México vive un momento peligroso: el de los narcopolíticos que, sabiendo que le fallaron al pueblo, han decidido no corregir el rumbo, sino aferrarse al poder a cualquier costo. Cuando una clase gobernante deja de escuchar a la ciudadanía y comienza a temerle; cuando el poder deja de ser una responsabilidad y se transforma en un mecanismo de protección personal; cuando las instituciones se usan no para impartir justicia sino para garantizar impunidad, entonces lo que existe ya no es un proyecto de nación, sino un grupo atrincherado tratando desesperadamente de sobrevivir.

Eso es precisamente lo que hoy estamos viendo en México.

Quienes traicionaron al pueblo aliándose con aquellos que lo violentan, extorsionan, roban y matan, saben perfectamente que han perdido algo invaluable: la confianza ciudadana. Por eso, lejos de corregir errores o rendir cuentas, optan por la ruta más oscura: modificar leyes en madruguetes legislativos, acelerar reformas sin discusión y utilizar el aparato del Estado para intentar conservar, por la mala, lo que saben que ya no poseen: el respaldo popular.

Los narcopolíticos no gobiernan para el pueblo. Gobiernan para proteger intereses oscuros. Lo hacen sabedores de que el respaldo ciudadano se les escapa de las manos, de que la confianza se ha erosionado al ritmo de las masacres, del miedo, de la impunidad y de la corrupción descarada. Saben que la narrativa ya no alcanza para esconder la realidad de un país cansado de abrazos a los criminales mientras las familias mexicanas entierran a sus muertos y viven bajo el yugo de la violencia.

Por ello, hoy se atrincheran. Y lo hacen como suelen hacerlo quienes saben que el tiempo se les agota: cambiando leyes en la oscuridad de la noche, acelerando reformas, manipulando instituciones y torciendo la legalidad para intentar conservar, por la mala, lo que saben que ya perdieron en el corazón de millones de mexicanos: el apoyo popular.

Porque cuando un gobierno necesita modificar las reglas para perpetuarse, no demuestra fortaleza, sino miedo. Miedo al juicio de la historia. Miedo a la justicia. Miedo a que la verdad termine por alcanzarlos.

Reparten prebendas buscando comprar complicidades. Utilizan el erario como si fuera patrimonio personal, repartiendo favores, cargos y contratos para construir redes de lealtad artificial. El dinero público deja de ser un instrumento de bienestar para convertirse en una herramienta de control político.

Encubren a compañeros acusados de vínculos criminales porque saben que, al protegerlos, en realidad se están protegiendo a sí mismos. Guardan silencio frente a escándalos gravísimos, minimizan señalamientos, descalifican evidencias y fabrican distractores porque entienden perfectamente que, si uno cae, puede comenzar a desmoronarse toda la estructura de impunidad.

Pero detrás de cada mentira hay una verdad imposible de ocultar para siempre: saben que es cuestión de tiempo.

Cuestión de tiempo para que las responsabilidades lleguen. Cuestión de tiempo para que las investigaciones avancen. Cuestión de tiempo para que muchos enfrenten a la justicia, aquí o fuera del país. Porque cuando se juega con el dolor de una nación y se entrega la seguridad del pueblo a intereses criminales, la factura histórica siempre termina cobrando. México es mucho más grande que sus traidores.

El pueblo mexicano ha demostrado una y otra vez que puede resistir, despertar y corregir el rumbo. Y cuando llegue el momento, quienes hoy buscan enquistarse en el poder descubrirán que ninguna reforma nocturna, ninguna red de complicidades ni ninguna campaña de propaganda puede sustituir la voluntad popular.

Presidente Nacional del PRI

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