Por Dr. David Leopoldo Guido Aguilar

Cada 28 de abril, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) llama a reflexionar sobre las condiciones laborales desempeñadas por millones de personas. En 2026, el foco está en los entornos psicosociales y su impacto en la salud, no obstante, esta conversación no debe limitarse a oficinas o fábricas: es fundamental colocar en el centro a los cuerpos de seguridad porque la protección también es política pública.

Ser policía en México —y en buena parte del mundo— es enfrentar una de las responsabilidades más críticas y de mayor riesgo que existen. Jornadas extensas, exposición constante al estrés y decisiones bajo presión, definen la labor policial: un trabajo que exige al límite cuerpo y mente. Sin embargo, en la conversación sobre sus condiciones laborales, hay un factor clave que suele quedar fuera: lo que llevan puesto.

El uniforme policial además de ser un símbolo es una herramienta de trabajo que impacta directamente en la seguridad de la ciudadanía. Como cualquier herramienta crítica, su calidad es una parte determinante de la eficacia de quien la porta.

Una conversación que vale la pena tener

La seguridad pública es una de las funciones más complejas de cualquier Estado. Y como toda función compleja, su fortalecimiento es un proceso continuo que involucra múltiples dimensiones: formación, tecnología, prestaciones, infraestructura y, sí, también equipamiento. Cada una de estas piezas contribuye a construir corporaciones más sólidas, más profesionales y cercanas a la ciudadanía.

El uniforme, en ese rompecabezas, ha sido durante mucho tiempo una pieza subestimada. Hoy, gracias al avance de la ingeniería textil, empieza a ocupar el lugar que le corresponde. Variables como la transpirabilidad, resistencia o ergonomía —que pueden extender la vida útil de una prenda hasta en 40%— tienen efectos directos en el desempeño cotidiano. No se trata de romantizar una prenda de vestir, sino de reconocer que la dignidad y el servicio público se construyen también desde lo que se lleva puesto cada día al salir a cumplir con el deber.

Este 28 de abril, vale la pena ampliar la conversación hacia la policía que, en algún punto de la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, está cumpliendo su turno. Preguntarnos si su uniforme le facilita o le complica la tarea. Y asumir, con naturalidad, que no todas las personas viven el servicio en las mismas condiciones: hay diferencias físicas, operativas y de perspectiva de género que deben reflejarse en el diseño de su equipamiento. Hoy, por ejemplo, las prendas ya se diseñan y fabrican desde origen para hombres y mujeres, con sistemas de tallaje adecuados y diferenciados. Este avance, que va más allá de lo estético, corrige una deuda histórica y abre una brecha relevante en la mejora de las condiciones laborales, al reconocer la diversidad corporal y garantizar funcionalidad, seguridad así como la comodidad.

Entender que invertir en quienes nos protegen —desde la capacitación hasta la última costura de su camisola— no es solo buena política: es un acto de dignidad. Pero el efecto no es solo hacia afuera, le recuerda a nuestra y nuestro servidor público cada mañana el propósito y la responsabilidad que carga sobre los hombros: el uniforme es una investidura, un reconocimiento tangible del valor del servicio que presta para que las instituciones de seguridad operen sin interrupción.

Del equipamiento por volumen a la “Pasión por lo Bien Hecho”.

En los últimos años, el equipamiento para policías ha cambiado de forma importante. Hoy existen uniformes con telas que regulan la temperatura, repelen líquidos y resisten rasgaduras. Algunas innovaciones permiten reducir la sensación térmica corporal hasta en 2 a 4 grados durante jornadas prolongadas. Asimismo, en términos de durabilidad, algunos tejidos técnicos actuales ofrecen hasta el 30-40% más resistencia a la abrasión y al desgarre frente a uniformes tradicionales.

En países como Estados Unidos, el uniforme dejó de ser algo estándar: ahora se diseña pensando en el tipo de trabajo, el entorno y el lugar donde opera cada elemento. En México, ese cambio ya se empieza a notar. Cada vez más corporaciones, sobre todo en grandes ciudades, están apostando por uniformes de mejor calidad, con una lógica de pasión por lo bien hecho, entendiendo que invertir en buen equipo se traduce en mejor desempeño, más confianza, mayor protección para quienes nos cuidan y, por supuesto, ahorros a largo plazo. Es un giro importante: dejar de comprar por volumen y al menor costo, para elegir lo que realmente necesitan en su día a día.

Esta visión ya no es teórica; es una realidad implementada en la Ciudad de México, donde la modernización del equipamiento de la fuerza policial local ha sido un factor clave para mejorar tanto la eficacia operativa como la percepción ciudadana. La corporación adoptó uniformes tácticos de alto rendimiento; por ejemplo, una historia de éxito es la desarrollada por Impaktum, firma liderada por Enrique Karchmer y Alejandro Karchmer, en colaboración con Honor2U, cuyos diseños incorporan telas resistentes, protección UV y un diseño funcional. Los resultados demuestran que, al invertir en la dignidad y seguridad del oficial, se fortalece la confianza de toda la comunidad en sus instituciones.

Proteger a quienes nos protegen también es nuestro compromiso por México.

El tema elegido por la OIT para este 28 de abril no podría ser más pertinente. Los factores psicosociales en el trabajo —la carga, la autonomía, la claridad de roles, el apoyo institucional, el reconocimiento— determinan en gran medida la salud mental y el rendimiento de cualquier trabajador y/o trabajadora. Cuando esos factores se atienden, el resultado se refleja en el bienestar individual y en la calidad del servicio que se presta a la sociedad.

El uniforme opera justamente en ese cruce entre lo material y lo simbólico. Un elemento que recibe equipamiento de calidad sabe que su trabajo importa. Pero también hay un impacto estructural: en la Ciudad de México hay más de 78 mil policías en activo —de acuerdo con cifras de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México—, de los cuales alrededor de 23,221 son mujeres. Garantizar condiciones adecuadas para ellos y ellas no es solo una decisión operativa, sino una definición de política pública, dignificación de su labor y reconocimiento de su bienestar como condición necesaria para la seguridad de todas y todos.

Especialista en seguridad

Comentarios