Hola, INE: Durante años te llamaste IFE (Instituto Federal Electoral) y fuiste uno de los principales pilares de la transición democrática en México. Tu nacimiento —en octubre de 1990— respondió a la necesidad de impedir que el poder político, en ese entonces encabezado por el PRI, controlara las elecciones y decidiera unilateralmente el destino del país. Esto tras las acusaciones de fraude en las elecciones presidenciales de 1988 —donde resultó ganador el priista Carlos Salinas de Gortari luego de la caída del sistema de conteo de votos— y ante el descontento ciudadano, pues el favorito indiscutible era Cuauhtémoc Cárdenas, abanderado entonces por el Frente Democrático Nacional (FDN).

En 2014 tu nombre cambió a INE (Instituto Nacional Electoral), con el objetivo de generar procesos aún más confiables a nivel federal y estatal. Sin embargo, junto con tus pilares, la confianza ciudadana se ha ido debilitando con el paso del tiempo. No solamente por los ataques externos, sino también por tus propios errores, omisiones y contradicciones.

Millones de mexicanos observamos con mucha preocupación tu deterioro, y vemos cómo desaparece poco a poco una institución que en otros tiempos representó un motivo de orgullo nacional y de reconocimiento internacional. La ciudadanía ha sido testigo de decisiones tardías, sanciones insuficientes, criterios cambiantes, excesos presupuestales y una creciente distancia entre la autoridad electoral y las personas a las que debería servir.

Tú sabes que el problema es aún más grave porque la democracia no se destruye de un día para otro. Se debilita poco a poco; a través de pequeñas renuncias a la certeza, a la legalidad, a la transparencia, y en medio de silencios convenientes y de la normalización de aquello que antes se consideraba inadmisible.

Tus reglas actuales parecen modificarse según las circunstancias. Permites que los actores políticos que un día exigieron equidad, hoy se adelanten en las contiendas. Dejaste de aplicar la ley con el mismo rigor para todos.

Hoy México atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La polarización domina la conversación pública y la incertidumbre se ha convertido en parte de la vida cotidiana.

En un escenario así, el país te necesita fuerte, autónomo y valiente, no sometido a intereses políticos, ni tampoco instituciones incapaces de reconocer sus errores y corregirlos.

Por ello te llamo a recuperar el sentido de tu existencia, pues bien sabes que la democracia no se construye únicamente con urnas, discursos y ceremonias. La democracia se construye con credibilidad, con transparencia y con acciones que garanticen que todos los ciudadanos son iguales ante la ley.

Hoy tienes una deuda enorme con millones de mexicanos, y es momento de pagarla, antes de que los intereses propicien —no lo descartes— tu extinción.

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