequeñecerla.
Qué inmarchitable ceguera. Qué dolorosa miopía. Qué triste incapacidad para estar a la altura de un legado que los sobrepasa.
Perdón por la dureza de estas palabras, pero también me incluyo. Todos somos responsables cuando permitimos que la memoria se desgaste, cuando dejamos de defender la libertad que otros conquistaron antes que nosotros y cuando el legado de los grandes termina reducido por la pequeñez de los pequeños.
Porque la libertad de expresión nunca está garantizada para siempre. Debe defenderse todos los días, incluso — y sobre todo — cuando todavía parece intacta.
Hasta siempre, buen fin.

