Son las doce del mediodía en un mercado popular de la Ciudad de México. Una señora llega al puesto de tamales, pide cuatro de rajas y revisa su bolsa: no trae cambio exacto. El tamalero tampoco lo tiene. La clienta se va con las manos vacías. Una venta perdida, una más entre las decenas que ese negocio pierde cada semana sin siquiera contabilizarlas.

Esa escena, repetida miles de veces al día en México y en toda América Latina, ilustra un problema más profundo que la simple falta de cambio. El efectivo, percibido durante generaciones como la forma más sencilla y neutral de cobrar, esconde costos invisibles que frenan el crecimiento de los pequeños negocios: ventas perdidas, riesgos de robo, horas dedicadas a contar y cuadrar caja, y —quizás el más grave de todos— la imposibilidad de demostrar ante una institución financiera que el negocio existe, que vende, que es viable.

El costo oculto del billete

Estudios recientes en economías emergentes estiman que manejar efectivo puede costarle a un pequeño negocio entre 0.5% y 1.5% de su facturación total cuando se suman todos los factores: tiempo de conteo, errores humanos, riesgo de robo, traslado a bancos y pérdidas por dar cambio incorrecto. Para un negocio que factura 50,000 pesos al mes, eso puede representar hasta 750 pesos mensuales que se evaporan sin que el dueño lo note.

A eso se suma la falta de trazabilidad. Un negocio que opera en efectivo no tiene registros automáticos de cuánto vendió el martes pasado, cuál producto rota mejor o en qué horarios concentra su mayor flujo. Esa información, que cualquier cadena comercial usa para tomar decisiones, sencillamente no existe para el tendero o la florista que solo cobran con billetes.

Y luego está el obstáculo más costoso: el crédito. Los bancos tradicionales exigen estados financieros, declaraciones fiscales y garantías que la gran mayoría de los micronegocios no pueden presentar, precisamente porque opera en efectivo y fuera del sistema formal. El resultado es un círculo vicioso: sin historial financiero no hay crédito, y sin crédito es difícil crecer.

Lo que cambia cuando se digitaliza

Reportes recientes sobre economías emergentes que apostaron por masificar los pagos digitales muestran resultados que sorprenden por su escala. En algunos países, como India y Brasil, el volumen de transacciones digitales se multiplicó más de 200 veces en menos de una década al llevar sistemas simples —códigos QR, pagos por celular— directamente a mercados populares y comercios informales. No se trató de sustituir tarjetas de crédito por nuevas tarjetas: el impacto real vino de digitalizar el efectivo cotidiano, los pagos pequeños que antes no dejaban ningún rastro en el sistema financiero.

Los efectos sobre los negocios son concretos. Más del 70% de los pequeños comercios que adoptaron pagos digitales reportaron mejoras operativas significativas. Las tiendas que incorporaron herramientas de cobro digital vieron reducciones de hasta 30% en sus costos operativos relacionados con el manejo de efectivo, y mejoras de 15 a 20% en la velocidad con que su dinero está disponible para reinvertirse en inventario.

Pero quizás el efecto más poderoso es menos visible: cada pago digital construye, transacción a transacción, una identidad financiera. Un negocio que lleva seis meses cobrando por QR o terminal tiene datos reales de sus ventas diarias, su flujo de caja y su capacidad de pago. Esos datos valen más que cualquier garantía ante una institución que quiera prestarle dinero.

América Latina ya está moviéndose

En Brasil, la masificación de pagos instantáneos entre pequeños comercios informales generó un efecto dominó: vendedores de feria que nunca habían tenido cuenta bancaria comenzaron a recibir pagos en segundos y, meses después, accedieron a su primer crédito de capital de trabajo basado únicamente en su historial de cobros digitales.

En Colombia, fintechs que operan en mercados populares de Medellín y Bogotá han logrado que vendedores informales obtengan pequeños préstamos en menos de 24 horas, usando sus datos transaccionales como único aval. En Perú, billeteras digitales de uso masivo han penetrado en bodegas y puestos de mercado de ciudades intermedias, donde el principal argumento de venta no fue la tecnología sino algo muy simple: “ya no pierde ventas cuando el cliente no trae efectivo.”

El rol de bancos, fintechs y adquirentes

La migración del efectivo hacia pagos digitales no ocurre sola. Requiere que bancos, fintechs y empresas adquirentes diseñen soluciones pensadas específicamente para negocios que nunca han tenido terminal, que desconfían del sistema financiero y que no pueden pagar comisiones altas.

Las recetas que han funcionado en la región comparten características: onboarding 100% digital sin papeleo, dispositivos o aplicaciones de bajo costo o gratuitos para el comerciante, y comisiones mínimas en transacciones pequeñas. En México, empresas Fintech (agregadores) han avanzado en esa dirección con terminales accesibles. El reto es llegar más lejos: al tianguis, a la fonda de barrio, etc.

El paso siguiente —y ahí está el negocio real para las instituciones financieras— es usar los datos generados para ofrecer crédito, seguros y herramientas de gestión. Un comercio que cobra digitalmente no solo es un cliente de pagos: es un cliente potencial de toda una cadena de productos financieros que hoy no puede ni imaginar.

México: el momento es ahora

El Banco de México estima que más del 80% de las transacciones en el país aún se realizan en efectivo. Tenemos una de las bases más grandes de pequeños comercios informales de América Latina y, al mismo tiempo, una penetración móvil que supera el 80% de la población adulta.

Esa combinación —muchos negocios en efectivo, mucha gente con celular— es exactamente la condición en la que otros países detonaron su revolución de pagos digitales. DiMo, el sistema de pagos móviles del Banxico, apunta en la dirección correcta. Pero la tecnología sola no basta: se necesita que bancos, fintechs, gobierno y adquirentes trabajen juntos para bajar las barreras de entrada y convencer al tamalero, a la florista y al mecánico de que digitalizar su caja no es un lujo ni un riesgo, sino la palanca más sencilla que tienen para crecer.

La venta perdida por falta de cambio puede ser el último argumento que necesitan escuchar.

Ankit Sharma, Socio, Deloitte S-LATAM

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