Por Juan L. Jaye López

"El planeta no negocia." Con esa frase inició uno de los documentos más trascendentes que ha producido la profesión en las últimas décadas. No fue un discurso protocolario ni una consigna ambientalista. Fue el reconocimiento de una realidad ineludible: el cambio climático, los conflictos armados, las migraciones masivas, la pérdida acelerada de biodiversidad y las profundas desigualdades sociales avanzan con mayor rapidez que nuestra capacidad para responder a ellas. Hoy esas condiciones ya no forman parte de un escenario futuro; constituyen el contexto cotidiano en el que deberá desarrollarse la arquitectura del siglo XXI.

Ese fue el espíritu de la Declaración de Barcelona, documento presentado como legado del XXIX Congreso Mundial de Arquitectos de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA), celebrado en julio de 2026 bajo el lema Becoming. Architectures for a Planet in Transition. Más que una memoria del Congreso, la Declaración constituye una hoja de ruta ética y profesional que orientará la reflexión internacional de la arquitectura durante los próximos años.

Durante buena parte del siglo pasado la arquitectura fue entendida, principalmente, como el arte y la técnica de proyectar edificios. La Declaración propone un cambio de paradigma mucho más profundo: la arquitectura ya no puede limitarse a diseñar objetos aislados; debe asumir la responsabilidad de construir territorios resilientes, ciudades más equitativas y entornos capaces de sostener la vida.

Este cambio implica modificar incluso la forma en que entendemos el desarrollo. Durante décadas el éxito se asoció con construir más, crecer más rápido y ocupar nuevos territorios. Barcelona plantea exactamente la pregunta contraria: ¿es realmente necesario seguir construyendo de la misma manera?

Uno de los planteamientos más innovadores del documento responde con una frase que probablemente marcará a toda una generación de arquitectos:

"Lo que ya existe es el primer material del proyecto."

La afirmación parece sencilla, pero representa una transformación profunda de la disciplina. Significa reconocer que antes de pensar en nuevas edificaciones debemos aprender a valorar, rehabilitar y adaptar el enorme patrimonio construido que ya poseen nuestras ciudades. La sostenibilidad deja entonces de medirse únicamente por tecnologías de última generación o materiales innovadores; comienza con la capacidad de reutilizar inteligentemente aquello que ya existe.

La Declaración también amplía el concepto de justicia. Tradicionalmente la arquitectura hablaba de funcionalidad, economía o eficiencia. Barcelona incorpora una dimensión ética mucho más amplia. La justicia ya no se limita a las relaciones entre las personas; incluye también nuestra relación con el planeta y con las demás formas de vida que comparten el territorio.

Desde esta perspectiva, la vivienda adquiere un significado distinto. El documento sostiene que la vivienda constituye un derecho y no un instrumento para maximizar rendimientos económicos. Esta afirmación trasciende el debate inmobiliario y coloca nuevamente a la arquitectura como una disciplina comprometida con el bienestar colectivo.

Otro de los aspectos más significativos es la reivindicación de la belleza como un derecho ciudadano. Durante años la calidad estética fue considerada un lujo reservado para determinados proyectos o sectores sociales. La Declaración sostiene exactamente lo contrario: la calidad arquitectónica y la belleza forman parte de la dignidad humana y deben estar presentes en todos los espacios donde transcurre la vida cotidiana.

Esta visión devuelve a la arquitectura una responsabilidad cultural que parecía haberse diluido entre indicadores financieros, tiempos de ejecución y procesos constructivos. Construir mejor no significa únicamente optimizar recursos; significa producir espacios capaces de generar identidad, convivencia y bienestar.

La Declaración de Barcelona tampoco plantea respuestas cerradas. Más bien formula preguntas que acompañarán a la profesión durante los próximos años: ¿cómo construir frente al cambio climático?, ¿cómo rehabilitar antes que demoler?, ¿cómo garantizar vivienda sin seguir expandiendo indefinidamente las ciudades?, ¿cómo incorporar la naturaleza al proyecto urbano?, ¿cómo devolver significado a los espacios que habitamos?

Construir el futuro comienza por cambiar la manera de pensar

La mayor enseñanza que deja Barcelona quizá no sea técnica sino cultural. Nos recuerda que la arquitectura ya no puede limitarse a resolver encargos individuales ni a producir edificios cada vez más eficientes. Su responsabilidad consiste en contribuir a construir ciudades capaces de enfrentar la crisis climática, reducir las desigualdades y garantizar condiciones dignas para la vida.

Ello implica asumir que rehabilitar puede ser más valioso que demoler; que reutilizar puede ser más inteligente que expandir; que el patrimonio construido constituye un recurso estratégico para la sostenibilidad, y que la calidad del espacio urbano no debe ser un privilegio reservado para unos cuantos.

La arquitectura del siglo XXI será evaluada no sólo por las obras que construya, sino por las ciudades que sea capaz de transformar. Ese es, probablemente, el mayor legado de la Declaración de Barcelona y el desafío que acompañará a arquitectos, urbanistas y responsables de la política pública durante las próximas décadas.

contacto@amu.org.mx

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.