Nashville, o la estética de la aglomeración

Alonso Díaz de la Vega

Si el cine es un acto de voyerismo, de mirar a otros sin que lo sepan, Robert Altman propone la simulación de nuestra presencia entre las multitudes

De todos los cineastas que trabajaron en Hollywood en los años 70, quizá los maestros menos recordados por el público actual sean los más arriesgados. Hal Ashby y Robert Altman hacían todavía menos concesiones a los productores que Martin Scorsese o Steven Spielberg. A final de cuentas, Scorsese le puso a Alice ya no vive aquí (Alice Doesn’t Live Here Anymore, 1974) el final que los productores querían y Spielberg sólo tuvo libertad porque sus películas sobrepasaban siempre las expectativas en taquilla. Ashby y Altman quizás hayan sido también los directores más despreciables del periodo. Eran adictos a muchas cosas, trataban mal a sus colaboradores y se metían en pleitos serios para defender sus películas: Altman llegó a los golpes, y Ashby, a esconder el metraje para editar las películas como él quería. Al final ambos pagaron por todo: Ashby murió muy pronto y, junto con Altman, ha sido sutilmente excluido de la historia oficial. Es una pena que no haya películas de Ashby en canales de streaming para discutirlas ahora, pero milagrosamente la obra maestra de Altman, Nashville (1975), se puede ver en Amazon Prime.

Lo inesperado de ver Nashville disponible para el público mexicano es que se trata de una película importante para el canon estadounidense pero demasiado envuelta en sus tradiciones rústicas como para gustar aquí. Además no es tan accesible como otras películas del periodo. Al contrario, a lo largo de dos horas con cuarenta minutos, Nashville intercala las vidas de 24 protagonistas sin una dirección o resolución del todo claras. Con ello, Altman aspira a algo absolutamente imposible en términos materiales: capturar no la esencia de lo gringo sino lo gringo en su totalidad. A los críticos y cineastas nos gustan las exageraciones poéticas como cuando Coppola dijo que Apocalypse Now (1979) no era sobre la Guerra de Vietnam sino que era la Guerra de Vietnam en sí misma, pero a veces, aunque la cabeza no lo admita, en las emociones encontramos estas experiencias y estas verdades absolutas. Nashville es la clase de película que tumba la razón para adentrarse en la materialidad del alma humana y exponerla en sus dimensiones de universo.

Aunque su estilo cinematográfico no es tan llamativo como el de otros filmes del Nuevo Hollywood, Nashville evidencia una concepción cuidadosa de lo que me gustaría llamar su estética de la aglomeración. Si ha habido un equivalente de Tolstói en el cine estadounidense, no tengo duda de que fue Altman, gracias, en buena medida, a su percepción de la humanidad como un conglomerado. Eso sí, a diferencia de Tolstói, Altman solía burlarse de esa masa bruta y deforme cuya trayectoria se orienta a la destrucción, sin embargo, tramas en Nashville como las de Sueleen Gay (Gwen Welles) y Barbara Jean (Ronee Blakley) muestran una percepción más aguda que la de un simple payaso. Las tragedias de estas mujeres conmueven por su expresión cruel de un mundo donde el talento o la belleza las maldice y las convierte en una mercancía para hombres endiablados que desean consumirlas.

El guión de Nashville, escrito para Altman por su colaboradora frecuente, Joan Tewkesbury, colecciona una serie de viñetas protagonizadas por músicos de country y folk inspirados en Dolly Parton, Loretta Lynn, Kris Kristofferson, Pete, Paul y Mary y algunos otros. También hay en el elenco aspirantes a la fama, una periodista entrometida y algunas figuras políticas que apoyan a un inusual candidato a la presidencia que propone acabar con la Guerra de Vietnam y enfrentar a la industria petrolera. Todos ellos se cruzan durante cinco días en Nashville y terminan embrollados en historias que abarcan la infidelidad, el oportunismo, la hipocresía, la polarización, el nacionalismo, el mercantilismo, la misoginia, el racismo, es decir, abarcan la experiencia general de ser humano, y específicamente la de un humano estadounidense. No en todos los países se encuentra uno armado, en medio de una guerra, y escuchando un country nacionalista mientras emerge una contracorriente musical más subversiva.

Altman captura este mundo —o estos mundos que contienen todos los personajes— mediante un estilo que amontona y desorienta. En un solo plano vemos y escuchamos varios diálogos al mismo tiempo. Si el cine es un acto de voyerismo, de mirar a otros sin que lo sepan, Altman propone la simulación de nuestra presencia en estas multitudes. Si estuviéramos ahí con ellas no percibiríamos los diálogos aislados para nuestra comodidad; tendríamos que elegir, como nos obliga la película, en qué poner nuestra atención. Este elemento, típico en Altman, nos sugiere la inmensidad de su mirada, que nos obliga a ver las películas una y otra vez con la esperanza de atrapar un detalle que no habíamos percibido. Altman, un director dictatorial, irónicamente nos entrega el control, pero en otros momentos, generosos a su modo, el director sigue varias tramas dentro de una misma escena y así nos vamos enterando, por ejemplo, de una sospecha de infidelidad, del odio a los católicos en el sur —mientras se exhibe el odio a los bautistas—, de la ignorancia de una estrella de country, del uso político que le quieren dar a otra y de un espectáculo que tienen todos estos personajes en frente. Todo eso en el mismo tiempo y espacio.

La concisión con la que Nashville aborda cada tema —a veces en un solo diálogo, generalmente improvisado por los actores— es asombrosa. Cuando Wade (Robert DoQui) le grita al cantante Tommy Brown (Timothy Brown) que es el negro más blanco de la ciudad, los actores nos ofrecen suficiente para entender la traición implícita en cantar la música favorita de esclavistas y segregacionistas. No hay didacticismo alguno ni necesidad de ello porque, a pesar del tono caricaturesco en escenas como un atolladero o una fiesta donde llega la estrella de cine Elliott Gould —que trabajó con Altman en MASH (1970)—, Altman y sus colaboradores logran recoger los dilemas humanos y estadounidenses y representarlos no con la sutileza del mundo real, pero sí con la de quienes saben cómo opera. Su trabajo es el de los sembradores y recolectores que empezaron la música country amalgamando el ritmo africano con los instrumentos europeos para nutrir una vida de trabajo. Nashville, que asume las historias como frutos de una sociedad y su historia, alimenta nuestro entendimiento de la humanidad y de su nación más poderosa.

Nashville se presenta ahora en Amazon Prime: https://www.primevideo.com/detail/0P0WZ3Y1O1UPJ71ZPLIZ17IKAP/ref=atv_sr_...

Twitter:@diazdelavega1
 

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