Ícaro no cayó por aprender a volar. Cayó porque, una vez arriba, siguió subiendo. Algo parecido está pasando con quienes están construyendo la inteligencia artificial más poderosa del mundo. Varias de las compañías que llevan años compitiendo por hacerla cada vez más capaz ahora quieren que alguien les ayude a no avanzar tan rápido. Anthropic, creadora de Claude, pidió bajar el ritmo. OpenAI, detrás de ChatGPT, está de acuerdo. xAI, creadora de Grok, también quiere más precauciones. Google abrió un instituto para estudiar las consecuencias de la tecnología y Microsoft hasta redactó reglas para enseñarles a sus futuras inteligencias artificiales algo que uno supondría bastante básico. Si un humano les ordena detenerse, deben detenerse. ¡De película!

Tampoco dentro de estas empresas parecen estar particularmente tranquilos. Un exinvestigador de Anthropic y OpenAI aseguró que hay quienes creen que la IA podría “matarnos a todos antes de que termine la década”. Otro exinvestigador de Google advirtió algo parecido. No son profecías ni hechos probados y hay expertos que consideran exagerado semejante escenario. Pero cuesta ignorar que quienes llevan años metidos en estos proyectos empiecen a advertir que quizá estamos volando demasiado alto y demasiado cerca del sol.

Trump piensa distinto. Esta semana llamó “farsa” a las advertencias de que la IA pueda salirse de control, habló de una “conspiración enfermiza” y aseguró que “los robots no van a tomar el control”.

Sería fácil pensar que simplemente no entiende el riesgo, pero el asunto tampoco es tan sencillo. Estados Unidos está en una carrera con China, Rusia y otros, por una tecnología que puede definir durante décadas ventajas económicas, militares y de inteligencia.

Trump puede minimizar el peligro, pero difícilmente él, o cualquier presidente estadounidense, aceptaría frenar primero mientras Beijing o el Kremlin siguen avanzando.

El problema de estos “Ícaros” modernos es que todos ven el sol cada vez más cerca, pero ninguno quiere ser el primero en bajar mientras los demás siguen subiendo.

Para nosotros, los mortales, esto ya dejó de ser una discusión sobre “robots” del futuro. Está en el niño que pide a ChatGPT hacer la tarea, en el universitario que entrega un ensayo que nunca escribió, en el trabajador que descubre que una máquina hace en segundos lo que él hacía en horas y en la empresa que empieza a preguntarse cuánta gente necesita realmente.

Hace apenas un par de años detectábamos una imagen hecha con IA con facilidad. Hoy fabrica fotos, voces y videos que cada vez cuesta más distinguir de los reales.

Y ahí está el miedo. No tanto en lo que la IA puede hacer hoy, sino en la velocidad con la que está aprendiendo. En pocos años pasamos de programas que apenas podían sostener una conversación a sistemas que programan, navegan, encuentran vulnerabilidades, buscan caminos inesperados y ya ayudan a desarrollar a sus propios sucesores.

Si recorrimos todo eso en tan poco tiempo, nadie sabe bien dónde estaremos después de otros cuantos años.

Tal vez Trump tenga razón y el apocalipsis de la inteligencia artificial termine siendo otra predicción que nunca ocurrió. Tal vez algún día nos riamos de quienes pensaban que la IA iba a acabar con nosotros. O tal vez miremos hacia atrás y nos preguntemos por qué, viendo hacia dónde íbamos, decidimos seguir volando hacia el sol.

La Guerra Fría se libró acumulando bombas nucleares que todos esperaban no utilizar. Esta nueva carrera consiste en construir inteligencias cada vez más capaces que todos esperan poder controlar.

Ícaro, por lo menos, sólo puso en riesgo sus propias alas.

anarciae@gmail.com

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