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“Margarita Ceceña murió anoche en un hospital de la Ciudad de México, víctima de un ataque con gasolina que le arrojó uno de sus familiares y después la incendió, provocándole heridas por quemaduras en el 70% de su cuerpo” ( El Universal , 25/07/2022). Esto en el estado de Morelos, antes en Jalisco una situación similar. Luz Raquel Padilla, madre de un chico autista, que había denunciado las agresiones de que era víctima por un vecino, y que fueron desoídas judicialmente. “Te voy a quemar viva”, amenaza brutal escrita en la escalera que llevaba a su domicilio; la crónica anunciada de un asesinato.

Un poco más atrás en el calendario: “El 9 de septiembre de 2019, un hombre arrojó una cubeta con ácido al rostro, al pecho, a los brazos y las piernas de María Elena Ríos. Tenía 26 años. Estuvo cinco meses postrada en la cama de un hospital, tuvo que reaprender a caminar, a mirarse al espejo”, reflexiona sobre el hecho B. Guillén ( El País , 30/05/2022).

Y lo misma pasa en otras entidades y países. Por ejemplo, en Córdoba, Argentina, “Una joven de 24 años murió hoy tras sufrir quemaduras en el 90% de su cuerpo cuando estaba en su casa de la ciudad de Córdoba, y como sospechosos del femicidio fue detenido su novio, de 18, quien se investiga si la roció con combustible y la prendió fuego, informaron fuentes policiales” (Ámbito, 28/06/2022).

Ahora, en un espacio en el que debería primar la atención médica y psicológica, “Una niña de 11 años sufrió quemaduras hechas con alcohol y descargas eléctricas mientras estaba internada en un albergue de la colonia Santa Isabel, en Tonalá, Jalisco. Las lesiones fueron ocasionadas por cuidadores del sitio donde se oferta atención psicológica y contra las adicciones” (Uno TV, 27/07/2022).

Vale recordar, no es ocioso, a M. Foucault (Historia de la locura): “Los antiespasmódicos, administrados en grandes dosis, no habían producido efecto. Boerhaave ordenó ‘que se llevaran estufas llenas de carbones ardientes, y que se pusieran al rojo unos ganchos de hierro de una forma peculiar; en seguida, dijo en voz alta que puesto que ninguno de los medios empleados para curar las convulsiones había sido efectivo, él no conocía sino un remedio, que era el de quemar hasta el hueso, con el hierro al rojo un sitio determinado del brazo de la persona, muchacho o muchacha, que tuviera un ataque de la enfermedad convulsiva’”. ¡Quemar hasta el hueso!

El maltrato hacia las mujeres, concretamente la acción de quemarlas, está presente en muchas latitudes, se trata de una acción policéntrica, que se apoya en una concepción de dominación masculina establecida en las relaciones sociales de producción y culturalmente, con reglamentos y discursos que no encaran de

manera franca el problema, al ser parte constitutiva de un orden social que atraviesa fronteras. Abramos el periódico, busquemos en google mujer quemada, y se presenta la cronografía del terror. Pusimos un pequeño racimo de un bosque, de ese conjunto de acciones (en Morelos, Jalisco, Argentina) que se apoyan en discursos aceptados socialmente, como es el caso del gobernador Alfaro en Jalisco, que frente a una demanda de una madre que aprecia influyentismo en el gobierno de Jalisco, lo que puede redundar en que le quiten la patria potestad de su hijo y que ella personalmente sea víctima de más violencia por su ex pareja, responde el gobernador con el argumento de que asuntos familiares quieren convertirlos en asuntos políticos (frente al caudal de violencia hacia las mujeres, ¿se vale el que “la ropa sucia se lava en casa”? ¿No sería pertinente cambiar el enfoque como se mira el problema?).

No es algo nuevo, insistimos. Recordemos el Malleus Maleficarum , diseñado y escrito por dos monjes dominicos alemanes, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. Martillo para las brujas, que desde el más alto poder de la iglesia católica, a fines del siglo XV, alienta el banderazo para la persecución de mujeres (de brujas), para sacar a golpes y sufrimiento cómo habían sido poseídas por el demonio o bien obraron mal –como escribe E. Galeano, “La acusaron de dormir con Satán y la azotaron hasta que dijo que sí” (“Tituba”, Mujeres)-, como parte de su naturaleza; en esa narrativa se mueven. Hablemos de odio hacia las mujeres, masacres. Para sustentar su locura, parece que los autores del libro hablaban de la mujer como fe-minus , sin fe, desleal, en un ejercicio de traducción incorrecto, pero que, en una historia larga cargada de violencia, aparece legitimada. Volteamos con terror hacia esa época, sin embargo está incrustada en prácticas sociales en nuestros días.

Como bien plantea Maria Mies (Patriarcado y acumulación a escala mundial, 2014), “el patriarcado es un sistema político con un conjunto social, cultural y económico que determina la vida de la mujer desde su nacimiento hasta su muerte. Otra lección que aprendí fue que el patriarcado no era algo del pasado sino que estaba muy presente en ese momento pese a la ‘modernización y el desarrollo’ […] el medio utilizado y gracias al cual las mujeres, las colonias y la naturaleza se vieron obligadas a servir al ‘hombre blanco’ fue la violencia directa y que sin esta violencia no hubiesen tenido lugar la Ilustración europea, la modernización ni el desarrollo”.

Patrón de asesinato sistémico, narrativas que lo asumen como problemas de familia, lo que erosiona la acción jurídica contundente frente a la violencia hacia las mujeres (para la mujer en estas condiciones, la salida final es la muerte), concepción que re-naturaliza la dominación masculina, toda una mezcla explosiva en la que para las perdedoras se traza un destino: quemarlas hasta el hueso y/o someterlas al martillo.

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