Por Óscar David Hernández Carranza

Por un instante imaginemos la escena. Junio de 2026. El mundo entero mirando a México. Los estadios llenos, las calles vestidas de fiesta, millones de dólares circulando alrededor de un balón y una narrativa oficial que repetirá, una y otra vez, que el país está listo para mostrarse ante el planeta.

Pero mientras contamos goles, hay otro marcador que nadie quiere proyectar en las pantallas gigantes. Uno mucho más incómodo.

Cada año, en México, alrededor del 33% de los estudiantes sufren acoso escolar. Y si el país lograra reducir apenas un 1% esa prevalencia, evitaríamos que 294,361 niñas, niños y adolescentes desarrollen ansiedad, depresión, trastornos alimenticios, deterioro académico o, en los casos más extremos, conductas suicidas. Doscientos noventa y cuatro mil jóvenes.

La cifra es tan brutal que el cerebro deja de entenderla. Por eso conviene traducirla al lenguaje que hoy domina la conversación nacional: el fútbol. 294,361 estudiantes equivalen a llenar más de tres veces el Estadio Azteca.

Ese es el tamaño real de la tragedia silenciosa que ocurre en las aulas mexicanas mientras discutimos si el césped estará listo para el Mundial.

La contradicción nacional

México está invirtiendo miles de millones de pesos para remodelar estadios, modernizar infraestructura y preparar una experiencia internacional impecable. Solo la remodelación del Estadio Azteca ronda los 3,500 millones de pesos.

Sin embargo, el costo anual estimado de atención en salud asociado a las consecuencias del bullying supera los 7,000 millones de pesos.

Es decir: cada año el país “reconstruye” dos Estadios Azteca únicamente para atender el daño emocional, psicológico y social que deja la violencia escolar.

Y aun así seguimos tratando el bullying como si fuera un “problema menor”, una etapa incómoda de la adolescencia o una simple cuestión de disciplina escolar. No lo es.

El bullying no es un juego infantil. Es una fábrica de fracturas sociales.

Lo que empieza en un salón puede terminar en una cárcel

Las investigaciones internacionales y criminológicas llevan años advirtiéndolo: el acoso escolar no solo afecta el rendimiento académico o la autoestima; también puede convertirse en un factor de riesgo para trayectorias futuras de violencia y delincuencia.

Algunos estudios en Estados Unidos muestran que víctimas de bullying presentan una probabilidad significativamente mayor de involucrarse posteriormente en conductas delictivas. Otras investigaciones señalan que agresores escolares desarrollan más conductas antisociales en la adultez.

En México, una investigación de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez sobre adolescentes infractores encontró correlaciones entre bullying, fracaso escolar, consumo de drogas, debilitamiento de normas familiares y conductas predelictivas.

Traducido al lenguaje cotidiano: muchas veces la violencia que ignoramos en primaria o secundaria no desaparece. Evoluciona.

El niño humillado puede convertirse en un adulto roto.

El agresor normalizado puede convertirse en un delincuente legitimado por la violencia.

Y el sistema que minimiza ambos casos termina pagando la factura social décadas después.

El verdadero legado del 2026

Los países no se transforman porque organizan eventos deportivos.

Se transforman cuando aprovechan esos momentos para redefinir prioridades nacionales.

Corea del Sur utilizó el Mundial de 2002 para proyectar modernización.

Barcelona convirtió los Juegos Olímpicos de 1992 en una reinvención urbana.

Qatar usó el Mundial para construir influencia geopolítica.

México tiene hoy una oportunidad distinta y mucho más urgente: convertir el Mundial de 2026 en el punto de partida de una estrategia nacional contra la violencia escolar y la salud mental infantil.

Porque ningún espectáculo internacional compensará una generación emocionalmente devastada.

No sirve de mucho tener estadios de clase mundial si millones de estudiantes siguen entrando todos los días a escuelas donde se sienten humillados, aislados o amenazados.

El marcador que sí importa

En 2026 veremos estadísticas de posesión, tiros al arco y porcentaje de efectividad. Pero el dato que realmente debería obsesionarnos es otro:

¿Cuántos niños logramos rescatar de la violencia cotidiana antes de que esa violencia defina su vida?

Ese sí sería un campeonato histórico.

Porque el fracaso de un Mundial dura semanas.

El fracaso de una infancia puede durar generaciones.

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