Familia de medianoche, o los síntomas del desastre

Alonso Díaz de la Vega

Es un ensayo sobre una ciudad sin ley. No hay suficientes ambulancias del gobierno pero tampoco una regulación adecuada de los servicios privados. Lo que sí hay es extorsión y una competencia salvaje

El único dato duro que nos ofrece Familia de medianoche (Midnight Family, 2019) es que en la Ciudad de México hay 45 ambulancias del gobierno para atender a los heridos y enfermos de entre nueve millones de personas. Por sí solo es un dato desconcertante y quizás aterrador. Ay de quien se accidente, porque se va a morir o le va a costar. Las ambulancias que se encargan de la mayoría de los transportes a hospitales y clínicas en la ciudad son privadas, y nuestra suerte no da para que sus servicios los pague el gobierno, rebasado como en muchas de sus responsabilidades. A pesar de este solo dato que se ofrece al principio del documental, y de un estilo que se permite momentos de paz y desolación, Familia de medianoche logra más que buena parte del periodismo nacional con su crónica de una familia que sale todas las noches a buscar dinero en la desgracia. No son, insisto, la investigación minuciosa ni los datos, sino las escenas de su crónica lo que nos revela sutilmente las contradicciones en una ciudad colapsada.

A la mayoría de los documentalistas —y de los cineastas y audiencias— les gusta la moralidad definida y los personajes claros. A menudo nos encontramos con películas biográficas sobre gente buena que no conoce el abuso o el error, pero la enorme virtud del director estadounidense Luke Lorentzen y Familia de medianoche es que se rehúsan al juicio tanto en favor como en contra de sus protagonistas. Los Ochoa, en la película, son contradictorios y complejos, como cualquier otra víctima de esta ciudad. Si bien sus prácticas a veces resultan abusivas o negligentes, es claro que sus errores son también responsabilidad de un gobierno inepto. En otras ocasiones los Ochoa muestran la nobleza de no cobrar, que los perjudica y los mantiene viviendo en un departamento donde a veces no hay gas y las camas son un lujo fuera de su alcance. Tal vez sea fácil juzgarlos cuando se aceleran peligrosamente para ganarle la víctima a otra ambulancia, pero esa primera impresión se complica cuando los vemos salvarle la vida a un bebé. Su padre, con el cerebro blando de tanto inhalar pegamento, no entiende la gravedad de lo que pasa y sonríe mientras ve al niño revivir. Ni cómo cobrarle la resurrección.

En general, se puede decir que la película capta la forma en que el capitalino promedio se acostumbra al desastre. Por supuesto, es más extremo el caso de los Ochoa, sometidos a ver diario cuerpos destrozados, pero la violencia en la calle y en los tabloides suscita en otros frases tan sádicas como la primera en la película. “Son las mejores fracturas expuestas que he visto”, le cuenta por teléfono el hijo mayor a su novia. Momentos como este provocan un extraño tono en el documental que oscila entre el humor negrísimo y la melancolía ante una desgracia cotidiana y quizás irreparable, pero en medio de ello los Ochoa hacen su trabajo con una alegría inesperada que motiva a uno de ellos a chiflar contento mientras otro limpia la sangre en la ambulancia. Aunque lamentan sus carencias, se regocijan de comer una improvisada ensalada de atún con lo que compran en un Oxxo.

Quizás en respuesta a la estética del tabloide y la normalización de la brutalidad, Lorentzen más bien es discreto y sugiere mucho de lo que sucede en la parte trasera de la ambulancia mediante el diálogo. Casi no vemos a las víctimas que transportan los Ochoa, salvo en los casos de una muchacha que acaba de recibir un cabezazo en la nariz y una madre e hijo que sobreviven a un choque. Hacia el desenlace, como lo adelantaba, el tono se va orientando a lo funesto y comienza a mostrarnos incidentes más tristes para evitar la idea de que esta rutina es graciosa. También va aumentando la aparición de imágenes fijas donde Lorentzen nos muestra pasillos solitarios en los hospitales o a los Ochoa esperando en calma su próximo llamado. La noche y sus silencios van revelando lo que la película realmente quiere decir.

En cierto modo, Familia de medianoche es un ensayo sobre una ciudad sin ley. No hay suficientes ambulancias del gobierno pero tampoco una regulación adecuada de los servicios privados. Lo que sí hay es extorsión y una competencia salvaje. Por eso los Ochoa parecen tener una alianza con una clínica privada, y hacia el desenlace de la película una mujer les reclama haber llevado a su hija allí y no a otro hospital más cercano. Lorentzen no nos dice exactamente qué sucedió, pero lo sugiere. Su retrato es inmenso y el juicio nos lo deja a nosotros, que vemos la película como espectadores pero también como ciudadanos. En ese sentido, resulta loable ver que Familia de medianoche parece realizada para el público de la Ciudad de México. Lorentzen comunica sus ideas lo suficientemente bien para que se comprendan desde cualquier perspectiva pero no parece exhibir una mirada forastera que malentienda o distorsione nuestros problemas. Al contrario, su comprensión cabal de nuestro carácter le permite representar con una autenticidad inusual los oscuros síntomas de nuestro desastre.

Twitter:@diazdelavega1
 

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