Ni la ola naranja ni la ajolotización lograron persuadir a los ciudadanos mexicanos que, desde el 11 de junio, han hablado un solo idioma. No fue el de la política, ni el de las campañas permanentes, ni el de las descalificaciones cotidianas. Fue el lenguaje del futbol; el de los abrazos entre desconocidos, ese que convierte las calles en estadios improvisados y congrega a millones de personas —literalmente— celebrando exactamente lo mismo, sin importar por quién votaron.

Mientras en la cancha aparecían los verdaderos héroes, fuera de ella no faltó quien intentara acercarse al reflector mundialista, derrochando el dinero de nuestros impuestos para promocionarse sin ningún rubor. Gobernadores, dirigentes y funcionarios —de todos los partidos— desfilaron por ceremonias, inauguraciones y palcos. Pero ocurrió algo extraordinario: la afición simplemente les quitó el foco de encima e incluso castigó a quienes pensaban que, subiéndose a la fiebre futbolera, iban a ganar simpatías mientras sus estados se inundaban, se colapsaban por el tráfico, se intentaban esconder los lugares más pobres colocando bardas, vallas y pintando —y repintando— puentes, túneles y calles.

Los aplausos no fueron para los discursos, fueron para Javier “El Vasco” Aguirre, quien ha demostrado decisiones intrépidas, inteligentes y fructuosas desde el banquillo, y para quienes resolvieron los partidos dentro de la cancha. Los goles de Julián Quiñones, Raúl Jiménez, Luis Romo, Álvaro Fidalgo y Mateo Chávez han unido al país. Ellos sí han logrado que juguemos en el mismo equipo.

En el futbol no hay conferencias mañaneras que cambien el marcador —o que intenten que lo veamos desde otra conveniente perspectiva—. No existe propaganda que sustituya un gol —o que prometa algunos que nunca se anotarán—. No hay narrativa capaz de borrar un error defensivo ni campaña publicitaria que convierta una derrota en victoria. En la cancha manda el mérito. El marcador no admite “otros datos”.

La pasión mundialista fue más fuerte que cualquier cálculo político. Los corruptos, los logrones, los fantoches y hasta uno que otro político comediante frustrado descubrieron que no podían competir contra una emoción auténtica.

Ahora vamos a medirnos ante Inglaterra, un rival que puede hacer tambalear o tumbar cualquier quiniela a nuestro favor, pero, pase lo que pase, no perdamos la comunión que vivimos estos días, no solo para perseguir un balón, sino para unirnos frente a quienes han convertido a México y a los mexicanos en su botín. Cumplamos nosotros las reglas y cobremos a los políticos cada tiro a gol que fallan.

Por cierto, celebremos las victorias, pero no a costa de todo. El martes cuatro personas murieron asfixiadas entre la multitud de Paseo de la Reforma en Ciudad de México. En Baja California Sur, un conductor murió tras ser linchado por una turba que meció el auto en el que viajaba con su esposa e hijas, y al arrancar para tratar de huir, arrolló a 17 personas. En Nuevo León, un hombre cayó al río del Paseo Santa Lucía en un momento de festejo. Seis muertos y varios lesionados.

Cierto que las autoridades no tuvieron la capacidad de proveernos seguridad, pero nosotros tampoco supimos cuidarnos unos a otros ni a nosotros mismos. Hemos sido temerarios en los festejos. Ojalá reflexionemos.

@azucenau

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