“No es una casualidad… no es que estemos cruzados de brazos… Es un trabajo permanente con resultados”. Este es el argumento más reciente que ha presentado la presidenta Claudia Sheinbaum para justificar la baja de 40 por ciento (40.85, para ser exactos) en apenas 18 meses de su administración.

La cifra, per se, es precisa, pero al mismo tiempo cuestionable, ya que nunca antes en la historia de México se había registrado una baja tan significativa en este crimen. Muchos dirían que estamos ante una suerte de milagro mexicano… Pues tal vez, ya que no hay todavía una explicación sobre por qué hay menos asesinatos, pero no menos violencia.

¿A qué debemos entonces este fenómeno estadístico? ¿Al viraje —que insisten en no reconocer— en la estrategia de seguridad encabezada por el secretario Omar García Harfuch? ¿A un cambio en el procesamiento de datos oficiales? ¿O a una reclasificación de delitos?

Según la investigadora de la Universidad Iberoamericana, Carolina Jasso, el decremento en los homicidios dolosos es absolutamente inusual: “Excede lo que el comportamiento histórico ha mostrado”. Es demasiado en muy poco tiempo, lo que obliga a hacer preguntas que ameritan, desde luego, respuestas claras.

En su reporte técnico “Menos homicidios, más preguntas. Hipótesis y evidencia sobre la disminución de la violencia homicida en México”, Jasso plantea que todo podría deberse a posibles cambios en el comportamiento criminal, como el control territorial por uno u otro grupo, generando con ello una paz artificial. En ese escenario se mantiene el dominio delincuencial, pero ya no existen enfrentamientos. El equilibrio criminal también es una posible explicación: si los grupos llegan a acuerdos entre ellos respecto a rutas y sectores, las matanzas disminuyen.

Otra posible explicación yace en las decisiones que toman hoy ciertos grupos criminales, los cuales desaparecen a sus víctimas después de ejecutarlas, lo cual repercute de forma inminente en los números rojos a nivel nacional. También puede ser que hayan optado por limitarse a cometer delitos como el secuestro o la extorsión. Insisto: menos homicidios, pero no menos violencia.

Por otro lado —y esto debería ser igual de inquietante—, no podemos dejar de observar la metodología gubernamental. A reserva de una aclaración fidedigna de los encargados, en los reportes mensuales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), hay un apartado que llama poderosamente la atención: “Otros delitos que atentan contra la vida y la integridad corporal”, el cual, aunque ha mostrado números relativamente fluctuantes desde el inicio del sexenio, al día de hoy no sabemos exactamente qué crímenes incluye. Si fuesen ejecuciones, hoy tendríamos que sumar a la lista a 22 mil 428 víctimas, con lo cual el promedio de asesinatos ascendería de 62 a 102 diarios.

Es por todo esto que no podemos conformarnos con “buenas noticias” sin contexto. La única manera de avanzar es medir con claridad el fenómeno, determinar causas y con ello acciones que hagan sostenible el resultado. Hay que alejarnos de los polos de la política, donde el gobierno presume una gran estrategia y los opositores acusan simulación.

La seguridad de todos nosotros no debería guiarse por el apetito de triunfos electorales. Por ello, en medio de esta incertidumbre, cobra relevancia el trabajo de los investigadores que, en contra de la narrativa, puede llevarnos a entender quién hizo el milagro o quién está intentando engañarnos descaradamente.

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