Las olas, o la poética de la balanza

Alonso Díaz de la Vega

La forma melodramática más compleja, en mi opinión, es la que funciona como balanza. Al contrastar varias perspectivas no justifica los errores de sus personajes pero los esclarece en un contexto de responsabilidades compartidas. Él mató a tal, claro, pero su furia se debía a la forma en que tal otro lo trató en su infancia. En este tipo de obras las explicaciones son sistémicas y el entramado de culpas, inagotable. No es un género que les guste a los individualistas pero, en mi opinión, es el que mejor se acerca a una cita magnífica de Borges que dice: “Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”. Para mí esta frase describe de manera absoluta el error que cometemos al sumir que el cambio está en uno mismo.

En Las olas (Waves, 2019), el director estadounidense Trey Edward Shults aborda la violencia masculina como el resultado de un aparato patriarcal que se manifiesta en la obsesión con el mérito y la versión capitalista del éxito. En principio, un tema tan grande parece prometer una indigestión narrativa pero Shults está dotado de síntesis y de una inteligencia inusual para cambiar de tono entre una pesadilla artificiosa y un sueño liberador.

Al inicio de Las olas parece que el protagonista de la película entera será Tyler (Kelvin Harrison Jr.), un adolescente como muchos otros que reparte su amor entre el deporte —la lucha grecorromana, en su caso— y su novia, Alexis (Alexa Demie). Shults abre la película dándonos una impresión de normalidad absoluta con una veloz secuencia donde se atraviesan acciones completamente anodinas: Tyler va la escuela, entrena, toma fotos de su cuerpo duro para compartirlas en Instagram, va la playa, va a fiestas. La rapidez de los planos evoca inmediatamente a Martin Scorsese, pero los colores y los inusuales movimientos de cámara sugieren la influencia de Gaspar Noé. También noto al francoargentino en el tono aparentemente conservador que va adquiriendo la historia de Tyler, orientada dramáticamente a la desgracia.

Ya lo adelantaba: Las olas es un melodrama, y, como tal, no se concentra en explorar la responsabilidad de Tyler en su caída —aunque no la maquilla— sino las razones sistémicas detrás de ella: todas se suman en el trato y discurso de su padre, Ronald (Sterling K. Brown), que idolatra la cultura del esfuerzo. Cuando Tyler se lastima un hombro y se entera de que su novia tiene un retraso en su periodo menstrual, su rendimiento decae y Ronald lo regaña: “No podemos darnos el lujo de ser promedio”. Ronald, sin embargo, no es un demonio simbólico; es sólo un hombre negro que busca la estabilidad en una cultura racista y desigual. Sin embargo su enfoque resulta destructivo porque, en vez de generar entendimiento y confianza, aumenta las presiones de Tyler.

Es aquí donde nos encontramos, en apariencia, con una película inesperadamente conservadora y hasta simplona: Tyler comienza a fumar mariguana y a cantar las canciones más agresivas de Kendrick Lamar hasta que toca fondo y es enviado a prisión. Shults satura las imágenes de tonos neón en lo que parece el episodio más ambicioso de La rosa de Guadalupe, y uno se pregunta cómo pasó esto. Al menos yo lo hice, pero en mi desesperación noté que a la película le faltaba aún otra hora de metraje. Ahí empieza el contrapeso que amplía los argumentos de esta primera mitad y que sugiere una visión aguda y diversa.

Emily (Taylor Russell), la hermana de Tyler, protagoniza la segunda mitad de Las olas, donde se esfuman las influencias de Scorsese y Noé. Los colores se hacen más claros y el ritmo más pausado. Su historia se parece más al cine tierno de Sean Baker y Kelly Reichardt.

Aislada por su vínculo con Tyler, Emily deambula deprimida por la escuela y la casa; en la regadera no se baña: más bien se echa bajo su flujo para sentir el consuelo del agua. Si la introducción a la vida de Tyler fue alegre, la de Emily es miserable. Pero de repente ella conoce a Luke (Lucas Hedges), un joven cuya timidez contradice la noción de masculinidad que hemos estado viendo hasta el momento. Si Tyler y Ronald son agresivos y posesivos, Luke es sensible y generoso. Shults nos revela con esto una enorme idea de la realidad, en donde habitan todo tipo de seres y de emociones. La mitad anterior de la película parecía ahondar en generalizaciones ridículas, pero lo que vemos en esta otra nos demuestra que las ideas expuestas antes eran sólo mitades del pensamiento de Shults. Resulta muy revelador ver a Emily y Luke probar éxtasis por curiosidad, no por frustración, como Tyler, y hundirse en un trance romántico que a nadie lastima. Frente a tanta satisfacción comienza a asomarse la posibilidad de redimir.

Abarcar más de esta segunda trama no sería justo para muchos espectadores, pero me gustaría, al menos, resumir el contraste de ambas mitades como el de lo tradicionalmente masculino con lo revolucionariamente femenino; de la pesadilla con el sueño; de la presión con el alivio. Además de sorprendente, el giro que da Las olas revela una consciencia sensible que condena actos pero no individuos y, más bien, pugna por la imposición de la realidad sobre los estereotipos. Cuando Emily y Ronald tienen una conversación seria sobre lo que ha pasado en su familia, Emily dice que su hermano es un monstruo y lo odia. Ronald le responde que no; que Tyler es un ser humano, y en ello se resumen los temas y el estilo de la película. Shults hace como los niños que se logran asomar debajo de la cama en la noche, porque en sus personajes encuentra la oscuridad pero no a los monstruos. La primera se acaba al amanecer; los otros simplemente no existen.

Twitter: @diazdelavega1
 

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