En 2020, Brasil lanzó Pix con una premisa sencilla: transferencias instantáneas, gratuitas y disponibles las 24 horas. Cuatro años después, según el Banco Central de Brasil, el sistema procesó 63,400 millones de transacciones por un valor de 4.6 billones de dólares, incorporó a 71 millones de personas previamente no bancarizadas al sistema financiero formal y se convirtió en parte del lenguaje cotidiano brasileño: “te hago un Pix” se volvió tan natural como decir “te mando un mensaje”. En Tailandia, según su banco central, PromptPay alcanzó una penetración de más del 80% de la población adulta en menos de cinco años, impulsado en gran medida por transferencias gubernamentales directas durante la pandemia. En India, según la National Payments Corporation of India (NPCI), UPI procesa hoy 698 millones de transacciones diarias, representando el 49% del volumen global de pagos en tiempo real.

México, por su parte, ha construido una infraestructura técnicamente comparable. SPEI —el Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios— procesó en 2024 más de 5,340 millones de transacciones por un valor equivalente a 6.5 veces el PIB nacional. El porcentaje de mexicanos que utiliza transferencias electrónicas creció de 8.2% en 2021 a 23.7% en 2024. Son cifras que reflejan avances genuinos, aunque también revelan que la adopción sigue siendo incipiente en comparación con pares regionales y globales.

Un riel sólido, una adopción aún limitada

Potencialmente el reto de México no es técnico sino de capas: SPEI es el riel; CoDi y DiMo son los trenes que deberían circular sobre él. Y ahí es donde la historia se complica.

CoDi —la capa de pago mediante código QR lanzada por Banxico en 2019— acumuló en seis años 17.8 millones de transacciones totales con 21.8 millones de cuentas registradas, una brecha que refleja baja activación real. Para contextualizar, Brasil alcanzó 100 millones de usuarios activos de Pix en sus primeros dos años. El contraste no es de fracaso absoluto, sino de velocidad y profundidad de adopción. El diagnóstico inicial sobre CoDi es que los bancos tuvieron incentivos limitados para promoverlo, dado que el sistema no genera comisiones. Como apuntó el Banco Mundial en su análisis de sistemas de pago instantáneo publicado en marzo de 2026, mandatar precios cero al usuario final sin un modelo de financiamiento claro “arriesga la baja inversión, la mala calidad del servicio y subsidios cruzados ocultos que debilitan el sistema.”

DiMo, lanzado en 2023, corrigió parte del problema al simplificar la experiencia —transferencias por número de teléfono, sin QR— y al incorporar un modelo donde los bancos pueden cobrar comisiones, lo que generó respaldo comercial real de los bancos. A junio de 2024 registraba 9 millones de cuentas. Aun así, el 65% de los flujos en tiempo real en México siguen siendo persona a persona. La adopción en comercios —donde se gana o se pierde la batalla de la digitalización del consumo cotidiano— permanece en etapas tempranas.

Lo que Brasil, India y Tailandia hicieron diferente

Los tres casos exitosos comparten un denominador común: la alineación entre incentivos del sector privado, mandato regulatorio y un caso de uso ancla que genera hábito masivo.

Brasil combinó la operación directa del Banco Central con un foro de más de 130 participantes —bancos, fintechs, comercios, consumidores— que codiseñó las reglas del sistema. El resultado fue un ecosistema donde todos los actores tenían razones concretas para invertir en la adopción. Tailandia usó los pagos gubernamentales directos —G2P— como detonador: al canalizar transferencias sociales a través de PromptPay, creó de golpe decenas de millones de usuarios con cuentas activas y una primera experiencia positiva del sistema. India, por su parte, abrió el riel a apps de terceros —PhonePe, Google Pay— que invirtieron masivamente en adquisición de comercios porque tenían modelos de negocio rentables construidos sobre la infraestructura pública.

México no ha activado ninguno de estos tres mecanismos de forma plena. Los pagos sociales de Bienestar —que alcanzan a más de 10 millones de beneficiarios— se canalizan principalmente a través de tarjetas del Banco del Bienestar, no de DiMo. Las fintechs acceden a SPEI de forma indirecta, dependientes de un banco patrocinador. Y no existe aún un foro multiactor equivalente al Pix Forum brasileño donde el ecosistema codiseñe las reglas del juego.

Los desafíos reales que México enfrenta

Sería injusto presentar el camino como únicamente de voluntad política. México enfrenta otros obstáculos que los países de referencia resolvieron en condiciones distintas.

La economía informal representa una gran mayoría del empleo. Incorporar a pequeños comerciantes —taquerías, tianguis, papelerías de barrio— al ecosistema digital requiere inversión sostenida en adquisición de terminales y educación financiera que un actor privado no haría sin un modelo de ingresos claro. Brasil lo logró en parte gracias a que Pix sustituyó transferencias bancarias que ya tenían costo; en México, el efectivo compite con una alternativa que a menudo parece más sencilla.

El fraude digital es otro reto. Brasil reporta pérdidas por estafas en Pix superiores a 1,700 millones de dólares anuales, con el 9% de usuarios afectados. India vio casi duplicarse los casos de fraude en UPI entre 2023 y 2024. El Banco Mundial advierte que los países con sistemas maduros que no construyeron desde el inicio mecanismos robustos de resolución de disputas y protección al consumidor enfrentaron erosiones severas de confianza. México, donde Banxico, CNBV, la Unidad de Inteligencia Financiera y la Policía Cibernética operan con coordinación limitada en materia de fraude digital, tiene una ventana para diseñar ese andamiaje preventivo antes de que el volumen de DiMo lo haga urgente.

Finalmente, está el reto regulatorio de la apertura. La Ley Fintech de 2018 creó un marco avanzado para su momento, pero la implementación obligatoria de open banking sigue pendiente. Sin acceso directo de fintechs al riel de pagos —como ocurre en India o en el modelo europeo de PSD2— la competencia en experiencia de usuario y en adquisición de comercios queda estructuralmente limitada a los grandes bancos, que tienen incentivos conservadores.

Tres acciones concretas con evidencia detrás

La experiencia comparada sugiere intervenciones de alto impacto que México podría considerar en el corto y mediano plazo.

Primero, establecer un modelo de comisión de adquirencia explícita y diferenciada para pagos DiMo en comercios. No necesariamente alta —por ejemplo, Pakistan está evaluando un tope de 0.35% para su sistema Raast— pero sí suficiente para que los PSPs tengan incentivo comercial real de invertir en la red de aceptación. La ambigüedad actual sobre si los pagos en comercio deben ser gratuitos reproduce exactamente el error de CoDi.

Segundo, crear un Consejo Nacional de Pagos Rápidos con representación efectiva de fintechs, comercios, consumidores, bancos y consultores—al modelo del Pix Forum de Brasil o del Fast Payments Interoperability Committee de Colombia— que codiseñe las reglas del sistema y construya legitimidad colectiva alrededor del ecosistema DiMo.

Tercero, usar los programas de transferencias sociales federales como detonador de adopción masiva, canalizando por ejemplo pagos de Bienestar hacia aliases de DiMo. Es el mecanismo que Tailandia utilizó con mayor eficacia: el beneficiario activa una cuenta, realiza su primera transacción digital, y construye el historial financiero que después puede abrirle el crédito. La escala —más de 10 millones de beneficiarios— haría de México un caso de adopción masiva casi inmediata.

Dicho esto, el progreso de México en pagos digitales es real y no debe subestimarse. El salto de 8.2% a 23.7% de usuarios de transferencias electrónicas en tres años refleja un ecosistema en movimiento. Pero la distancia con Brasil, Tailandia e India no se cierra con mejor tecnología —esa ya existe— sino con mejores incentivos, mejor gobernanza y mayor coordinación entre los reguladores. La autopista está construida. La pregunta es si México usará las lecciones disponibles para diseñar los vehículos que circulen sobre ella, o si esperará a aprenderlas por las malas.

Socio, Monitor Deloitte S-LATAM

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