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Cuando la justicia llega desde afuera

Antonio Rosas-Landa

Chicago, Illinois. – La detención del general Salvador Cienfuegos en Los Ángeles, California, deja en claro que: México sufre de una corrupción sistémica en los niveles más altos del gobierno. El país no tiene un estado de derecho, y Estados Unidos desconfía de las autoridades mexicanas.

Como candidato, Andrés Manuel López Obrador diagnosticó acertadamente que los mexicanos estaban hartos de la corrupción y la impunidad. Con esa promesa recibió un mandato popular incontrovertible para terminar con ese flagelo. Ya en el poder, ha explotado el exceso, la opulencia y la frivolidad de presidentes anteriores. No obstante, cuando un político forma un gobierno asume la responsabilidad de implementar políticas públicas que corrijan los desvíos, sobre todo, si controla el poder legislativo y tiene influencia sobre el poder judicial.

Claramente, los males nacionales no comenzaron el 1 de diciembre de 2018, la podredumbre es generacional y hasta cultural. El país que recibió AMLO no era un paraíso nórdico, pero el presidente sí llegó con el capital y el poder político para cambiar a la nación, así fuera sólo en el tema que le dio el triunfo.

Lamentablemente, los mayores escándalos de colusión con el crimen organizado en los últimos tiempos ocurrieron tras los arrestos de Genaro García Luna y Salvador Cienfuegos en Estados Unidos. Aquí es donde se han investigado sus presuntas fechorías, son agentes estadounidenses quienes recabaron y almacenaron evidencias que se presentarán en procesos judiciales en la corte.

La pregunta es, ¿cuándo castigará el sistema mexicano a quienes traicionan la confianza del pueblo? ¿Hasta cuándo la justicia llegará de forma indirecta cuando es en el exterior donde se persiguen los delitos cometidos en México? López Obrador incluso reconoció que su administración no investigaba a estas manzanas podridas. Evidentemente, alguien más sí fue capaz de construir estos casos judiciales.

El gran pendiente de México es instaurar un estado de derecho donde la ley trate a los individuos por igual. Un sistema que ofrezca los beneficios de vivir en paz y armonía a los ciudadanos que observen las normas, y que sancione a quienes incumplen las leyes, se trate de un ex presidente sinvergüenza o de un conductor que no respeta el reglamento de tránsito.

AMLO puede transformar al país en un lugar donde la impunidad deje de ser insulto ordinario. El mandatario debe trabajar con el congreso en reglas claras de rendición de cuentas que apliquen a todos, educando a un pueblo que lo escucha sobre las virtudes de vivir bajo el amparo de la ley. Una catarsis cultural cimentada con nuevas instituciones y normas efectivas.

A pesar del mandato que recibió, López Obrador litiga los casos en verborreas matutinas en lugar de llevar acusaciones fundamentadas a los juzgados. El presidente se divierte distrayendo a la opinión pública con chistes socarrones que enmascaran el cinismo de su incapacidad por cumplir con las expectativas en él depositadas.
Con el arresto de Cienfuegos, queda claro que los americanos no confían en las autoridades mexicanas pues les notificaron la detención una vez que había sido consumada. El problema persiste y debe ser erradicado. El presidente de México tiene el reto, que es también una oportunidad, de combatir la corrupción. Gánese su sitio en la historia. Seguro necesitará mucho más que besos y abrazos en su arsenal, porque hasta ahora los casos de alto perfil en contra de exfuncionarios mexicanos ocurrieron en el exterior y sin mérito alguno de su parte.

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