México es uno de los países más católicos del mundo, tan sólo en 2020 el INEGI calculó que teníamos más de 97 millones de fieles. El fortalecimiento de esta religión, según Luis Weckmann, estuvo ligado al pensamiento medieval, pues era el que los conquistadores tenían al llegar a América. Dentro de lo que se asimiló, la creencia en el infierno tuvo un papel fundamental, pues era un medio de control que marcaba el destino final de aquellos que pecaban y no se arrepentían.

Así, “la cosmovisión de la Nueva España, no sólo en el siglo XVI sino después, fue la misma que la de los Padres de la Iglesia, con la Tierra suspendida entre el cielo y el infierno”. De hecho, la noción medieval de las tinieblas fue transmitida con tanto éxito que, de acuerdo con el autor citado, el sacerdote Francisco Javier Alegre recogió el testimonio de “un indio tullido que cayó en trance” y “tuvo una visión alegórica del abismo”, el cual era nada más y nada menos que “una olla de fuego al fondo de un despeñadero”.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Sin embargo, a pesar de esta concepción del castigo definitivo para los transgresores, muchos de estos siguieron cometiendo conductas que para la Iglesia eran reprochables, por lo que los eclesiásticos se veían en la necesidad de insistir en el rechazo de ciertos actos, para evitar que se cometiera una falta por ignorancia. Entre estos comportamientos se encontraban los relacionados con el “vicio de la lujuria”.

La lujuria incluía los actos de “fornicación simple, rapto, adulterio, incesto, sacrilegio y vicios contra la naturaleza (masturbación, bestialidad, sodomía o no guardar el orden natural del concúbito)”. Este pecado capital incluso “desplazó a la avaricia en el siglo XVII [como transgresión predominante] puesto que la represión de la sexualidad se convirtió en uno de los objetivos prioritarios” para la Iglesia Católica después de la Reforma Protestante. De esta manera, la cultura medieval había enraizado con tanta fuerza en la Nueva España, que el fenómeno se dilató hasta el siglo XVIII, periodo en el que se puede ubicar un curioso manuscrito con “Sermones sobre el pecado de la lujuria”, localizado en el Archivo General de la Nación.

En dicho sermón, el clérigo pide la intercesión de la Virgen María para “derribar de los corazones donde se abriga el monstruo inmundo de la sensualidad”: “Que se salve el lujurioso/ Por ser tan incorregible,/ Aunque no es imposible,/ Es punto muy dificultoso”.// “Temed hombres licenciosos/ Temed aquel fuego eterno,/ Que van tropas al infierno/ De torpes y lujuriosos”. Es posible que la plegaria esté rimada con la intención de que los fieles lo memorizaran. Pese al ruego, el autor reconoce que este vicio es muy difícil de vencer debido a que no es visto como una falta e imagina al pecador preguntar con descaro: “¿Qué mal, ni que pecado tan grave es una fragilidad de la carne?”; a lo que el padre responde: “Es un mal que en brevísimo tiempo hace perder todos los bienes: la reputación, el honor, la hacienda, la quietud, la salud, la prudencia, la libertad”.

A pesar de que estas ideas sobre el deseo carnal actualmente se ven con mayor laxitud o suscitan otros debates, esta evolución no ha caminado de la misma manera en todos los países católicos, por lo que, como concluye Weckmann, “no es exagerado decir que, en múltiples aspectos, [los mexicanos] somos más ‘medievales’ que buena parte del occidente”. En ese caso, debemos considerar que los excesos de la lujuria son un tema universal, capaz de trascender el tiempo.

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