El diario de un cura de campaña, o la ruptura extática

Alonso Díaz de la Vega

A partir de esta entrega, y hasta que pase la crisis provocada por el coronavirus, me rehúso a escribir sobre películas que se proyecten en salas cinematográficas. El cine es y debe ser un placer, no un riesgo a la salud, así que mejor estaré escribiendo sobre grandes películas en plataformas en línea. Mi primera selección es un clásico de Robert Bresson que marca el inicio de su ruptura con el cine convencional francés: El diario de un cura de campaña (Journal d'un curé de campagne, 1951).

Normalmente recordamos a Bresson por su obra a partir de Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s'est échappé ou Le vent souffle où il veut, 1956). Películas del tiempo y la ausencia, del confinamiento y el misticismo, lo más singular de ellas es la forma en que coleccionan la realidad a partir de detalles y sugestiones. Gracias a ello lo material se hace inasible y misterioso, casi como si lo filmara alguien que lo ve por primera vez. Al comienzo de Une femme douce (1969), por ejemplo, una muchacha se suicida saltando de una ventana pero Bresson evade todo cliché al no mostrarnos más que los resultados de la acción: una mecedora se mueve agitadamente, un pañuelo vuela todavía y en la calle los autos comienzan a detenerse. No es sino hasta casi 40 segundos después de que comienza la escena que vemos el cadáver incrustado en el pavimento. Hasta ese momento entendemos todo lo que se nos estaba sugiriendo, como si los objetos nos hubieran estado hablando en un idioma ajeno.

Antes de lograr ese estilo tan singular, tan influyente, Bresson había hecho un cine más apegado a la norma clásica de narración. El diario de un cura de campaña es el último ejemplo de esa etapa y, al mismo tiempo, el primero de lo que vendría pronto. También es una influencia esencial para el cine de Paul Schrader.

Quien haya visto Taxi Driver (1976) o El reverendo (First Reformed, 2017) notará sus consonancias con la historia de un joven sacerdote francés que escribe en un diario sobre su salud endeble, la hostil sociedad que lo aprieta y la soledad inconsolable que, de manera ambivalente, lo acerca y lo aleja de la divinidad. Al principio de la película el protagonista sin nombre (Claude Laydu) describe los contenidos del diario como los secretos de una vida sin misterio y, con ello, nos anuncia la inmensa desilusión de un joven que, en busca de la trascendencia, encuentra el desprecio y la enajenación. El diario no cae en la morbidez del de Travis Bickle en Taxi Driver o en la desesperación revolucionaria del reverendo Toller, de El reverendo, sin embargo ambos personajes comparten el sufrimiento del cura de campaña y asumen, como él, la narración de todos los eventos, que son descritos bajo su perspectiva.

Lo singular del filme de Bresson es que las imágenes bien podrían prescindir —yo incluso creo que deberían— de las palabras que describen su significado. Es más evidente la soledad del cura cuando no escuchamos más que los pocos sonidos de la cotidianidad a su alrededor. A momentos, Bresson filma a Laydu no como a un actor sino como a un objeto —esto se convertiría en la marca del director, que prefería llamar modelos a los actores—. La voz en off permite que la imagen fija y duradera continúe narrando y estimulando al espectador pero pareciera que estamos ante un plano de Dreyer, capaz de expresar por sí solo el mundo entero del personaje. El rostro de Laydu, joven y miserable, ignora las normas de representación realista y simplemente posa su tristeza para la cámara, que capta, más que a un hombre, a una estatua. En ese sentido, el cine de Bresson resulta escultórico: las imágenes no capturan el mundo como es sino una idea de él donde todo lo visible es una herramienta expresiva.

Como ya lo adelantaba, El diario de un cura de campaña no suele comportarse de esta manera tan radical porque aún se encuentra convencida de narrar con palabras y acciones. De hecho Bresson da bastante importancia a la trama, que ve al cura embrollarse con la alta sociedad de su parroquia. Un día, a petición de Chantal (Nicole Ladmiral), la hija de un conde, el cura habla con la condesa para evitar que envíen a la muchacha a un internado. El encuentro es intenso pero le da al cura la satisfacción de reunir a la mujer con su fe. Poco después, sin embargo, ella muere. Chantal culpa al cura y se convierte en una criatura demoniaca que lo atormenta y que busca, como el resto del pueblo, expulsarlo de la comunidad. Antes mencioné la aparente influencia de Dreyer en las imágenes, pero también este tema de la tortura al peregrino fiel coincide con La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928). La fe en los protagonistas de Bresson y Dreyer se convierte en una tragedia que sólo amaina cuando sus rostros, enfrentados a la muerte, parecen descubrir algo más que el mundo físico. “Todo es gracia”, concluye el protagonista. Su historia es una larga agonía que, como la de Cristo, concluye en la trascendencia y afirma la fe como los mejores filmes cristianos: no a partir de la propaganda o el evangelio, sino repitiendo, homenajeando, la historia fundacional de la fe.

El diario de un cura de campaña se presenta ahora por MUBI México: https://mubi.com/es/films/diary-of-a-country-priest

Twitter:@diazdelavega1
 

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