Por Pablo García-Berdoy
En el incierto tablero geopolítico actual la diversificación no es solo una estrategia de crecimiento, sino un imperativo de supervivencia. Para México, cuya mirada económica ha estado históricamente volcada hacia el norte, 2026 marca un punto de inflexión. La Unión Europea, en su intento por reducir dependencias estratégicas y fortalecer alianzas con socios de valores compartidos, está abriendo una ventana de oportunidad sin precedentes.
Forzada por desafíos como la guerra de Ucrania, la erosión del vínculo con los EEUU o el auge de China, la Unión Europea atraviesa una fase de redefinición de sus vínculos comerciales, y está acelerando su política de firma y modernización de acuerdos. Esta mutación se hizo explícita en la carta de misión de la Presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, al comisario de comercio, Maroš Šefčovič, en 2024. En ella la Presidenta ya establecía la necesidad de una “nueva política económica exterior para Europa”, dado que en el mundo actual “geopolítica y geoeconomía van unidas”.
Dentro de esa nueva política económica, la Unión Europea busca actualmente aliados comprometidos con el multilateralismo y con un orden comercial basado en reglas. Quiere desarrollar relaciones estables y mutuamente beneficiosas con países con los que comparta principios y objetivos, en una diversificación de relaciones económicas que aleje la incertidumbre. Ejemplos recientes como India, Mercosur o Indonesia evidencian esta tendencia. Y en esta reconfiguración México ocupa una posición privilegiada.
La firma del Acuerdo Global Modernizado entre México y la UE será un hito de gran relevancia en esta nueva etapa. El nuevo marco jurídico ofrecerá un impulso cualitativo: las empresas mexicanas obtendrán un acceso prácticamente total y libre de aranceles al mercado único europeo (especialmente en el sector agroalimentario), un marco más favorable a la inversión y el comercio, mayor seguridad jurídica y una simplificación de trámites aduaneros y burocráticos.
Esto permitirá profundizar en una relación que cuenta con un enorme potencial, aunque ya es notable: en 2024 las exportaciones de la Unión Europea a México superaron los 53,000 millones de euros y las mexicanas hacia la Unión se situaron en 29,000 millones de euros (centradas en maquinaria, automoción e instrumentos médicos). En lo que respecta a la Inversión Extranjera Directa la Unión Europea es el segundo mayor inversor en México, con un stock acumulado superior a los 180,000 millones de euros –un tercio del total recibido por el país–. Por su parte, la inversión mexicana en la Unión, en crecimiento sostenido y cada vez más orientada hacia sectores productivos, se estima actualmente en torno a los 45,000 - 50,000 millones de euros.
Es mucho lo que la Unión Europea puede ofrecer a las empresas mexicanas: es la mayor potencia comercial global, representando aproximadamente el 14% del comercio mundial de mercancías. Con un mercado de 450 millones de personas (el 5.6% de la población mundial), su relevancia económica sin embargo es mucho mayor (cerca del 17.5% del PIB global). Tras un periodo de volatilidad, la economía europea muestra resiliencia: el PIB real de los Veintisiete registró un crecimiento del 1.5% en 2025, y las proyecciones para 2026 apuntan a una consolidación en el entorno del 1.4%, afianzando su posición como un bloque dinámico.
Si bien la Unión Europea ofrece grandes oportunidades, también presenta desafíos regulatorios e institucionales complejos. El acceso al mercado interior europeo no depende únicamente de la competitividad en precios o la calidad del producto. También está definido por cuestiones y debates como la sostenibilidad, el Pacto Verde o la Autonomía Estratégica. Las empresas mexicanas que aspiren al éxito en el viejo continente deberán decodificar un marco legislativo que es, a la vez, una barrera de entrada y un sello de excelencia mundial. Necesitarán entender y adaptarse al marco regulatorio actual, y sobre todo prepararse para el marco futuro. Porque normas como el Reglamento de Deforestación de la UE, la Directiva de Informes sobre Sostenibilidad Corporativa, el CBAM (mecanismo de ajuste de carbono en frontera) o la reglamentación fitosanitaria, entre otras, presentan retos de adaptación considerables.
Además, será también preciso comprender el funcionamiento institucional de la Unión, ese "Objeto Político No Identificado" del que hablaba Jacques Delors. Más allá de las normas técnicas, la empresa mexicana debe entender el debate político en Bruselas, centrado hoy en cuestiones como la seguridad económica, la competitividad o la reindustrialización. Es vital entender la tramitación de los expedientes legislativos, saber en qué fase de tramitación se encuentran y ante qué institución (Comisión, Consejo o Parlamento Europeo) se deben defender los intereses propios. La UE no es un bloque monolítico, sino una democracia procedimental donde la transparencia y el diálogo son las reglas del juego. El desafío para las empresas mexicanas consiste en entender Bruselas para lograr influir en la formulación de regulaciones y evitar impactos negativos en sus modelos de negocio.
A pesar de los desafíos, el diagnóstico final debe ser optimista. En el mundo de 2026, la convergencia entre la Unión Europea y México es un imperativo lógico. Compartimos una visión del mundo regida por el Derecho Internacional y una historia de intercambio cultural y económico que nos hace "socios de elección", en palabras de la Presidenta de la Comisión Europea.
El nuevo marco legal creado por la modernización del Acuerdo Global ofrecerá oportunidades concretas para las empresas mexicanas. Aquellas que logren alinear sus modelos de negocio con los estándares de sostenibilidad y competitividad europeos no solo estarán exportando productos y servicios, sino que lo harán integrándose en un inmenso mercado que además actúa en muchas ocasiones como prescriptor regulatorio en otras partes del mundo.
La profundización de nuestras relaciones comerciales no es solo un deseo político, es un gran momento estratégico para el tejido empresarial mexicano. Con el Acuerdo Global Modernizado y la voluntad política existente a ambos lados del Atlántico podemos estar ante el inicio de una ola de intercambios crecientes y desarrollo compartido. Europa está lista para los productos y el ingenio mexicano; la oportunidad está sobre la mesa, y el momento de tomarla es ahora. Es, sin duda, la hora de las empresas mexicanas en Europa.
Exembajador representante permanente de España ante la UE.
Líder de Asuntos Públicos para Europa y Geopolítica en LLYC

