Hay momentos en la vida pública de un país en los que la narrativa oficial comienza a resquebrajarse. No por la crítica de sus opositores, sino por el peso irrefutable de la realidad. México está viviendo uno de esos momentos. El proyecto que encabezó Morena desde 2018, envuelto en promesas de transformación profunda, empieza a desmoronarse frente a los hechos.

Se dijo que el fracking era un atentado contra el medio ambiente, una práctica que debía erradicarse. No solo se frenó su desarrollo, sino que se desmontó el andamiaje jurídico que permitía regularlo. Hoy, ante la presión energética y la falta de resultados, el mismo gobierno que lo condenaba lo necesita con urgencia. La contradicción no es menor: revela improvisación y falta de visión de Estado.

Se prometió que la corrupción se acabaría casi por decreto. Que bastaba con cambiar a los de arriba para limpiar al país. Sin embargo, la corrupción no solo no desapareció, sino que se ha vuelto más opaca, más difícil de rastrear y tolerada. El discurso moral se diluyó en la práctica cotidiana del poder.

También se nos aseguró que los proyectos faraónicos resolverían problemas históricos. Hoy, todos ellos operan como verdaderos barriles sin fondo: consumen recursos públicos sin generar los beneficios prometidos. Dinero que pudo haberse destinado a fortalecer el sistema de salud o mejorar la educación termina atrapado en obras que no responden a las prioridades reales del país.

Porque sí, también se prometió un sistema de salud comparable con el de Dinamarca. La realidad es otra: hospitales deteriorados, clínicas sin insumos básicos, médicos y enfermeras trabajando en condiciones cada vez más precarias.

En materia de seguridad, la política de “abrazos y no balazos” terminó siendo una apuesta fallida. Lejos de pacificar al país, amplias regiones viven bajo el control del crimen organizado. La violencia, la extorsión y el miedo forman parte del día a día de comunidades enteras.

Las finanzas públicas tampoco escapan a esta realidad. Los ahorros acumulados en años anteriores se han agotado, y la presión sobre el gasto crece. Las decisiones improvisadas han costado miles de millones al erario.

Mientras tanto, las escuelas se deterioran, la calidad educativa se rezaga y la infraestructura pública se convierte, en muchos casos, en un riesgo para la población. El país no solo dejó de avanzar: en varios frentes, está retrocediendo.

A ello se suma un clima de incertidumbre para la inversión. La erosión de los contrapesos institucionales, el debilitamiento del Poder Judicial y la concentración de poder generan desconfianza.

Lo que estamos viendo no es un desgaste normal de gobierno. Es el colapso progresivo de una narrativa que prometió mucho más de lo que podía cumplir.

El régimen morenista se cae a pedazos. La pregunta de fondo es si permitiremos que, en su caída, arrastre consigo al país. México es mucho más grande que cualquier proyecto político. Pero también es cierto que las decisiones de hoy marcarán el rumbo de las próximas generaciones.

Presidente Nacional del PRI

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