A propósito de Llewyn Davis, o la metafísica del cinismo

Alonso Díaz de la Vega

En buen mexicano, A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013) se trata de un cabrón categórico. El propio Llewyn (Oscar Isaac) se lo dice al dueño del Gaslight Café al principio de la película. Disculpándose a medias por un incidente que provocó su borrachera la noche anterior, Llewyn se explica —¿se justifica?—: “Lo siento, Pappi, soy un cabrón”. Pero la película, dirigida y escrita por los hermanos Coen, no es un estudio de carácter, es decir, no exploramos la psicología de Llewyn ni sabemos el resultado contundente de su comportamiento. A los Coen no les importa la causalidad porque, como lo sugiere el resto de su filmografía, las razones de la desgracia se ubican lejos de la Tierra. Buena parte de sus protagonistas son una versión de Job: confundidos y despojados por una prueba de fe. Pero si el Job bíblico recuperó todo lo perdido mediante la obediencia, pareciera que el Dios de los Coen murió en medio de la prueba y dejó a sus protagonistas malditos, ni siquiera destruidos. En todo caso es un dios kafkiano.

A diferencia de los protagonistas de El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) y Un hombre serio (A Serious Man, 2009), Llewyn Davis no busca respuestas. Al contrario, a él le queda claro que sus frecuentes castigos se deben a su ingratitud y su arrogancia, incluso aunque la moral no determine algunas consecuencias. Por ejemplo, Llewyn sí usó un condón cuando se acostó con su amiga Jean (Carey Mulligan), esposa de su amigo Jim (Justin Timberlake), pero ella lo culpa de embarazarla, aunque el bebé bien podría ser de su esposo. La música de Llewyn no es alegre y él no es muy agradable, pero se puede decir lo mismo de su contemporáneo, Bob Dylan, y, como sabemos, él sí triunfó en grande. Llewyn es una especie de Josef K. —la forma moderna de Job que protagoniza El proceso, de Kafka—, obligado a recorrer un laberinto burocrático para salir de una trampa inmerecida que con cada intento de zafarse lo aprieta más fuerte. De hecho, las peripecias de Llewyn no sólo sugieren un pesado trámite, sino que cerca del final lo enfrentan a uno. Conforme Llewyn resuelve unos problemas se le aparecen otros, y hacia el final vemos que se repite el primero: por segunda vez un hombre indistinguible lo golpea en un callejón oscuro. Entre estos dos actos idénticos Llewyn está encerrado por la catástrofe, y si bien él ayuda a empeorarla, muchas veces la desgracia parece un depredador resuelto a tragárselo. O, como le dice Jean: “Eres el hermano idiota del rey Midas: ¡todo lo que tocas lo haces mierda!”.

Esta cita nos revela otra particularidad de la película y del resto de la obra de los Coen: su sentido del humor. Si en el lado más angustioso de su filmografía parece haber la influencia del Antiguo Testamento y de Kafka, del lado más ligero nos encontramos con el humor de Philip Roth y S.J. Perelman. Nadie en el cine hollywoodense —ni quizás en el cine mundial— reúne como los Coen el imaginario del pueblo judío que, perseguido y expulsado, cuenta historias que han formado una tolerancia a la tragedia y una disposición a reírse de ella. Aunque Llewyn no pertenece a la comunidad judía, su pesadilla parece imaginada por ella: es un músico talentoso que no logra gustarles a los productores y que ha dejado la marina mercante para triunfar en el folk. Como resultado, no tiene dinero y a menudo duerme en los sofás de amigos como Jean y Jim. Un día Llewyn despierta en la casa de otros amigos, los Gorfein —el único guiño explícito al judaísmo—, y por accidente deja salir a su gato. Entre la búsqueda de la mascota, las noticias de Jean y sus intentos por conseguir trabajo, Llewyn pasa una semana desmoralizadora en el invierno de 1961.

A propósito de Llewyn Davis reconstruye la Nueva York de ese año con especial atención en Greenwich Village. El Gaslight Café, por ejemplo, fue un lugar real, y las canciones de Llewyn son baladas tradicionales que revivieron en la época. Varias de ellas fueron grabadas antes por Dave Van Ronk, que hizo un álbum titulado Inside, y de hecho la portada es casi idéntica a la del disco de Llewyn —que también se llama Inside— salvo que en la portada de Van Ronk hay, irónicamente, un gato. Los dos hombres son muy disímiles —Van Ronk era alegre y generoso—, lo cual desecharía una hipótesis de Llewyn como su versión ficticia. Los demás personajes simulan con más claridad otras figuras históricas: Bud Grossman (F. Murray Abraham) parece basado en Albert Grossman, que controló las carreras de Dylan y el grupo Peter, Paul and Mary. En la realidad existió una pareja de músicos llamada Jim and Jean —aunque no parecen ser los de la película— y un tal Al Cody (Adam Driver) evoca con su sombrero a Ramblin’ Jack Elliott. Los Coen mismos anulan la película como simulación de la realidad y, más bien, nos la presentan como un texto derivado de la tradición judía y la historia de la música folk, es decir, en vez de volver a contarnos textualmente la historia de Job o de Van Ronk, A propósito de Llewyn Davis manipula esas narrativas para crear una amalgama que parece decidida a deformarlas.

Durante buena parte de la película se ignora el nombre del gato pero al final resulta llamarse Ulysses. Su nombre y sus peripecias, junto con las de Llewyn, sugieren la Odisea, que los Coen ya habían adaptado en ¿Dónde estás, hermano? (O, brother, where art thou?, 1999). Basada en el poema de Homero y en rescatar las tradiciones musicales de Estados Unidos, aquella película parece una gemela amable de A propósito de Llewyn Davis. La primera era alegre, vívida en los colores y fiel a su inspiración narrativa; la segunda es miserable —aunque cruelmente alivianada por chistes—, parca y decidida a destruir la tradición al contar con una trama desdibujada e inconclusa. Es imposible saberlo con certeza pero los Coen no sólo parecen rebelarse contra las tradiciones que los formaron: quizás estén contradiciendo su propia filmografía. ¿Es esto un acto de madurez o simplemente una coincidencia?

Películas más recientes como ¡Salve, César! (Hail, Caesar!, 2016) y La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs, 2018) nos muestran a los Coen volteando a la cultura que los formó en la niñez, pero a diferencia de las tendencias nostálgicas del cine industrial, el cine de los Coen no se trata de una mirada enternecedora al pasado sino de una sátira contra la fe, Hollywood y los westerns. Acostumbrados, como sus personajes, a cuestionar sus circunstancias, los Coen han decidido exponer los engaños de las idealizaciones estadounidenses y encontrar en sus recuerdos las ocultas desilusiones de la adultez. A propósito de Llewyn Davis nos muestra a un joven que, después de mucho fracasar, se enfrenta a la imagen de un joven Bob Dylan en el escenario. Él no sabe qué significa pero nosotros sí. Su carácter cabrón es plenamente entendible.

A propósito de Llewyn Davis se presenta ahora en Mubi: https://mubi.com/es/films/inside-llewyn-davis

Twitter:@diazdelavega1

 

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