Por Nora Ruvalcaba Gámez, senadora de la República por Aguascalientes

La vanidad es, acaso, el más silencioso de los vicios del poder: seduce, enceguece y termina por aislar a quienes confunden la aprobación momentánea con legitimidad duradera. La vieja alegoría de Narciso no pierde vigencia: quien se contempla demasiado a sí mismo, termina por ignorar lo esencial. En política, esa ceguera no es un defecto menor: es el preludio del desgaste y la antesala de la derrota.

Aguascalientes atraviesa hoy por ese momento.

La administración estatal de la panista Teresa Jiménez Esquivel ha derrochado cientos de millones de pesos en una narrativa propagandística desbordante, por encima de los resultados; ha privilegiado la forma sobre el fondo y la autocomplacencia sobre la escucha. En ese proceso, lejos de fortalecer al Partido Acción Nacional, parece haberle colocado el clavo final a un desgaste que ya era inocultable.

Los signos son cada vez más evidentes. Mientras miles de familias enfrentan la incertidumbre por el acceso al agua, y han tenido que manifestarse para exigir un derecho básico, siendo reprimidas por la fuerza pública, el gobierno opta por espectáculos y verbenas que poco resuelven en la vida cotidiana.

A la par, el reconocimiento otorgado por el Congreso local y el municipio capital a figuras de la ultraderecha internacional como Isabel Díaz Ayuso no solo resulta absurdo, sino profundamente ofensivo por su distancia frente a las necesidades urgentes de la población. A ello se suman episodios como el caso Next Energy, convertido ya en símbolo de corrupción del panismo local. La constante es inequívoca: se privilegia el espejo antes que la realidad.

Este contexto no solo evidencia el agotamiento de un proyecto político; también abre una oportunidad histórica. Aguascalientes puede replantear su rumbo desde la exigencia y la necesidad de recuperar el sentido ético del servicio público.

Sin embargo, el cambio no ocurrirá por inercia. Morena tiene frente a sí la responsabilidad de no repetir los vicios que hoy se critican. La confianza ciudadana exige congruencia, trabajo territorial y perfiles con autoridad moral, honestidad y reconocimiento.

De cara a 2027, quienes aspiramos a representar al pueblo debemos comprender que lo que está en juego no es únicamente un cargo, sino la legitimidad misma del proyecto que se encabece. Se requiere trayectoria, cercanía con la gente y una vocación genuina de servicio.

El llamado es claro: competir sin dividir, debatir sin destruir y construir sin excluir. No hay espacio para disputas estériles ni para agendas personales que debiliten lo colectivo.

La lección que deja el PAN en Aguascalientes es inequívoca: cuando el poder se encierra en su propio reflejo, no sólo inicia su declive, también firma su propia derrota.

Hoy, la entidad no solo merece un cambio, lo exige. No uno que se contemple a sí mismo, sino uno que mire de frente a su gente y responda a sus causas.

Porque todo poder que se ahoga en su propio reflejo termina por desaparecer.

Y con ello se abre paso un proyecto forjado en las calles, en las suelas desgastadas y en el trabajo territorial; uno que sí entiende y acompaña a su gente, lejos de su propio reflejo.

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