Diamantes en bruto, o el artificio verosímil

Alonso Díaz de la Vega

La cinta es una feroz fábula de un sistema tan voraz que se come a sí mismo. Su intensidad trasciende por mucho las trampas del cine convencional

Conforme las tendencias del cine de autor acentúan más el silencio y la sutileza, los hermanos Safdie se han distinguido con un cine cada vez más bestial en su velocidad de depredador y su ruido incesante. ¿Quién mejor que ellos, entonces, para contar una tragedia ligada a los excesos del mundo capitalista? Quizá —ojalá me perdonen el fanatismo— el productor ejecutivo de su última película, Martin Scorsese, pero su Lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) fue una sátira, motivada tal vez por un fraude financiero que sufrió en 2010. Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2019), por el contrario, se trata de una inusual tragedia donde el mayor placer no está en comprender al personaje y sus motivaciones o en encontrar un símil de nuestro carácter, sino en acompañarlo a lo largo de su caída incandescente.

En la realidad sería repugnante emocionarse con una historia como la de Howard Ratner (Adam Sandler), un joyero que hace una riesgosa apuesta mientras intenta vender un rarísimo ópalo negro al basquetbolista Kevin Garnett, y aunque es una obviedad que lo ficticio nos permite —o nos obliga— a emocionarnos aun ante las situaciones más crueles, se me ocurre esta idea por la forma en que se mezclan lo artificioso y lo realista en Diamantes en bruto. Aunque en la trama abundan inesperados giros, no me parecen una mera manipulación sino eventos lógicos en el mundo que nos presentan los Safdie. Como ya lo sugería, son los desastres y milagros en la vida de Howard los que nos describen su carácter y las consecuencias que le rebotan encima, para bien o para mal, como un balón de basquetbol. Una dirección más torpe revelaría la falsedad de una metáfora tan obvia pero los Safdie poseen un talento anormal para suspender la incredulidad, aunque retienen elementos más propios de una pesadilla.

En Diamantes en bruto el tono onírico es más sutil que en filmes anteriores de los Safdie, como Heaven Knows What (2014) o Good Time (2017). Los colores neón aparecen en circunstancias más naturales y el mundo de la joyería neoyorquina es capturado como por un documentalista. Los Furbies enjoyados que vende Howard son tan grotescos y absurdos que sólo pueden parecernos reales, y detalles como la rigurosa entrada a su tienda, o su regateo con una casa de subastas sugieren una investigación extensa. De hecho, el juego de basquetbol que decide la suerte de Howard realmente pasó. En una entrevista con Cinema Scope los Safdie cuentan que el guión está escrito para Kevin Garnett y el juego de 2012 que ve Howard hacia el desenlace. Este compromiso con la realidad enmascara los artificios pero no los oculta del todo.

En una escena Garnett y su cohorte se quedan atrapados en la puerta de seguridad de Howard. Los Safdie no sólo nos preparan con esto para el desenlace —ya los espectadores sabrán por qué— sino que aprovechan para explotar el alborotado tono de la película. Howard es seguido por la cámara mientras va y viene rápidamente para intentar solucionar el atasco; Garnett y su gente gritan encabronados, y Howard también, pero quizá decidido a irritar y, con ello, manipular a sus clientes. Las imágenes en movimiento constante, el ruido, los cortes, conspiran para alterar al espectador e involucrarlo, en caso de que el guión no le esté logrando por sí mismo. Si conseguimos distanciarnos, podremos ver el diestro manejo del lenguaje fílmico, pero los Safdie hacen todo lo posible por que su película nos trague.

Considerando lo anterior, parecería que estoy describiendo Diamantes en bruto como efectista pero su intensidad trasciende por mucho las trampas del cine convencional. La excesiva dirección de los Safdie me parece subversiva, en ese sentido, y además inteligente por la forma en que complementa sus temas. La desgracia de Howard no sólo tiene una explicación en su carácter temerario sino en la codicia que provoca un mundo obsesionado con la posesión de objetos carísimos e innecesarios. La primera escena, que nos muestra a un trabajador herido en una mina en Etopía nos sugiere, por un lado, el precio real de conseguir los productos de Howard, pero también la maldición que conllevan. Quizá por coincidencia este preludio de Diamantes en bruto evoca los de El exorcista (The Exorcist, 1973) y Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), películas donde el colonialismo y el complejo de dios maldicen a los protagonistas y los intentan destruir, pero, juntos, sus preludios y sus temas apuntan a la destrucción que conlleva el poder.

Ya para cerrar me parece importante discutir el acierto más grande de la película, en mi opinión: Adam Sandler. Su selección para el rol de Howard me parece importante porque quizás un rostro menos conocido no generaría tanto interés en el personaje. Cuando vemos a una estrella se produce una dualidad entre la celebridad real y la persona que interpreta, de tal modo que nos preocupan ambos. Pero además de esa ventaja emocional, Sandler hace una interpretación formidable de un ganador irritante. Su voz suena más nasal de lo acostumbrado y su volumen busca desesperarnos pero siempre desde el cálculo, es decir, Sandler sabe que Howard lo hace a propósito como herramienta de negociación o como la arrogancia impostada de un hombre que fanatiza su propia habilidad para ganar. Sin una actuación como la de Sandler, las tortuosas aventuras de Howard serían quizás insoportables: el retrato de un capitalista intrascendente. Pero gracias a él, a los Safdie y a su equipo tenemos con Diamantes en bruto una feroz fábula de un sistema tan voraz que se come a sí mismo.

Twitter:@diazdelavega1
 

Comentarios