Armando Pineda Osnaya1

Al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945, el dólar norteamericano asumió ser la única moneda sobre la cual se llevarían a cabo las operaciones comerciales y financieras internacionales. Nadie en ese momento podría imaginar que 81 año después, tal medida desataría uno de los peores conflictos de los Estados Unidos contra el Medio Oriente con consecuencias devastadoras para Norteamérica. Al quedar el dólar como única moneda mundial, cualquier país otro que pretendiera adquirir algún producto externo, o que quisiera salir de su país al exterior, primero tenía que tener dólares y, para ello el único camino era venderle algo a los Estados Unido, recibir empresas o inversiones norteamericanas o pedir un crédito externo en dólares. Ello implicó que el crecimiento del mercado y de las finanzas internacionales ocurrió paralelo al aumento de la oferta o emisión de dólares. La emisión de dólares aumentó al mismo tiempo en que crecía el mercado mundial sin provocar por ello inflación ni amenazar la estabilidad de la moneda, al mismo tiempo en que el crecimiento de la economía mundial incrementaba la demanda de dólares. Norteamérica no tardó en aprovechar tal privilegio y financió parte de su crecimiento interno como de su expansión mundial a través de la emisión de dinero. Entre los años cincuenta y sesenta alcanzó tasas de crecimiento sumamente elevadas, mayores al 6%, llegando casi al pleno empleo en la llamada época dorada del New Deal; llevó a cabo invasiones militares a otros países como la guerra de Corea (1950-1953), la de Vietnam (1955-1975), apoyó con armamento la guerra en Angola (1975-2002), entre otras más guerras o invasiones, pagó sus viajes al espacio, sus empresas transnacionales se expandieron por todo el mundo, todo ello pagado en gran parte sólo con emisión de dinero. Como consecuencia, sus compras al exterior o importaciones rebasaron las ventas o exportaciones. En 1971, apareció el primer déficit comercial de la posguerra y en agosto de ese año, el presidente anunció la suspensión de la conversión del dólar en oro. A su vez, el gobierno gastó más de lo captado en impuestos; a partir de 1975 y 1976, aumentó constantemente su déficit público. Ambos déficits, el comercial y el público en constante aumento han sido financiados en parte con emisión monetaria; nada más que el gobierno no emite dinero éste lo obtiene a través de préstamos de la Reserva Federal (FED), la cual no es ni reserva y mucho menos federal; es una institución manejada por un grupo de bancos privados ajenos al gobierno. El dinero llega al pueblo norteamericano en calidad de préstamo y tienen por ello que pagar intereses y la única manera por la cual el Estado ha podido pagar su déficit y su deuda vencida más los intereses ha sido contratando nueva deuda, la que año con año se acumula; en el momento actual la deuda, representa aproximadamente 120% de toda la producción del país. El aumento de la deuda sólo es posible porque el resto del mundo aumenta la demanda dólares al ampliar sus operaciones comerciales y financieras. Es decir, el aumento de la emisión monetaria norteamericana empieza con el alza de la demanda mundial de dólares. Al igual que después de 1945, los países demandan dólares para realizar operaciones con el exterior. Actualmente uno de los mercados con mayor demanda de dólares es el petrolero. En 1974, Arabia Saudita y los Estados Unidos pactaron vender petróleo sólo en dólares. Desde entonces, hasta muy recientemente, todo el petróleo del mundo se vendía y se compraba sólo en dólares. A su vez, los países adquieren dólares por otros mecanismos ya descritos más arriba. La demanda mundial de dólares sufrió un revés al aparecer el euro que hizo innecesario al dólar en el mercado de la región europea. Parte de los dólares que circulan en el mundo, optan por regresar a los Estados Unidos para ser invertidos en la compra de bonos de deuda del gobierno. Si se detiene o disminuye la demanda mundial de dólares, disminuirá la compra de bonos de deuda del gobierno, dejándolo imposibilitado pagar su deuda vencida.

En el intento de defender la demanda de dólares en el mercado petrolero y no perder el privilegio de hacer pagar al resto del mundo parte de su expansión y de su nivel de vida, los Estados Unidos iniciaron la guerra en el Medio Oriente, primero invadiendo Afganistán (2001-2021), después apoderándose de Irak (2003-2011) y recientemente la agresión contra Irán en febrero de 2026, pero con este último país se toparon contra pared. El conflicto se estancó, el estrecho de Ormuz sigue cerrado y Norteamérica perdió su liderazgo al no poder avanzar ni proteger sus bases militares, que fueron atacadas y en gran parte destruidas. En segundo lugar, Norteamérica no podrá aumentar su deuda para pagar la guerra, cuyo costo continúa aumentando. Los tradicionales acreedores o compradores de deuda norteamericana enfrentan la incertidumbre de una pronta caída de la demanda de dólares que reduciría su valor, del colapso de los mercados a futuros del petróleo, de la inflación que esto traerá, de la caída de inversiones y otros escenarios desalentadores asociados a la guerra, por lo que posiblemente la próxima emisión de bonos de deuda no podrá ser vendida en el mínimo esperado. Por su parte, China ya se ha desprendido de parte de los bonos de deuda norteamericanos. Los poseedores de deuda norteamericana saben que una venta masiva de bonos de deuda causaría una fuerte devaluación del dólar arrojando pérdidas incalculables para todo el mundo, por lo que posiblemente retendrán o no venderán los bonos, pero también saben que, si el Estado no asegura el pago de los vencimientos de su deuda, la moneda perderá su confianza en el mercado mundial y dejará de ser un refugio seguro para las inversiones, lo cual ya está sucediendo. La compra de bonos de deuda norteamericana enfrenta riesgos inminentes. Aproximadamente 60% de la economía mundial se realiza en dólares y una devaluación junto con una mayor tasa de interés dejaría enormes pérdidas de quienes realizan operaciones, tienen reservas, ahorros o créditos en esa moneda, por lo que no es tan fácil la ocurrencia de una devaluación de la moneda, hay demasiados capitales interesados en mantener su estabilidad. No obstante, lo anterior entra en contradicción con el hecho de que no es posible esperar que por años Norteamérica haya hecho pagar al mundo su bienestar en gran parte emitiendo dinero sin sufrir consecuencia alguna. Ni el cobro de aranceles de Trump, ni el cierre de actividades públicas como tampoco vendiendo propiedades del gobierno, reduciendo más personar del gobierno serán suficientes para pagar la deuda vencida. Lo irónico es que no existe ninguna otra moneda que pueda reemplazar el dólar con la suficiente liquidez para garantizar las operaciones comerciales y financieras mundiales. El mundo depende todavía del dólar; lo que se puede esperar es que el gobierno ya no pueda vender fácilmente nuevos bonos de deuda, porque simplemente habrá menor demanda mundial de dólares que ofrezca la liquidez suficiente para comprar más bonos de deuda, lo cual como hemos mencionado, pondrá al gobierno al borde de la insolvencia financiera. Esto podría significar el fin de la hegemonía norteamericana que obligaría al país tal vez por primera vez en su historia, a negociar y considerar los intereses de otras naciones, dando lugar a la aparición de un nuevo orden multipolar.

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