Decía Marx (y sí, siento muy extraño empezar un texto sobre Toy Story citando a Marx) que la historia se repite, “primero como tragedia, luego como farsa”. Y justo eso es lo que está pasando con Toy Story 5 (E.U., 2026).
El tema recurrente en todas las películas de la saga sigue presente: el abandono a partir de la obsolescencia, el miedo a ser descartado porque llegue algo nuevo, algo “mejor” y terminar los días detrás de un mueble, acumulando polvo.
Ese algo que llegó a la habitación de Andy en 1995 era un muñeco Buzz Lightyear (voz de Tim Allen), un juguete moderno, con luces y sonido, que además era la sensación de todos los niños ya que su personaje era el protagonista de una serie de televisión. Esta nueva amenaza puso en alerta a Woody (voz de Tom Hanks) y a todos los juguetes de la habitación de Andy. ¿Acaso el niño dejaría de jugar con ellos para dedicar todo su tiempo y atención a Buzz Lightyear?
Ahora, poco más de treinta años después, y luego de un traumático cambio de niño con quien jugar (Andy creció y fue a la universidad, donó sus juguetes a una niña llamada Bonnie, todo lo anterior en la insuperable Toy Story 3, 2010), los juguetes se enfrentan a una nueva amenaza, un “juguete” moderno, con luces y sonido… e internet, que tiene juegos, redes sociales, y más.
Así es, el nuevo enemigo que amenaza con dejar obsoletos a todos los juguetes del cuarto de Bonnie es una pad llamada Lillypad (voz de Greta Lee). El escenario es fatal: con Buzz Lightyear los niños al menos seguían jugando, pero con una Lilypad, los escuincles ahora están todo el día sentados, viendo una pantalla y sin hacer nada. La pad es el sueño de todos los padres, la niñera electrónica por excelencia, pero para Jessie (voz de Joan Cusack), Woody, Buzz y todos los demás, se trata de una amenaza mayor.
La historia pues, se repite. Pero si antes fue una tragedia, hoy es una farsa.
El planteamiento es valiente, arriesgado, y muy proclive a la contradicción. ¿Realmente Disney se iba a poner a criticar el uso de dispositivos electrónicos conectados a internet?, ¿Disney iba a aceptar que los dispositivos y (principalmente) las redes sociales son dañinos para los jóvenes y niños?
Justo este año, países como Australia y Reino Unido promueven leyes que prohíben el uso de redes sociales a menores de 16 años. La idea es proteger la salud mental de los niños y aislarlos del cyberbullying.
¿Acaso Disney está tan de avanzada como para apoyar estas medidas, cómo para reconocer que los dispositivos y las redes sociales dañan a los niños?
El inicio de la cinta es terriblemente lento. Mucho diálogo de exposición no solo para contar de qué va a la historia, sino para recordar dónde andan todos los personajes. Sin más ni más, Woody se está quedando pelón, ya le salió panza (¿cómo es posible?) y a ojos de la nueva ola de juguetes -es decir, de Lilypad- Woody es un viejo sin futuro que ya no sirve para nada.
La personalidad de Lilypad está escrita -en guion a cuatro manos por los también encargados de la dirección: el veterano Andrew Stanton y la debutante McKenna Harris (una combinación que no parece aleatoria)- cual si se tratara de algún GenZ convencido de que todo lo digital y todo lo nuevo es bueno por ser nuevo, con una arrogancia atroz hacia lo viejo, que no es sino sinónimo de desechable.
Hasta ahí todo bien, pero luego de marearnos con tremenda cantidad de subplots (el ridículo ejército de Buzz Lightyear’s que se aproxima desde altamar, la nostalgia de Jessie que mañosamente nos transporta a un momento sumamente lacrimógeno de Toy Story 2, la nueva amiga que afortunadamente vive en el campo, las amigas digitales que se burlan de Bonnie por seguir jugando con juguetes, tres nuevos juguetes “low tech” que se unen al reparto y que de hecho se convierten en protagonistas) el guion llega a una conclusión a mi parecer bastante absurda (spoilers a continuación).
Arrepentida, Lilipad comete lo más parecido a un suicido y se va, por voluntad propia, a una caja de juguetes destinada a donación. Ni Stanton ni Harris encuentran la forma de salir de su propia trampa. El personaje de Lilypad daba para ser un villano igual o incluso más interesante que el mismísimo Lotso, pero mientras aquel asumió sin titubeos su propia maldad, aquí la iPad parlanchina le entra al final la culpa y decide casi apagarse para no volver jamás.
La conclusión no podría ser más tibia: “bueno, la tecnología no es mala, si se usa con moderación”. ¿Moderación? Justo cuando se empieza a aceptar que las redes sociales y los dispositivos dañan a las infancias, Disney pretende salirse por la tangente de la supervisión paterna y de que los niños mismos sabrán que las tabletas son malas y se irán a jugar con sus vecinos. Yeah right.
Pixar tiene el corazón en el lugar correcto, subraya la imperiosa necesidad humana de conectar más allá de una pantalla, de verse a los ojos, de jugar en el mismo sitio, del contacto físico como una necesidad humana inalienable.
El problema es que la forma en que el guion llega a esas conclusiones es banal, facilona y condescendiente: un villano que se arrepiente y unos juguetes que el día de mañana aceptarán a la tableta como uno más de ellos, esperando que llegue la siguiente amenaza, que por lógica tendría que ser la IA. Y cuando eso pase, seguramente Disney llegará a la misma conclusión: “no es mala, si se usa con moderación”.
Y ni hablar de la contradicción inherente a todo esto. O ustedes dónde creen que los niños van a ver esta película más de una vez, ¿en el cine o en una tableta conectada a Disney Plus?
El momento cumbre de la saga de Toy Story llegó en la tercera cinta, justo cuando los juguetes, -traicionados por Lotso- van cayendo lentamente a una incineradora de basura. Woody, Jessie, Buzz, y todos los demás se toman de la mano, el final parece haber llegado, hasta que una luz del cielo los salva.
No deberíamos aceptar en las secuelas menos de la intensidad, el significado, y la forma en que nos presentaron aquella escena. No deberíamos aceptar menos cine que eso, y no obstante, ya llevamos dos cintas donde apenas nos dan migajas de lo que alguna vez fue grandioso y hoy no es sino un número más en una franquicia que, decididamente, tendrá que llegar a la sexta parte, tan solo para poder tener la oportunidad de acabar la saga (ahora si) de una manera más digna y menos triste que ésta decepcionante quinta entrega.
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